Crítica de 'Madre': una película valiente y emotiva para ver (solo) con el corazón

PUNTUACIÓN: 90/100 

La desesperación de una madre que oye como al otro lado del teléfono su hijo de 6 años le confiesa que está solo, aparentemente abandonado, en una playa francesa. Lejos, asustado y solo. Muy solo, y muy pequeño. Su padre lo dejó allí y se está quedando sin batería en el móvil. A lo lejos, un hombre que se acerca. Esa era la premisa de Madre (2017), el cortometraje español de Rodrigo Sorogoyen que arrasó con decenas de premios de todo el mundo, incluida una merecidísima nominación al Oscar. El director que el mismo año arrasaba con El reino (2018) lograba generarnos palpitaciones dignas de un infarto a lo largo de 19 minutos, y ahora expande la historia con un largometraje de dos horas que lleva el mismo nombre.

Marta Nieto en Madre (Cortesía de Wanda Films)

Madre, la película, aterriza en la cartelera el 15 de noviembre sentenciando, como si todavía hiciera falta, que Sorogoyen es uno de los nuevos referentes del cine español. El mismo que comenzara a llamar la atención codirigiendo 8 citas (2008) y Stockholm (2013), lleva unos años demostrando que lo de volar solo se le da mucho mejor. Con Que Dios nos perdone (2016) y El reino (2018) no dejó lugar a dudas, nominado al Goya a mejor director por la primera y ganador por la segunda: estábamos ante un cineasta comprometido, atrevido e interesado en contar historias que traspasaran la barrera de la pantalla. De esas que se quedan contigo una vez sales del cine. Eso mismo consiguió con su segundo cortometraje (el primero fue El iluso, 2014), y ahora se supera a sí mismo con la expansión en forma de largometraje.

La cinta, coescrita junto a su compañera habitual, Isabel Peña, comienza desde cero con el corto. Volvemos a revivir aquella base de la historia con la desesperación de una madre, jugando entre drama y thriller, para continuar diez años más tarde. El ritmo trepidante del corto desaparece para dar lugar a un drama intimista que invita a desafiar las normas sociales en busca de la comprensión del ser humano imperfecto. Ha pasado el tiempo y Elena vive atrapada en el pasado, viviendo en la playa donde desapareció su hijo, atada al momento que cambió su vida. Trabaja en un restaurante sobre la arena y tiene una relación con un hombre, Joseba (Alex Brendemühl), que le aporta la seguridad que ella misma no puede darse. Allí conoce a un adolescente que le recuerda a su hijo, Jean (Jules Porier), tanto que forman una relación que desafía los valores morales de cualquier espectador.

Marta Nieto y Jules Porier en Madre (Cortesía de Wanda Films)

Estamos ante la misma protagonista interpretada por Marta Nieto, aquella madre desesperada llamada Elena, pero la historia cambia, ya no es la misma. Así como nosotros tampoco lo somos tras vivir momentos claves en nuestras vidas que nos van moldeando tanto como el paso del tiempo. Del corto al largo, la historia sufre una metamorfosis. Pierde la esencia original para ganar otra, coronándose como una apuesta valiente que busca llevar la historia por el terreno de la sutileza, de miradas que hablan solas y de cicatrices emocionales que nunca sanan. De la larga vida de los traumas. Y parte de ese cambio radica en la trama, pero también en su fotografía. Ya no tiene los planos secuencia del corto, ahora la cámara fluye, pasando del fijo al móvil, siguiendo los días sin vida de su protagonista, ladeándose como si fuera una ola.

Recordándonos a pinceladas de Adore (2013) o Call me by your name (2017), y con un poco de Harold y Maude (1971), Madre invita a la reflexión pero sobre todo a la empatía. Estamos ante una película que huye del conformismo y la cotidianidad, que derriba puertas difíciles de atravesar y que requiere de un espectador dispuesto a seguir el viaje de Elena. Y si la acompañas, tiene su recompensa. En Madre no hacen falta las explicaciones explícitas, la cámara y las miradas de Marta Nieto, tan vacías pero tan llenas de dolor al mismo tiempo, así como sus andares y la crudeza de sus facciones, lo dicen todo. Elena se ha perdido, ya no sabe lo que hace o deja de hacer. Su esencia desapareció diez años atrás pero, de repente, su instinto maternal revive con la llegada de Jean. Ese amor guardado, contenido por el sufrimiento durante tanto tiempo, sale a borbotones descontrolados. Tan descontrolados que ni se da cuenta de lo que hace. Solo siente, un poco, por fin.

Es cierto que hay detalles que nos faltan, como el trasfondo de la relación de madre e hija de la propia Elena que veíamos en el corto; y la exploración del personaje de Benoit, el hermano de Jean, que no termina de explicar su existencia; pero aun así, Rodrigo Soroyen se reafirma como un director de sensibilidades a flor de piel, que puede mutar del thriller al drama, aportando más de lo que intuimos en un primer momento. Es un director que sorprende y que poco a poco ha ido poniéndose el listón cada vez más alto.

Madre es puro cine. Incomoda, pregunta y empatiza. Después de todo, una madre nunca deja de ser madre. Estamos ante una película que hay que ver con el corazón. El cerebro es mejor dejarlo en la puerta de la sala, ya lo recogemos a la salida.

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