Las claves de nuestra autoestima se construyen en nuestra infancia

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Las claves de nuestra autoestima se construyen en nuestra infancia

En nuestros primeros años de vida es cuando descubrimos en qué radica el bien y en qué consiste el mal. Nuestros padres y las personas con las que convivimos son quienes ejercen una referencia para nuestros actos y sistemas de valores, y todo lo que vemos en ellos son virtudes, aun cuando de adultos descubrimos que podrían haber tenido unas actitudes o decisiones mejorables.

Pero es en nuestra infancia cuando proyectamos quienes queremos ser, en función de los ejemplos que nos rodean. La familia, profesores y amigos son quienes nos dan el feedback necesario para saber si lo que hacemos está bien o mal, si causamos alegría o tristeza, o si somos dignos de orgullo o enfado.

Es durante nuestros primeros años cuando nuestra personalidad se forma y, en gran medida, aunque muchos de los rasgos de nuestro carácter están delimitados por la genética, otros muchos dependen de cuestiones que se desarrollan y afinan en sociedad y van muy ligadas a la autoestima, en función de nuestro entorno y de cómo nos relacionamos con quienes nos rodean.

La autoestima es un indicador que nos apresa o nos libera

Cuando en la infancia vivimos situaciones que nos hacen sentir mucho más pequeños de lo que somos, que nos hacen dependientes y que no aprovechan nuestro potencian, se está creando el caldo de cultivo para que nuestra autoestima no evolucione y permanezca temerosa de quebrarse.

 

Las claves de nuestra autoestima se construyen en nuestra infancia

Todo aquello que nos ocurre en la infancia es un espejo sobre el que proyectaremos nuestra fase adulta. Los miedos más primarios sobre quién podemos llegar a ser en un futuro contribuyen a mantenernos alerta, y el sentimiento de que podemos hacer frente a cualquier problema o el temor de que podemos chocar contra un techo de cristal pueden marcar nuestra vida.

En la edad adulta queremos contentar a la niña que fuimos

Cuando maduramos y mantenemos una vida basada en una rutina cotidiana, en muchas ocasiones podemos sentir que volvemos a tener 15, 10 ó 5 años, en función de la personas y de la situación a la que nos enfrentamos. La baja autoestima que pudiéramos tener desde nuestra más tierna infancia puede volver a sobrecogernos cuando de adultos regresamos a lugares que evocan esos recuerdos o vivimos situaciones similares.

Esta regresión evidencia que la baja o alta autoestima que pudiéramos haber tenido en nuestra infancia no es una cuestión que se zanje tan solo por madurar y dejar atrás esa época, sino que una baja autoestima de niño puede acompañarnos y limitarnos también en una fase adulta. Para luchar contra esto es recomendable volcar nuestra consciencia hacia las vivencias que nos modelaron en nuestra etapa infantil, para así comprenderlas y superarlas.

 

La maternidad como terapia de autoestima

Dentro de este esquema, no es difícil reconocer situaciones similares cuando tenemos hijos. De alguna forma la maternidad es cerrar un ciclo que realmente nos sitúa a nosotras mismas en el centro del eje. Cuando somos niñas se cierra una época con la llegada de la adolescencia, luego de la edad adulta, después con la emancipación, y cuando por fin somos madres, volvemos a empezar apreciando una proyección en nuestros hijos. De esta forma, las situaciones de baja autoestima que pudiéramos haber vivido en la infancia, vuelven a nuestra mente de forma cristalina al proyectar el mundo de nuestro hijo bajo nuestro criterio.

De esta forma, ser madre es una terapia que podemos aprovechar de forma activa para entender mejor nuestra propia infancia y potenciar la autoestima que puede que no hubiéramos tenido durante esa fase de nuestra vida, apoyando a nuestros hijos y reafirmando que las razones y las situaciones que nos restaron autoestima de niñas podrían haberse revertido con un mayor apoyo y otras situaciones vitales.