Es doloroso ver que 'Animales fantásticos' ha destrozado una de las sagas de mi vida

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Hay películas que trascienden el terreno cinematográfico y adquieren significados personales para muchos espectadores. Ya sea por verla en un momento especial, por compartirla con determinadas personas, por las emociones que desprende su historia o por la ayuda evasiva que a veces trae consigo. Y se puede decir que eso es lo que me pasó a mí con la saga de Harry Potter.

Después de ver La piedra filosofal con 6 años en las navidades de 2001, me obsesioné como pocas veces con esta franquicia creada por J.K. Rowling y la imaginación desbordante de su mundo de magia y fantasía. Con esa edad a uno aún se le pasaba por la cabeza creer en la magia, recibir la carta para ir Hogwarts y vivir las mismas aventuras que Harry, Ron y Hermione. Pero más allá de las ensoñaciones que me creara en la infancia, lo realmente bonito fue cómo estas historias me ayudaron a desconectar de problemas, a conocer gente, a obsesionarme con la lectura, a sentirme parte de un fenómeno global o a abrir la mente a la imaginación y a la creación de historias.

Llegué a aprender de memoria de principio a fin los diálogos de La cámara secreta, libros como El misterio del príncipe me los leí en apenas tres días, no paraba de leer revistas de cine esperando ansioso novedades sobre las películas, rejugaba en bucle los videojuegos para PC, Game Boy y Play Station… Y aunque a medida que iba creciendo esta intensidad se fue relajando, no hubo estreno de una película de Harry Potter que haya recibido sin emoción, incluso con entregas flojas como La orden del fénix o El misterio del príncipe. Sin embargo, con el renacer cinematográfico de la saga con las precuelas de Animales fantásticos, todo ha sido completamente diferente.

Fotograma de 'Animales fantásticos: Los secretos de Dumbledore' (© 2022 Warner Bros. Entertainment Inc. All Rights Reserved)
Fotograma de 'Animales fantásticos: Los secretos de Dumbledore' (© 2022 Warner Bros. Entertainment Inc. All Rights Reserved)

Hablamos de unas películas cuya base era más bien floja. Se trataba de una adaptación de una enciclopedia publicada en 2001 donde Rowling, mediante la presentación de un zoólogo magico llamado Newt Scamander, recopilaba información sobre las diferentes criaturas que conforman el mundo de Harry Potter.

La primera película, la titulada Animales fantásticos y dónde encontrarlos y estrenada en 2016, tomó al personaje de Scamander y relató uno de sus viajes para documentar y salvar criaturas a comienzos del siglo XX, muchos años antes de las aventuras de Harry, Ron y Hermione. La cinta ofreció un expansión muy interesante sobre el mundo mágico, mostrando cómo este se organiza en otras sociedades como la de Estados Unidos, presentando nuevos y carismáticos personajes y poniendo en la palestra a villanos como Grindelwald, de quien siempre nos quedamos con ganas de saber más en las novelas y películas del joven mago. Pero su guion, que fue firmado por la propia Rowling, hacía aguas por todos lados.

Daba la sensación que la escritora no era consciente de que estaba escribiendo una película y no un libro, donde tiene más rienda suelta para desarrollar personajes, tramas e incluir pasajes que se alejen del hilo argumental para expandir su universo. Esto dio como resultado una historia muy dispersa donde la trama principal, la de Grindelwald creando el caos bajo una falsa identidad y el misterio que rodeaba al personaje de Ezra Miller, estaba completamente desconectada de esa búsqueda de criaturas mágicas que llevaba a cabo el personaje de Scamander.

No me acabó por disgustar, y reconozco que me entretuvo bastante y quedé encantado con la expansión del mundo mágico, pero sentí que su historia estaba muy lejos de la magia de Harry Potter, de esa fascinación que me creaba descubrir cada elemento de su universo, de introducirme de lleno en sus misterios y de soñar con vivir sus mismas aventuras. El haber crecido podría tener algo que ver, pero el estreno en 2018 de Los crímenes de Grindelwald, la segunda película de esta saga de precuelas, me confirmó que eso no tenía nada que ver.

Fotograma de 'Animales fantásticos: Los secretos de Dumbledore' (© 2022 Warner Bros. Entertainment Inc. All Rights Reserved)
Fotograma de 'Animales fantásticos: Los secretos de Dumbledore' (© 2022 Warner Bros. Entertainment Inc. All Rights Reserved)

Todos los problemas de la primera entrega se intensificaron mucho más. La historia avanzaba dando tumbos, sus subtramas sobre la familia Lestrange se sentían desligada del enfrentamiento contra Grindelwald, las criaturas mágicas seguían sin encontrar su hueco en el hilo principal, las explicaciones llegaban todas de golpe al final con un entramado que no tenía ni pies ni cabeza y todo terminaba abruptamente con demasiados frentes abiertos. Por primera vez, salí del cine cabreado de ver una película del mundo de Harry Potter. Sentí que ese universo que tanto había amado me saturaba, que todo era un sinsentido y que su escritora había perdido el norte.

Tras este descalabro, que se saldó con el primer rechazo de la crítica a la franquicia y con una reducción considerable de su recaudación en taquilla, traté de pensar que Warner y la propia J.K. Rowling tratarían de enderezar el rumbo de la saga para no tirar por la borda una de sus sagas estrella. O al menos el fichaje de Steve Kloves, guionista de la saga Harry Potter que fue elegido para supervisar el trabajo de Rowling para la tercera película, me dio a entender que algo más decente que las dos anteriores películas veríamos. Pero estaba totalmente equivocado.

Y es que Animales fantásticos: Los secretos de Dumbledore, la nueva entrega de esta franquicia que llega a los cines el 8 de abril, es incluso peor que sus dos predecesoras. Básicamente, estamos ante una película que sigue sin resolver los problemas que asolaron a la primera película y, sobre todo, a Los crímenes de Grindelwald y da como resultado otra producción muy dispersa que no sabe ni qué contar ni qué rumbo pretende alcanzar. Y lo peor es que incluso tira por la borda las mayores virtudes de esta saga.

Su trama gira sobre cómo Grindelwald trata de manipular unas elecciones en el mundo mágico para acceder al poder y sumirlo en el caos. Al igual que las primeras entregas de Animales fantásticos profundizaban en cómo se organizaban las sociedades de magos en otros territorios fuera de Hogwarts y Reino Unido, podría haber sido una ocasión perfecta para abordar cómo funcionan las altas esferas del poder en el universo de Harry Potter, volviendo a apostar por esa fascinación por el descubrimiento de la saga original y llevarlo al terreno adulto que ahora mismo requerimos los espectadores que crecimos con la saga. Pero esto se deja completamente de lado.

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Se nos introduce la trama sin entrar en explicaciones, sin entrar a jugar con su universo y sin saber donde colocarla en el hilo argumental tan indefinido que tiene esta franquicia. Hay algún detalle interesante, como los paralelismos entre el ascenso de Grindelwald y el nacimiento del nazismo en la II Guerra Mundial o la proliferación de los discursos de odio y la manipulación mediática en nuestros días. Pero esto queda en papel mojado ante la sucesión de escenas y situaciones inconexas que no conducen a ningún sitio.

Y es que Los secretos de Dumbledore no tiene unidad por sí sola, está planteada como un escalón más de una saga que después de tres películas sigue sin tener claro qué contar. O yo al menos sigo sin saber si esto va sobre criaturas mágicas, sobre el enfrentamiento contra Grindelwald o sobre tramas telenovelescas sobre parentescos y familias como los Lestrange o los Dumbledore. No hay un punto de partida, ningún punto de inflexión e incluso carece de clímax.

Parece un capítulo alargado de una serie de televisión. Y ni siquiera una bueno, sino uno de relleno que pretende alargar la producción hasta el exceso para seguir haciendo caja sin ni siquiera disimularlo. Y es que pensándolo bien, en Los secretos de Dumbledore no pasa absolutamente nada relevante. Y uno sale del cine con la impresión de haber visto un sacacuartos, una producción hecha sin esmero cuya única finalidad es la de seguir recaudando millones en taquilla.

Lo peor es que a uno le hace reflexionar sobre que Harry Potter, la saga con la que crecí, siempre ha sido eso, otra franquicia millonaria más cuyos creadores solo miran hacia los beneficios económicos. Y si le sumas lo mucho que Animales fantásticos ha dejado ver las costuras de la construcción de este mundo mágico o el absurdo que se esconde tras muchas de sus tramas, al final es inevitable acabar mostrando rechazo y decepción. Incluso aunque esta haya significado tanto para mí en el pasado. Además, si a eso le añadimos que J.K. Rowling ahora anda inmersa en campañas de odio en redes sociales cargando contra las personas trans, aún se hace más complicado mirar la saga con los mismos ojos.

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