¿Qué significa que las vacunas sean tan eficaces? y ¿por qué no se puede confundir con la efectividad que pueden tener en el mundo real?

Carl Zimmer
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Los punteros de la carrera por la vacuna parecen estar haciendo un trabajo mucho mejor de lo que todos esperaban. Pfizer y BioNTech anunciaron esta semana que sus vacunas tenían una tasa de eficacia del 95 por ciento. Moderna situó la cifra de su vacuna en 94,5 por ciento. En Rusia, los fabricantes de la vacuna Sputnik aseguraron que su tasa de eficacia era superior al 90 por ciento. También AstraZeneca anunció sus resultados.

Prototype coinage material for covid 19 in Mexico city ampoule and syringe
Prototype coinage material for covid 19 in Mexico city ampoule and syringe

“Esto lo cambia todo”, dijo Gregory Poland, investigador de vacunas en la Clínica Mayo. “Todos esperábamos del 50 al 70 por ciento”. De hecho, la Administración de Medicamentos y Alimentos había dicho que estaba considerando otorgar aprobaciones de emergencia a vacunas que mostraran solo 50 por ciento de eficacia.

Según los titulares, bien se podría suponer que estas vacunas, que algunas personas podrían recibir en cuestión de semanas, protegerán a 95 de cada 100 personas que se la pongan. Sin embargo, eso no es en realidad lo que han mostrado los ensayos. El desempeño exacto de las vacunas en el mundo real dependerá de muchos factores de los que no tenemos aún respuesta, como de si las personas vacunadas pueden contraer infecciones asintomáticas o de cuántas personas serán vacunadas.

Esto es lo que necesitas saber sobre la efectividad real de estas vacunas.

¿Qué quieren decir las compañías cuando afirman que sus vacunas tienen una efectividad del 95 por ciento?

La lógica fundamental detrás de los ensayos actuales de vacunas fue establecida por estadísticos hace más de un siglo. Los investigadores vacunan a varias personas y les dan un placebo a otras. Luego esperan a que los participantes se enfermen y observan la cantidad de enfermedades en cada grupo.

En el caso de Pfizer, por ejemplo, la compañía reclutó a 43.661 voluntarios y esperó a que 170 personas presentaran síntomas de COVID-19 y luego obtuvieran una prueba positiva. De esos 170, 162 habían recibido una inyección de placebo y solo a 8 se les había puesto la vacuna real.

Con estos números, los investigadores de Pfizer calcularon la fracción de voluntarios de cada grupo que se enfermó. Ambas fracciones eran pequeñas, pero la fracción de voluntarios no vacunados enfermos fue mucho mayor que la fracción de los vacunados enfermos. Posteriormente, los científicos determinaron la diferencia relativa entre esas dos fracciones. Esa diferencia se expresa con un valor que los científicos llaman eficacia. Si no hay ninguna diferencia entre los grupos de vacuna y placebo, la eficacia es 0. Si ninguna de las personas enfermas es del grupo de los vacunados, la eficacia es del 100 por ciento.

Una eficacia del 95 por ciento es sin duda una prueba convincente de que una vacuna funciona bien. Sin embargo, ese porcentaje no nos dice cuáles son las probabilidades de cada uno de nosotros de enfermarnos si nos vacunamos. Y tampoco nos dice por sí solo qué tanto reducirá las infecciones de COVID-19 en Estados Unidos.

¿Cuál es la diferencia entre eficacia y efectividad?

La eficacia y la efectividad están relacionadas, pero no son lo mismo. Y los expertos en vacunas dicen que es crucial no confundirlas. La eficacia es solo una medición realizada durante un ensayo clínico. “La efectividad es qué tan bien funciona la vacuna en el mundo real”, dijo Naor Bar-Zeev, epidemiólogo de la Facultad de Salud Pública Bloomberg de la Universidad Johns Hopkins.

Es posible que la efectividad de las vacunas contra el coronavirus coincida con su impresionante eficacia en los ensayos clínicos. Pero si tomamos como guía las vacunas anteriores, la efectividad podría ser un poco menor.

Ese desajuste se produce porque las personas que participan en los ensayos clínicos no son un reflejo perfecto de la población general. En el mundo real, las personas podrían tener una serie de problemas crónicos de salud, por ejemplo, que podrían interferir con la protección de una vacuna.

Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades tienen un largo historial monitoreando la efectividad de las vacunas tras ser aprobadas. El 19 de noviembre la agencia publicó información en su sitio web sobre sus planes para estudiar la efectividad de las vacunas contra el coronavirus. Buscará oportunidades para comparar la salud de las personas vacunadas con la de otras en sus comunidades que no hayan recibido la vacuna.

¿Qué es exactamente lo que hacen estas vacunas de manera efectiva?

Los ensayos clínicos realizados por Pfizer y otras compañías fueron diseñados específicamente para ver si las vacunas protegían a las personas del contagio de COVID-19. Si los voluntarios desarrollaban síntomas como fiebre o tos, se les hacía la prueba del coronavirus.

Sin embargo, existe abundante evidencia de que las personas pueden infectarse con el coronavirus y no mostrar nunca ningún síntoma. Por lo tanto, es posible que varias personas que se vacunaron en los ensayos clínicos también se infectaran sin siquiera darse cuenta. Si esos casos realmente existieron, ninguno está reflejado en la tasa de eficacia del 95 por ciento.

Las personas asintomáticas también pueden transmitir el virus a otras personas. Algunos estudios sugieren que esas personas producen menos virus, lo que las convierte en una amenaza menor que las personas infectadas que sí desarrollan síntomas. Pero si las personas reciben la vacuna y luego dejan de usar cubrebocas y de tomar otras medidas de seguridad, la posibilidad de propagar el coronavirus a otros podría aumentar.

“Se podría llegar a una situación paradójica en la que las cosas empeoren”, dijo Bar-Zeev.

¿Estas vacunas causarán mella en la epidemia?

Las vacunas no solo protegen a las personas que las reciben. Debido a que frenan la propagación del virus, con el tiempo pueden también reducir las tasas de infecciones nuevas y proteger a toda la sociedad.

Los científicos denominan a esta forma general de efectividad como el impacto de una vacuna. La vacuna contra la viruela tuvo el mayor impacto de todos, puesto que mandó al virus al olvido en la década de 1970. Pero incluso una vacuna con una eficacia extremadamente alta en los ensayos clínicos tendrá un impacto pequeño si solo unas cuantas personas terminan poniéndosela.

“Las vacunas no salvan vidas”, dijo A. David Paltiel, profesor de la Escuela de Salud Pública de Yale. “Los programas de vacunación salvan vidas”.

El 19 de noviembre, Paltiel y sus colegas publicaron un estudio en la revista Health Affairs en el que simularon el próximo despliegue de vacunas contra el coronavirus. En el modelo incluyeron vacunas con tasas de eficacia de alta a baja, pero también consideraron la rapidez y el alcance que puede tener la distribución de una vacuna con una pandemia en curso.

De acuerdo con Paltiel, los resultados fueron desgarradores. Él y sus colegas descubrieron que, en lo que respecta a reducir infecciones, hospitalizaciones y muertes, la distribución importa tanto como la eficacia. El estudio dejó a Paltiel preocupado porque Estados Unidos no se ha preparado lo suficiente para poder distribuir de forma masiva la vacuna en los próximos meses.

“Se está acabando el tiempo”, advirtió. “La infraestructura será al menos igual de importante que la vacuna, si no es que más, para que el programa tenga éxito”.

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This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company