Carlos Mercenario: un campeón sin pose de héroe griego

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México, 6 ago (EFE).- Más que una hazaña de héroe griego, la medalla de plata del mexicano Carlos Mercenario en la caminata de 50 kilómetros marcha de los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992 fue la proeza de un joven vulnerable, que rompió a llorar a 20 minutos de la meta.

"De niño me enseñaron que los hombres no lloran, por eso me alegré cuando la gente confundió mis lágrimas con sudor. Hoy no me hubiera avergonzado, pero entonces pensaba distinto", confesó este sábado Mercenario en una entrevista a Efe, a unas horas de celebrar el trigésimo aniversario de su mayor triunfo de atleta.

La prueba de marcha de 50 kilómetros de los Olímpicos transcurrió el 7 de agosto de 1992 en un circuito cerca del estadio de Montjuic. Más que un concurso de hombres con voluntad de fakires, la competición tuvo mucho de estrategia de ajedrez porque los soviéticos usaron las tácticas de los Grandes Maestros de su país.

El mexicano iba en el grupo líder que pasó el kilómetro 10 en 47:13 minutos; un rato después, Aleksandr Potashov atacó, en una jugada de gambito, como la de los genios del ajedrez.

"Nosotros sabíamos que Andrey Perlov era el bueno y no seguimos a Potashov. Poco después lo descalificaron y el primer lugar lo tomó el finlandés Valentin Kononen, quien pasó el kilómetro 24 con diez segundos de ventaja sobre el grupo perseguidor, en el que estaba yo", recuerda.

A 30 años de su medalla, la única de México en los Juegos, Mercenario conserva la cara de niño y un buen estado físico, consecuencia de sus entrenamientos de corredor recreativo.

Cuenta que Perlov se escapó, seguido del polaco Robert Korzeniowski. A falta de cinco kilómetros, él estaba en zona de medallas, sin embargo, sintió un cansancio que lo invitó a rendirse.

La temperatura de su cuerpo había subido a unos 40 grados. Entonces empezó a delirar con un soliloquio en inglés: "I could be someone, be someone, be someone".

"Entoné por primera vez esa melodía de Tracy Chapman en un chequeo de tres horas; me pregunté qué hacía allí y me respondí, para ser alguien. A partir de entonces la reservé para las crisis", dijo.

La noche previa Carlos se fue a un restaurante de la ciudad donde consumió sushi, oyakodon (plato a base de arroz, pollo, huevo y cebolleta), y una gelatina de café con helado.

"Llegué a la villa a las 11 de la noche y dormí a pierna suelta. Por la mañana desayuné pan tostado con mermelada, café y un plátano. Me hidraté y me mentalicé para aguantar el clima infernal", revela.

Antes de llegar al estadio había una loma. Perlov, un atleta de barba rala, entró primero al túnel, Korzeniowski fue descalificado y el mexicano pasó al segundo lugar.

"En mi borrachera de fatiga no pensé en la medalla de plata porque creí que podía alcanzar a Perlov. Entonces entré al estadio y tomé conciencia cuando escuché los gritos. Ahí pensé en los 12 años de trabajo y no aguanté las lágrimas", dice.

Carlos siguió como autómata la línea del carril siete de la pista, miró a las gradas, levantó el brazo izquierdo y pisó la meta. Entonces tuvo su primer pensamiento humano: "Me quiero beber todo el agua de Barcelona, mejor si tiene hielo".

La pizarra certificó el triunfo: Andrey Perlov, de la Comunidad de Estados Independientes, campeón olímpico con 3h 50:13. Carlos Mercenario, subcampeón con 3h 52:09. Y Ronald Weigel, de Alemania. medallista de bronce con 3h 53:45.

Treinta años después Carlos Mercenario tiene 55 y se imagina a Barcelona como una entrañable mujer, que tomó la costumbre de aparecer en su mente, al menos tres veces por semana.

"Si este domingo toca mi puerta le diré: Gracias por venir, mujer divina. Me marcaste, siempre alguien me recuerda que estás conmigo, pero verte de cerca es un regalo", confiesa con una pose más de niño que de guerrero ateniense.

(c) Agencia EFE

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