Crítica: Dolor y gloria, la película que me ha hecho entender (y amar) a Pedro Almodóvar

Por Teresa Aranguez.- Cuando una película pone tu corazón a latir a mil por hora, sabes que es una gran historia. Nunca he sufrido de taquicardias pero como espectadora de Dolor y gloria tuve una ligera idea de lo que significa. Lo nuevo de Pedro Almodóvar nunca pasa desapercibido pero, en esta ocasión, muchísimo menos. Con este retrato tan cercano del cineasta manchego lleno de píldoras biográficas, uno puede llegar a entender cosas de él que quizás nosparecían extrañas o no comprendíamos. Por ejemplo, que se ponga gafas de sol en las alfombras rojas o sus comentadas ausencias en premios y fiestas.

Antonio Banderas y Pedro Almodóvar en el making of de ‘Dolor y gloria’ (Autor: @Manolo_Pavón; Cortesía de Sony Pictures)

Todas estas incógnitas se van desvelando poco a poco a través de Salvador Mallo, el personaje principal de la cinta que interpreta magistralmente Antonio Banderas. El malagueño nos acerca de una forma milimétrica y exquisita a la vida de un director de cine en su etapa más decadente, llena de sombras, siendo las luces un vago recuerdo.  Asediado por unos fortísimos dolores de espalda, su vida se reduce a un cuarto oscuro, un puñado de pastillas y una única compañía: la tan temida depresión.

Hasta que una antigua amistad del teatro, y el caballo, llegan inesperadamente a su día a día. Cuando menciono el caballo no hablo precisamente de este bello animal, sino de la peligrosa ‘dama blanca’ que en los años 80 se llevó muchos jóvenes al otro barrio. El amigo y colega en cuestión es el actor Alberto Crespo, papel de otro grande en esta película, Asier Etxeandía. Las rencillas y los egos les habían mantenido enfadados algunas décadas, pero su reencuentro se convertirá en el ingrediente clave del renacer del atormentado director.

Entonces, se preguntarán muchos. ¿Ha pasado Almodóvar realmente por algo así? Depresión, oscuridad, miedo, fracaso, desamor, abandono. Sí, pero no. No, pero sí. Es decir, esta película no es una autobiografía clavada de su existencia pero sí es un reflejo fiel de sus sentimientos, frustraciones y emociones producto de una vida donde no todo ha sido de color de rosa. Lo ha contado con otros nombres y en otros escenarios pero al final el desenlace es el mismo, dolor y gloria a partes iguales. Un camino donde los reconocimientos, los premios, los aplausos y el dinero no han sido suficientes para curar sus heridas.

Penélope Cruz en ‘Dolor y Gloria’ (Autor: @Manolo_Pavón; Cortesía de Sony Pictures)

En este guión, maravillosamente aderezado con la música de su imprescindible Alberto Iglesias, hay dolores del alma y dolores físicos, como en la vida de Pedro. En el grupo de los últimos, el que ha marcado a niveles impensables al cineasta fuera de los sets, han sido las monumentales migrañas que le han obligado a estar en las tinieblas. Los flashes de las cámaras durante un estreno podrían dejarle días en cama del fortísimo impacto en su retina. Una cruda realidad compartida a su forma en esta nueva entrega que pone fin a una trilogía muy personal a la que preceden La ley del deseo y La mala educación.

Al igual que en estas cintas, Dolor y gloria también nos acerca al Almodóvar niño, a sus amores más pasionales de juventud y, cómo no, a la mujer de su vida, su madre, en esta ocasión deliciosamente retratada por Julieta Serrano. Madre e hijo mantienen charlas íntimas que según el director nunca se dieron pero que sí le hubiese gustado tener. Por fin lo hace, aunque sea en la ficción, a veces más real que la propia realidad. En estas conversaciones el protagonista, más Pedro que nunca, se desgarra hablando a corazón abierto de lo que supuso ser homosexual en una época tan oscura en la historia de España.


El espectador, al menos yo, se llega a sentir ese niño incomprendido, protagonista de esas miradas raras de los vecinos, señalado por el dedo de quienes no entienden ni ven más allá. Uno puede llegar a saborear la pena y el sin sabor de un crío con un universo infinito, lleno de curiosidad, de ganas de más y de una imaginación sin barreras que a día de hoy le han convertido en uno de los grandes genios del séptimo arte en todo el mundo.

De la mano le acompaña también su musa, su amiga, su mejor cómplice delante y detrás de las cámaras, Penélope Cruz. Ella ejerce de madre en su etapa infantil, una madre que se lleva a su hijo al río a lavar la ropa donde las mujeres cantaban copla bajo los ojos atentos de esta alma pura e intrépida que fue así alimentando su amor por la música, el arte y los libros.

En realidad poco más puedo decir. Sólo que hay que ir a verla para entender, conocer y, sobre todo, llegar a querer a Pedro Almodóvar. Gracias por esta historia valiente, visceral y sincera, un viaje que nos sirve a todos para explorar nuestro yo más auténtico y profundo, ese que existe y nos espera para reconciliarnos con nuestros grandes temores. El 22 de marzo aterriza en los cines de España. Prometo repetir.

Puntuación: 9/10


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