Disney repite con 'Cruella' el error de sus peores épocas

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Por Alberto Cano. - Con Cruella no solo estamos ante un nuevo live-action de un clásico de Disney, sino que hablamos de una adaptación de una película que llegó a tener hasta dos versiones en acción real entre los años 90 y los 2000. Y de hecho, aunque aquellas cintas de 101 Dálmatas se centraran en esos tan adorables y queridos perros, Gleen Close se erigió como su protagonista absoluta interpretando a esta temible y carismática villana como es Cruella de Vil. La necesidad de esta nueva película protagonizada por Emma Stone parecía nula, aunque la casa Mouse volvía a convencernos vendiéndonos una película adulta, con un marcado estilo punk, un cuidadísimo apartado artístico y un detallista vestuario que en sus trailers se anticipaba como un nuevo Joker.

Parecía improbable que Disney se lanzara realmente a hacer una aventura adulta y todo apuntaba a una estratagema comercial para ampliar el espectro de público de Cruella, pero vista la película he de decir que sí, Disney ha tratado de hacer una producción para el público adulto con todo lo que ello conlleva, con situaciones rudas, personajes oscuros y vengativos y un montón de elementos y referencias que piensan más en un espectador maduro que en el habitual público familiar de la compañía del ratón Mickey. Sin embargo, también han pretendido seguir anclados en su habitual fórmula para todos los públicos, lo que hace que Cruella no acabe de despegar ni de funcionar para ningún tipo de espectador.

Emma Stone en Cruella (Foto de Laurie Sparham. © 2021 Disney Enterprises, Inc. All Rights Reserved)
Emma Stone en Cruella (Foto de Laurie Sparham. © 2021 Disney Enterprises, Inc. All Rights Reserved)

Se trata de una producción demasiado infantil para el público más maduro y demasiado adulta para el target infantil, un error que Disney ya ha cometido en repetidas veces y que en el pasado estuvo apunto de llevarlos a la quiebra. Hablo de su época oscura en los años 80. Y es que tras la muerte de Walt Disney en los años 60, y tras casi dos décadas probando suerte con comedias en acción real fallidas o clásicos como Merlín el encantador o Robin Hood que estuvieron muy lejos de la repercusión y éxito de títulos como Blancanieves o Cenicienta, el estudio quiso probar suerte acercándose al público adulto.

Fue el caso de películas de ciencia-ficción como El abismo negro, oscuras aventuras como El dragón del lago de fuego, cintas de puro terror como Los ojos del bosque o El carnaval de las tinieblas, de tenebrosas secuelas como Oz, un mundo fantástico o de comedias rudas como El diablo y Max Devlin, entre muchos otros títulos. Rarezas fascinantes, pero también producciones muy fallidas que al seguir ancladas en la fórmula Disney no terminaron de convencer en taquilla.

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Todas ellas me encantan, y creo que por eso mismo Cruella, en su intento de adentrarse en este terreno adulto, también ha conseguido cautivarme. Esos duelos de divas entre Emma Stone y Emma Thompson, ese espíritu vengativo del personaje, su personalidad oscura, su juego de espejos a lo Doctor Jeckyll y Mr Hide o la locura que se apodera de los excéntricos desfiles de moda en ese Londres punk de los 70, la convierten en toda una experiencia. Pero tal vez esto no sea suficiente para cautivar a un público adulto que también va a tener que lidiar con una rutinaria estructura de película Disney que se alarga durante unos excesivos 134 minutos. Y tal vez Cruella se vea abocada al mismo fracaso que aquellas excéntricas producciones de los 80.

Y es que año tras año, fracaso tras fracaso, la compañía del ratón Mickey se vio casi conducida a la bancarrota. Su intención de experimentar, abrirse a nuevas propuestas y adentrarse en terrenos desconocidos se saldó con una ruina económica que en última instancia evitaron recurriendo a una estrategia tan básica como efectiva: recuperar los clásicos de princesas que tan buenos resultados les dieron en sus comienzos. Nacía así La sirenita, cuyo éxito en taquilla se tradujo en el inicio de una nueva década dorada para Disney en los 90 y en una continua apuesta por clásicos similares como La bella y la bestia o Aladdín.

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Los millones volvían a entrar a raudales en las arcas de la casa Mouse, que no dejó de lado la experimentación e incluso se adentró a adaptar a Victor Hugo con El jorobado de Notre Dame o a explorar el fascinante mundo de la mitología griega en Hércules. Pero ese afán por seguir probando nuevas fórmulas le volvió a salir rana a comienzos de los 2000.

En primer lugar, historias más alternativas como Atlantis: El imperio perdido, El planeta de tesoro o Zafarrancho en el rancho fueron estrepitosos fracasos de taquilla. Pero más notoria fue la dificultad de Disney de adentrarse en la animación 3D, puesto que, ante compañías como Dreamworks comiéndole terreno con exitazos como Shrek se precipitaron a abordar la técnica con catastróficos resultados. Chicken Little, Descubriendo a los Robinson o Bolt no solo no acabaron de funcionar de cara al público, sino que fueron películas de una calidad cuestionable en comparación con todo lo que había venido haciendo Disney en la década anterior.

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Su solución ante este nuevo abocamiento al fracaso fue el mismo que tomaron a finales de los 90: volver a recuperar sus historias clásicas. Esta vez, el primer intento regresando a la animación 2D en una película de princesas como Tiana y el sapo no funcionó, puesto que el interés del público hacia esta técnica era ya prácticamente nulo. Sin embargo, les volvió a dar enormes resultados con clásicos como Enredados y, sobre todo, con bombazos de taquilla como Frozen o remakes en acción real como Alicia en el País de las maravillas.

Salvo contadas excepciones, como la fresca y divertida Zootrópolis, esto llevó a una nueva época dorada para Disney basada en recuperar la estela del cine de princesas con Moana o Raya y, sobre todo, en reciclar sus grandes éxitos con infinidad de remakes en acción real. Su éxito económico fue imparable, y resulta incluso más sorprendente viendo las cifras de otras de sus múltiples marcas como Marvel o Star Wars. Y aunque ahora mismo Disney se erige como la mayor major de todo Hollywood, con Cruella parece que se han percatado de su propio estancamiento y se han propuesto salir de él.

Es una propuesta valiente lo de Cruella, pero una vez más, Disney demuestra que el experimentar no va con ellos. El salirse de su zona de confort y aventurarse de nuevo al público adulto les vuelve a salir rana, volviendo a cometer el mismo error que casi les deja tocados en los 80. Y es que al final la marca Disney puede ser una carga muy pesada para la propia compañía, puesto que nunca han sabido abrirla a nuevos horizontes. En esta última década les ha funcionado de maravilla con todas sus franquicias, pero ahora que el futuro de la industria es una incógnita y se encuentran apostando todas sus cartas al streaming, quien sabe con que se pueden encontrar a la vuelta de la esquina.

A lo mejor me equivoco y Cruella acaba siendo un éxito en taquilla, que puede ser perfectamente posible en este panorama actual donde el cine blockbustero escasea. Pero con una calificación de edad +12 en España y PG-13 en Estados Unidos y al quedarse en tierra de nadie al tratar de llegar a diferentes espectros del público, lo veo muy poco probable.

Pero desde luego, si Cruella resulta finalmente una película fallida de cara al público, tal vez deberían de pararse a hacer autocrítica y analizar que el experimentar sin dejar volar su marca hacia nuevos terrenos puede suponer un problema, como bien les ocurrió antaño y les ha vuelto a pasar con este nuevo live-action de 101 Dálmatas. Si quieres hacer una película adulta, haz una película adulta, pero no te andes con medias tintas. 

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