35 velas; 370 'unos'

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Madrid, 21 may (EFE).- En la parte de atrás del vehículo que le transporta por el Arrondissement de Passy, en la margen derecha del río Sena, a escasos minutos de la entrada al Estadio Roland Garros, Novak Djokovic planea un nuevo resto del día. El primero con los 35 recién alcanzados y la última de la semana 370, las que amontona ya como el más destacado de todos en el circuito.

Lleva unos días en París el tenista serbio escoltado por su entrenador, el croata Goran Ivanisevic, su preparador físico Marco Panichi y el fisioterapeuta Ulises Badio. Un círculo estrecho, la cuadrilla habitual en los tiempos recientes con los que es posible que a última hora, con el domingo a punto de expirar, extinga de un soplo las velas de su calendario.

No es más que un número para un tipo que ya ha recuperado la normalidad. Más de cuatro meses ha tardado en alcanzar la naturalidad, en reponer el orden, en establecer la rutina. Madrid, Belgrado y, sobre todo, Roma han devuelto a este atleta nacido un 22 de mayo de 1987 al carril por donde circulaba imparable, inmerso en el mano a mano con Rafael Nadal por la distinción como el mejor de la historia hasta que el covid lo cambió todo. Frenó la vida, estancó al mundo y dividió a la humanidad.

El Bois de Boulogne disfruta de su esplendor de fin de semana y del trasiego que ocasiona el segundo Grand Slam de la temporada. En una punta de este inmenso parque de París, Roland Garros echa a andar con el primer orden de juego de la edición 121 aunque Nole no entrará en acción hasta un par de días después.

Ha tenido que vivir día a día el balcánico desde que dio la bienvenida al 2022. Atento a los vetos, autorizaciones, exigencias, restricciones, requisitos y leyes que han marcado el desarrollo de una temporada atípica que nació de mala manera y que da la sensación de que ya ha adquirido cierta cotidianidad. Fue hace solo casi tres meses cuando en Francia dejó de ser obligatorio el pasaporte covid para acceder al país. Luz verde para el campeón.

Daba la sensación de que nunca iba a acabar aquella pesadilla a la que le llevó la cerrazón por no vacunarse en plena plaga de la pandemia. A las justificaciones, a las supuestas exenciones médicas. A horas de espera en la terminal del Aeropuerto Internacional. A su detención en Melburne. A la decisión del gobierno y la resolución de la justicia del país. A los días de reclusión en el Park Hotel, un alojamiento de mala muerte donde habitualmente se hospedan solicitantes de asilo.

No es Novak un tipo que se mueva por influencias, al que se le aflojen las piernas por la presión. No es así en la pista y tampoco más allá. Se pregunta a veces por aquello que le desmarca del fervor que genera Rafa Nadal y que le margina de la admiración que despierta Roger Federer. Djokovic está, al menos, en la misma escala que ambos. Pero no consigue la repercusión ni el reconocimiento que generan día a día los otros dos mejores de la historia.

Tiene sus fieles Nole. Un inmenso club de fans que recuerda a menudo los méritos, la trayectoria y el palmarés del serbio. Le pasa también en la cancha con el gentío que está dispuesto a pagar lo que sea por un acceso a la grada y que después le reprocha sus gestos, sus desafíos y su espontaneidad en el terreno de juego de un deporte en el que se evalúa el talante, la conducta y la corrección sin demasiado margen a los aspavientos.

Han sido sus registros los que han terminado por ponderar su figura y los que han dado la jerarquía justa a una carrera sin igual. Reparte en similar proporción amores y odios, partidarios y oposición. Vive con ello Djokovic en la cancha y también fuera del juego.

La oposición a la inyección contra el covid le dejó fuera de la rueda. No hubo excepción. El Abierto de Australia, el primer grande del curso, le impidió participar a pesar de ser el principal reclamo. El campeón por historial.

Fue puntual su presencia en Dubái, en la penúltima semana de febrero, donde solo ganó dos partidos. Fuera de su nivel habitual, sin rodaje, a años luz de su mejor versión. Las exigencias sanitarias de Estados Unidos alargaron el veto. Marginado de los Masters 1000 de Indian Wells y Miami la puesta en escena de la temporada de tierra, ya en abril, supuso un alivio para el serbio que empezó a funcionar.

Es el resultado de una personalidad acentuada, gestada desde hace dos décadas, cuando Nole vio claro que su devenir percibía el esplendor con la raqueta en la mano diestra. La afición fue pasión y el entusiasmo, profesión. Éxito. En aquél enero del 2003, en el ITF de Múnich, donde empezó todo. Año y medio después irrumpió en el circuito ATP después de calibrar su nivel en unos cuantos challenger. Fue en Umag, sobre tierra, superado por el italiano Filippo Volandri en primera ronda donde echó a andar en el tour.

Tardó un año en entrar en los Grand Slam. Primero el Abierto de Australia, derrotado por el ruso Marat Safin, cuarto mejor tenista de ese momento. Después llegó hasta el segundo tramo de Roland Garros del que le echó el argentino Guillermo Coria. Un paso más allá consiguió dar en Wimbledon y el Abierto de Estados Unidos. Tercera ronda. Ese mismo curso ganó también en Metz.

Fueron los primeros de los 87 trofeos que se agrupan entre unas vitrinas eternas. Premios que agrupan las 1000 victorias redondas con la obtenida ante el noruego Casper Ruud en Roma, hace justo una semana. Horas antes de regresar a Belgrado y volver a empezar.

Aquél domingo, en el Foro Itálico oficializó un regreso esperado. Ese Masters 1000, el número 38 en su currículo, plasmó la normalidad alcanzada, advertida en la Caja Mágica de Madrid y acentuada con la final en Belgrado.

Con los 35 recién cumplidos, a punto de soplar velas, Nole encara en París su gran reto. Roland Garros, el primer grande del año del que forma parte y que aspira a conquistar para elevar a veintiuno sus éxitos mayores. No hay almanaque que sostenga tantas cifras a celebrar.

Santiago Aparicio

(c) Agencia EFE

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