Sexismo benevolente

Pasionaria

Estás en la reunión de trabajo y te das cuenta de que eres la única mujer. Nadie a tu alrededor está tomando notas y cuando comienzan a llegar a los acuerdos, la mirada de los demás recae sobre ti y te arrastra a un lugar inhóspito. Entonces, una vocecilla se activa desde lo más arcaico de tu memoria: “Se supone que la mujer es quien toma las notas”. Acto seguido, abres tu libreta y comienzas a escribir los acuerdos. De pronto percibes un cambio en la voz de tus colegas; tienen tu edad pero han comenzado a hablarte con cierta condescendencia, como si fueses la becaria recién salida del bachillerato...

El sexismo benevolente profundiza la desigualdad de género / Foto: Thinkstock

¡Alto ahí!, dicen tus tripas, ¿acaso los otros no fueron a la escuela?, ¿por qué asumes que 'el trabajo de las mujeres es tomar notas'? Tú misma respondes: dicen que “las mujeres tienen letra más bonita”, que son "más organizadas” e incluso son “mejores asistentes”, y yo... Miras a tu alrededor, tienes el mismo grado de estudios que tus colegas, tuvieron las mismas oportunidades, están al mismo nivel en la empresa y, sin embargo, sin darse cuenta, acaban de caer en un caso de sexismo benevolente.

El sexismo benevolente o ambivalente es la cara “amable” del sexismo, pero no hace más que profundizar la desigualdad de género. Estamos tan acostumbrados a esas situaciones que nos parecen normales, aceptables e incluso deseables. Precisamente por ello son tan difíciles de identificar.

Por su forma, el sexismo hostil resulta más familiar pues discrimina directa y agresivamente a una persona por sus rasgos genérico sexuales. El sexismo benevolente o ambivalente se esconde detrás de comentarios o actitudes que parecen positivas, pero no lo son. Se refiere a actitudes que ubican a hombres o mujeres en los roles estereotípicos o idealizados. Por ejemplo: las mujeres son “naturalmente” más lindas y compasivas, mientras que los hombres son “naturalmente” más racionales, menos emocionales y más rudos mental y físicamente hablando.

Nos cuesta trabajo distinguir al sexismo benevolente porque, a lo largo de los siglos, ambos géneros han obtenido alguna ventaja de ello. Sin embargo, hoy sabemos que dichas ventajas son ambiguas y fugaces. Volviendo al ejemplo inicial, el que una mujer sea “mejor asistente” se toma como un cumplido en lo inmediato, pero a largo plazo se convierte en un estigma que la incapacita para ocupar un puesto de dirección.

Ejemplo de sexismo ambivalente / Fuente: antroporama.net

Lo mismo puede ocurrir con un hombre en otros ámbitos. Un ejemplo: “Rodrigo cocinó un pastel delicioso... y lo hizo sin ayuda de su novia”. Es un cumplido, nadie puede negarlo, pero la segunda parte del comentario reafirma la idea de que los hombres son “naturalmente” torpes en la cocina. Lo cual, a todas luces, no es cierto.

Revisar las situaciones de sexismo benevolente también implica poner en cuestión los roles cotidianos que asumimos y qué expectativas ponemos en ello. Hay quien espera que le abran la puerta simplemente por ser mujer o que le sirvan en la mesa y le planchen las camisas sólo por ser hombre. Reflexionar sobre ello no es anular la amabilidad o la generosidad, sino ser más conscientes de ello, detenerse a pensar un poquito en la intención con la que hacemos las cosas y el lugar desde el cual las hacemos. ¿Lo hacemos porque eso es lo que se espera de nosotros? ¿Lo hacemos desde una supuesta debilidad física o una superioridad moral?

No se trata de cederle el asiento a una viejita de 80 años porque es una mujer, sino porque es una persona que necesita viajar en mejores condiciones de seguridad; no se trata de respetar a un peatón porque es un hombre, sino porque es una persona. En otras palabras, desarraigar la idea del sexismo benevolente implica que nuestras actitudes y opiniones no estén predeterminados por el género. Hay que aprender a ver PERSONAS antes que géneros, personas que merecen empatía, compasión, reconocimiento y solidaridad. Y al contrario, si esas personas están actuando mal, no asumir que lo hacen porque “así son las mujeres” o porque “todos los hombres son iguales”. Y ojo: tampoco se trata de borrar los rasgos de masculinidad o feminidad que cada persona asume, sino de dejar de usarlos como prejuicios que justifican los privilegios y el trato desigual.

 

¿Cómo desarraigarlo?

Rikki Rogers, escritora y colaboradora The Daily Muse, se ha tomado el tiempo de elaborar una guía para identificar situaciones de sexismo benevolente y aprender a darles la vuelta.

1. Cuando se trata de una situación de trabajo y los comentarios están dirigidos hacia ti, sigue estos tres pasos: ayuda a tu interlocutor a darse cuenta de las implicaciones de sus palabras; demuestra que eres una persona profesional y madura que pide ser evaluada por sus logros y no por su género o su apariencia; y no conviertas el asunto en una discusión infinita, porque tienes trabajo que hacer.

2. Cuando eres testigo. Imaginemos que, en una junta de trabajo, el jefe comenta que ascenderá a una chica de atención a clientes a un puesto de gerencia de ventas argumentando que, como es guapa, los clientes la recibirán con facilidad. En lugar de quedarte callado y asentir con la cabeza, pide la palabra para resaltar que la chica merece el ascenso porque sus resultados demuestran que está capacitada profesionalmente para ese puesto.

3. Cuando te das cuenta de que fuiste parte de una situación de sexismo benevolente. Crecimos en una sociedad que considera aceptable e incluso deseable el sexismo benevolente. Al saber que existe, nuestra responsabilidad comienza por desarraigar esas ideas en nosotros mismos y en los que nos rodean. Pon atención en cómo hablas y en el tipo de opiniones que recibes, tal vez descubras que acabas de hacer un comentario sexista que puede resultar hiriente o irrespetuoso.

Twitter: @luzaenlinea

 

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