¿Quién fue el broker inmobiliario que sedujo a los inversores y logró vender 4.500 veces el Puente de Brooklyn?

Ruben Ramallo
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Durante los los primeros años del pasado siglo se popularizó una expresión en EE.UU. para referirse a una persona demasiado crédula, demasiado inocente: "Si te crees eso, entonces tengo un puente para venderte".

El puente en cuestión no era otro que el de Brooklyn, erigido sobre el East River para conectar el barrio que le da nombre con la isla de Manhattan, por lo que supone una arteria esencial en el tráfico interno de la ciudad.

La cita viene a cuento de las andanzas de uno de los "brokers" inmobiliarios más destacados de Nueva York de principios del Siglo XX, pero no por los proyectos que desarrolló sino por las estafas que cometió, que superan todo lo imaginable.

Es el caso de George C. Parker, que nació en Nueva York en 1860 en una familia de inmigrantes irlandeses.

Para llevar a cabo sus estafas se aprovechó de que a principios del siglo pasado todavía había incautos que pensaban que cada una de esas construcciones y monumentos podían ser de propiedad privada.

En tal sentido, falsificó documentos y títulos de propiedad, sobornó a policías y creó oficinas que le permitían acreditar que él era el dueño de una gran cantidad de lugares emblemáticos. Incluso llegó a vender el mausoleo donde está enterrado el general Grant.

No contento en lograr vender alguna de sus "joyas arquitectónicas" una vez, en algunos casos, como en el del puente de Brooklyn, supo como engañar a decenas de hombres de negocios, a quienes incluso los persuadió para que pagaran sumas que llegaban al millón de dólares de la época en cómodas cuotas mensuales.

Como todo estafador legendario, Parker tenía don de gentes y nunca le entraba de forma directa a sus víctimas. Su técnica era presentarse como uno de los responsables de la construcción del puente y administrador del mismo, labor que no le agradaba en absoluto. Una vez había despertado el interés del primo, le soltaba su reflexión sobre las posibilidades lucrativas de adquirir en propiedad la obra de ingeniería. Él, se justificaba Parker, prefería no enredarse en esas cuestiones para consagrarse por entero a su trabajo como arquitecto.

En reuniones posteriores, Parker ponía sobre la mesa un título de propiedad del puente debidamente sellado y firmado, así como un contrato de compraventa con todos los requerimientos legales para parecer auténtico. La estafa se había concretado.

Es más, estaba dispuesto a "hacer un sacrificio" y vender el puente por debajo de su valor. En la mente de sus codiciosas victimas aparecían los miles de dólares que ganarían con tan lucrativo, y a la vez sencillo, negocio. La mayor parte de ellos mordían el anzuelo y pagaban a Parker por un título de propiedad. Falso, evidentemente.

Parker solía promocionarse como el empresario multimillonario que había levantado el puente, pero que no tenía interés en explotarlo.

A sus potenciales clientes les hacía creer que se harían ricos mediante el cobro de peajes para poder cruzarlo a uno y otro lado del río. Y lo increíble del caso es que la mayoría de ellos invertía en sus proyectos.

Hasta que un buen día unos agentes federales se dieron cuenta de que se estaba construyendo una garita en un extremo del puente y le pidieron el permiso de obra al encargado. Éste les mostró los papeles e insistió en que todo era legal hasta que una autoridad municipal acudió para comunicarle que el puente de Brooklyn era de propiedad pública y que el comprador había sido estafado.

Parker era un experto en simular complejos montajes como, por ejemplo, la venta de unos locales que no eran suyos junto a la estación Grand Central, para lo cual logró convencer a una docena de empresarios de que allí iba a instalarse un complejo comercial por el que transitarían los viajeros de los trenes.

El estafador estaba fichado por la Policía por que había sufrido arrestos y breves periodos en la cárcel. En una ocasión fue detenido y juzgado por haber pagado con un cheque sin fondos de 150 dólares.

Aceptó sin chistar su culpabilidad, fue alojado internado en una celda de una comisaría, pero logró escapar robando el abrigo y el sombrero de un inspector. Se fugó por la puerta sin que nadie se diera cuenta.

Pero la suerte se le acabó en 1928, cuando fue juzgado y sentenciado a cadena perpetua por fraude y falsificación de documentos en tres ocasiones. Había cumplido los 68 años y ya no saldría de Sing Sing, la prisión a la que fue enviado y en la que pasó ocho años hasta su muerte.

Curiosamente fue recibido por sus guardianes y compañeros de reclusión como un héroe y siempre estaba rodeado de gente a la que contaba sus hazañas.

Incluso con el paso de los años, los periódicos continuaban publicando sus correrías, lo que le convirtió en un mito hasta el punto de que había refranes populares basados en su leyenda.

Parker cambiaba con frecuencia de identidad para despistar a quienes los investigaban, a partir de algunas denuncias que lo signaron como uno de los inventores de la estafa piramidal, ya que también vendía títulos remunerados con altos intereses que pagaba con los aportes de los incautos que caían en sus manos.

Su audacia fue tal que entre 1883 y 1928 vendió el Puente de Brooklyn a 4.500 crédulos y codiciosos adinerados. Para poder llegar a esa cifra, vendió el puente dos veces por semana durante décadas.

En muchas ocasiones, los incautos se daban cuenta del engaño cuando construían las cabinas de peaje, siendo advertidos por la policía de que habían sido víctimas de una estafa.

En su estrategia como estafador, Parker advirtió que además de la codicia, la vanidad era otro punto flaco a explotar, en un afán incansable de adquirir mayor notoriedad al respeto.

Esa reflexión le llevó a plantearse la venta de grandes monumentos de la joven república estadounidense, tales como el Madison Square Garden, el Museo Metropolitano de Arte, la Estatua de la Libertad ¡o incluso una tumba!, nada menos que el mausoleo del General Ulysses S. Grant.