¿Cuál es la secuela más común tras el ictus?

Esta enfermedad cerebrovascular constituye la primera causa de discapacidad adquirida en el adulto. Te contamos cuáles son las dificultades básicas después del ictus

El ictus se asocia a mayor discapacidad en las mujeres, y los problemas que causa pueden llegar a provocar un cuadro de desnutrición y deshidratación. (Foto: Getty)

Según datos de la Sociedad Española de Neurología (SEN), cada año, unas 120.000 personas padecen un ictus en España y se prevé que dicha cifra se incremente un 35 por ciento en 2035 debido, en gran parte, al aumento de la esperanza de vida de la población.

También se estima que 2 de cada 3 personas que sobreviven a un ictus presentan algún tipo de secuela, en muchos casos discapacitante.

En este sentido se sabe que hasta un 64 por ciento de los pacientes que han sufrido un ictus padecen disfagia orofaríngea (DO), un síntoma que se caracteriza por provocar dificultades para trasladar de manera segura el bolo alimenticio desde la boca hasta el esófago. Es decir, que a muchos pacientes que sobreviven al ictus les cuesta tragar la comida.

Y es que la disfagia orofaríngea es uno de los síntomas más frecuentes y potencialmente mortales asociados a trastornos neurológicos. Así se recoge en las Guías de la ESPEN sobre la Nutrición Clínica en el paciente neurológico, un trabajo respaldado por la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición en donde se llama la atención sobre este problema, presente en un 20 a un 64 por ciento de los casos, tal y como muestra este trabajo.

La disfagia, que es una alteración asociada a la dificultad o molestia de deglutir y está asociada al paso de los alimentos por la vía respiratoria, es muy frecuente en personas que han sufrido un ictus, ya que afecta a más del 45 por ciento durante su ingreso hospitalario. (Foto: Getty)

Aunque presenta una mayor incidencia en personas mayores, por encima de 60 años, en los últimos años la incidencia del ictus en personas jóvenes ha ido en aumento.

“La edad es un factor de riesgo importante -destaca la doctora María Alonso de Leciñana, del grupo de Estudio de Enfermedades Cerebrovasculares de la Sociedad Española de Neurología (SEN)- pero el ictus no solo afecta a las personas mayores. En las últimas dos décadas han aumentado un 25 por ciento el número de casos entre personas en edades comprendidas entre los 20 y 64 años y un 0,5 por ciento de los casos se dan en personas menores de 20 años”.

Los ictus se clasifican en dos tipos:

  1. Ictus isquémico. Son los más frecuentes (hasta un 85 por ciento del total) y se producen por una disminución importante del flujo sanguíneo que llega a una parte del cerebro. Este falta de riego sanguíneo produce un infarto cerebral, que lleva a la muerte de neuronas por falta de aporte de oxígeno y de los nutrientes que van en la sangre.

  2. Ictus hemorrágico. Aunque menos frecuentes que los ictus isquémicos, la mortalidad en los ictus hemorrágicos es considerablemente superior. Sin embargo, a largo plazo, la recuperación de las secuelas suele ser mejor. Son debidos a la hemorragia que se produce por la ruptura de un vaso sanguíneo cerebral.

Qué pasa si se sobrevive

El accidente cerebrovascular es una patología que afecta ya a 120.000 españoles cada año, siendo ya la segunda causa de mortalidad en nuestro país, y la primera en el caso de las mujeres.

Tras la rehabilitación en estos pacientes, el 47 por ciento de los enfermos mejoró entre las primeras semanas y el 17 por ciento a los 2-4 meses.

Según datos del Atlas de Ictus en España 2019, elaborado por el Grupo de Estudio de Enfermedades Cerebrovasculares de la SEN junto con Bristol Myers Squibb y Pfizer, el 59 por ciento de los pacientes que han tenido un ictus tienen problemas para realizar sus actividades cotidianas, más de un 62 por ciento tienen problemas de movilidad, un 64 por ciento sufren dolor y malestar, y un 36 por ciento percibe su estado de salud como “malo o muy malo”.

Impacto en el día a día

En concreto, el 44 por ciento de las personas mayores de 65 años que han sufrido un ictus tiene dificultades para ducharse o bañarse sin ayuda y el 56 por ciento para realizar tareas domésticas ligeras. Unos porcentajes que casi duplican a los de otras enfermedades crónicas, tumores, o accidentes.

Sin embargo, es importante saber que las consecuencias derivadas de un ictus van a depender de la localización de la lesión y de su extensión. Puede haber parálisis en algún lado del cuerpo, problemas de percepción del espacio, alteraciones del lenguaje, descoordinación... y si se localiza en el tronco del encéfalo, la zona desde la que se controlan funciones como la deglución, el habla, la audición o los movimientos oculares, habrá dificultades en estos aspectos.

El dibujo muestra la cavidad nasal, boca, lengua, y explica cómo la epiglotis bloquea la laringe impidiendo el paso de la comida. De ahí que los especialistas consideren vital un correcto abordaje nutricional en el paciente con ictus y la temprana detección y manejo de la disfagia. (Imagen: Getty)

¿Afecta a la dieta?

Además de las mencionadas, una de las principales consecuencias de la disfagia es la desnutrición. De hecho, la prevalencia de desnutrición aumenta tras el ictus de un 12 por ciento en el momento del diagnóstico hasta llegar a un 50 por ciento en enfermos con estancias prolongadas o en rehabilitación. La presencia de desnutrición empeora el pronóstico vital, aumenta las complicaciones y disminuye la recuperación funcional.

“La DO puede poner en riesgo a la persona que la padece, ya que si no se ponen medidas para facilitar una deglución segura se pueden producir consecuencias graves para su salud”, explica el doctor Pere Clavé, jefe de la Unidad de Exploraciones Funcionales Digestivas y Director Científico del Hospital de Mataró.

De hecho, entre las principales complicaciones que pueden surgir destacan la desnutrición, la deshidratación, así como complicaciones respiratorias y neumonía por aspiración.

“Se trata de una patología multifactorial, asociada con múltiples comorbilidades y causante de multitud de complicaciones nutricionales y respiratorias. En su tratamiento, es importante tener en cuenta un enfoque multidimensional”, añade el experto.

Ejemplo de una dieta asociada a las necesidades del paciente que ha sufrido un ictus: dieta blanda y un vaso de té 'espesado' para tratar disfagia faríngea oral. (Foto: Getty)

Lejos de ser un problema menor, el no diagnóstico de la disfagia y su falta de tratamiento puede ocasionar graves complicaciones nutricionales y respiratorias al paciente, alargando su hospitalización, empeorando la calidad de vida y aumentando la mortalidad a corto y largo plazo.

Los datos indican que la mortalidad de los pacientes que han sufrido un ictus que tienen disfagia es de más del 30 por ciento, mientras que la de los que no la tienen es inferior al 5 por ciento.

Por eso, el Dr. Clavé considera vital realizar tratamientos de neurorehabilitación y estimulación cerebral y faríngea para pacientes con DO post-ictus, ya que tiene un porcentaje "altísimo de éxito".

“Es importante asegurar un buen tratamiento nutricional en los pacientes con disfagia, entre ellos, una dieta personalizada con texturas concretas y un aporte calórico, proteico e hídrico adecuado”, destaca el Dr. Clavé.

Esto se consigue, tal y como explica el experto, mediante la triple adaptación de la dieta:

  • Adaptación de la textura de los sólidos y de la viscosidad de los líquidos.

  • Adaptación del contenido calórico y proteico.

  • Y palatabilidad. Es decir prestar atención al gusto y sabor de los alimentos para proporcionar calidad de vida.

En este sentido, el experto aconseja “el uso de espesantes y suplementos con la adecuada viscosidad para pacientes con disfagia contribuyen a disminuir el riesgo de broncoaspiración y garantiza una deglución segura”.

Por último, desde la SEEN recuerdan que al menos un 80 por ciento de los casos de ictus, o incluso un 90 por ciento, podrían evitarse eliminando el consumo de tabaco y alcohol, llevando una dieta adecuada, realizando ejercicio físico, evitando el sedentarismo y la obesidad, o con un tratamiento y seguimiento adecuado de enfermedades como hipertensión arterial, diabetes, hipercolesterolemia, fibrilación auricular u otras enfermedades vasculares.

¿Conocías este trastorno de la deglución?

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