La decepción de ‘Merlí: Sapere Aude’, una serie que se queda a medias

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¡ATENCIÓN! Este artículo contiene spoilers del final de Merlí: Sapere Aude

Se acaba el curso y para disgusto de los amantes de la Filosofía y las fiestas universitarias, lo hace antes de tiempo y sin posibilidad de volver a las aulas para reencontrarnos con nuestros compañeros más queridos. En otras palabras, Merlí: Sapere Aude dice adiós después de solo dos temporadas y lo hace con una paradoja: dándole un final a su historia, pero a la vez dejándola a medias.

El spin-off de Movistar+ centrado en Pol Rubio (Carlos Cuevas) ha llegado a su fin de forma abrupta, dejando muchos cabos sin atar y cubriendo solo una parte del programa de estudios que nos anunciaron. Los efectos de la cancelación prematura de la serie saltan a la vista: tramas incompletas, prisas, sensación de final forzado y sobre todo una laguna importante en la historia de amor entre Pol y Bruno, la pareja favorita del universo Merlí.

Cartel oficial de 'Merlí: Sapere Aude' (Movistar+)
Cartel oficial de 'Merlí: Sapere Aude' (Movistar+)

Merlí fue una de las grandes sorpresas de la televisión nacional reciente. La serie catalana creada por Héctor Lozano se emitió originalmente en TV3 entre 2015 y 2018 y alcanzó un éxito inesperado no solo en la comunidad catalana, sino también en el resto de España gracias a Netflix. Incluso fuera de nuestras fronteras también encontró una legión de fans que se engancharon a las aventuras de los estudiantes del instituto Àngel Guimerà, una pandilla cuyas vidas cambiaban con la llegada de un carismático y poco ortodoxo profesor de Filosofía que les hacía cuestionar el mundo y verlo todo de forma distinta.

El éxito de Merlí fue tal que la serie derivó en un spin-off en Movistar+ centrado en el estudiante predilecto de Merlí Bergeron, Pol Rubio, que por supuesto también era el personaje favorito de la audiencia. Merlí: Sapere Aude se estrenaba a finales de 2019 con buena acogida por parte de los fans de la ficción original. Tras el final de Merlí, que saltaba hacia el futuro para mostrarnos a Pol y su amor en la serie, Bruno (David Solans) juntos, Sapere Aude volvía al pasado para llenar los huecos en la historia de Pol, concretamente sus años de universidad.

Desde el principio, la idea de Héctor Lozano era explorar la vida en solitario de Pol antes de asentarse con Bruno. Sin embargo, David Solans formó parte de la primera temporada, por lo que el personaje no llegó a desaparecer de su vida, sino que estuvo presente en ella a pesar de que ambos tomaron caminos separados para experimentar y encontrarse a sí mismos. Ahora bien, en la segunda temporada, el personaje de Bruno desapareció por completo, y no solo eso, sino que fue como si nunca hubiera existido. Por mucho que Sapere Aude gire alrededor de Pol y su viaje personal antes de volver con Bruno, que el que ha sido una pieza imprescindible en su vida y será su pareja se desvanezca como si nada es una incongruencia total.

La ausencia de Bruno en la segunda temporada no habría supuesto tanto problema de no ser por dos motivos: es la última y los acontecimientos que tienen lugar en la vida de Pol no se entienden sin al menos tomar en cuenta a Bruno como factor. Y es que en esta última entrega, el protagonista descubre que ha contraído el virus del VIH y se enfrenta al miedo, las dudas y la incertidumbre que esto conlleva. Una trama que muchos han aplaudido por su sensibilidad y su intención de luchar contra su estigma y normalizar, y otros tantos han rechazado por caer en el tópico del VIH en una ficción con protagonista LGBTQ (Pol es bisexual); pero que sobre todo, nos ha hecho preguntarnos dónde está Bruno y por qué Pol no habla con él.

Carlos Cuevas como Pol Rubio (© María Heras / Movistar+)
Carlos Cuevas como Pol Rubio (© María Heras / Movistar+)

Que quede claro que soy consciente de que Merlí: Sapere Aude no era una serie sobre Brunol, sino sobre el viaje personal de Pol y su maduración en la universidad. Pero que, tras la serie principal y una primera temporada en la que la relación entre Pol y Bruno era un tema central, no se haya hecho una sola mención al que se supone que es el amor de su vida, especialmente cuando el protagonista está atravesando momentos tan difíciles, es una decisión difícil de digerir. ¿Por qué Pol no contacta con Bruno aunque sea por mensaje? ¿Por qué parece no tenerlo ni en mente? ¿Cómo se entera Bruno de la noticia y cómo reacciona? ¿Cómo retoman su relación? Esas son preguntas de las que no tenemos, y posiblemente nunca tendremos respuesta.

Por esta razón, la decisión de finalizar Merlí: Sapere Aude tras solo dos temporadas se antoja extraña, ya que la sensación es que todavía quedaba mucha historia por contar. Lozano ha asegurado en entrevistas que cerrar la serie así ha sido decisión suya (Sensacine), pero algo me dice que detrás de este final tan precipitado y prematuro podría haber algo más. Se pueden hacer muchas teorías: que la marcha de Solans trastocase irreversiblemente los planes narrativos de Lozano, que la serie no haya funcionado en audiencias como Movistar+ esperaba o que la decisión la haya motivado el propio Cuevas, que con su carrera despegando, ya no quiere interpretar a personajes adolescentes (Cadena Ser).

Sea como fuere, está claro que Merlí: Sapere Aude daba para al menos una o dos temporadas más. El año pasado cuando se anunció que Bruno no estaría en la segunda temporada, Lozano dejó abierta la puerta a su regreso en una posible tercera entrega. Todo apuntaba a que habría más, pero finalmente no ha podido ser. Por eso terminar la serie en este punto parece más un final forzado que un desenlace natural y orgánico a la historia de Pol.

El último episodio de Sapere Aude nos deja con una sensación agridulce. Por un lado, la serie tiene un final propiamente dicho, con otro salto en el tiempo que, en sus últimos minutos nos lleva a la graduación de la clase de Pol y a su vida posterior, preparándose para ser profesor de Filosofía. La serie original ya nos mostró al protagonista como profesor, así que hacerlo aquí habría sido redundante, por lo que cerrar el spin-off con Pol bailando un tema de La Casa Azul mientras pinta su apartamento es una nota optimista y dulce que nos recuerda que todo va a salir bien y funciona satisfactoriamente como conclusión. Pero por otro lado, como decía, también es un final demasiado repentino y se deja muchas cosas en el tintero.

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Sapere Aude cubre solo el primer año de universidad de Pol, y de repente, en los últimos minutos de la serie, salta a la graduación. Algo falla. Faltan muchas piezas para llegar ahí y no se ha contado toda la historia

Hablo del crecimiento de Pol, al que seguro todavía le quedaban unas cuantas lecciones por aprender (porque la carrera no se acaba en primero), de su relación con Axel (Jordi Coll), que según una conversación del final, ha seguido con Pol todos estos años pero no ha asistido a la graduación y se enfrenta a una crisis, y de sus compañeros, que han quedado en segundo plano con tramas a medio cocer (curiosamente, de todos los personajes, es el padre de Pol quien obtiene el mejor final y la evolución más completa). Pero sobre todo, falta ese eslabón que todos los fans de Merlí querían ver, el regreso de Bruno a la vida de Pol.

Si lo pensamos, podemos estar tranquilos porque sabemos que la pareja se reunirá en el futuro y formarán una vida juntos, pero habría sido un detalle bonito incluir un guiño o una conversación que conectase con ese futuro que vimos en Merlí. No habría distraído de lo más importante, la evolución de Pol, y habría contribuido a crear más sensación de completitud. Sobre todo teniendo en cuenta que el debate final de la serie gira en torno a la pregunta de si existe el amor puro. Una idea que automáticamente nos lleva a pensar en ellos dos.

Carlos Cuevas en el final de 'Merlí: Sapere Aude' (© María Heras / Movistar+)
Carlos Cuevas en el final de 'Merlí: Sapere Aude' (© María Heras / Movistar+)

Haciendo balance, Merlí: Sapere Aude nos ha dejado muy buenos momentos y es recomendable quedarse con ellos. Si bien ha sido un spin-off poco centrado, ha acertado a la hora de mostrarnos el proceso madurativo de Pol y ha capturado con éxito el espíritu de la etapa universitaria; por no hablar de cómo ha consolidado a Carlos Cuevas como uno de nuestros mejores intérpretes jóvenes y un valor a seguir muy de cerca. El final también nos da alguna que otra lección para el recuerdo (“¿Existir o vivir?”, que nos plantea la Bolaño), celebra una emotiva fiesta de despedida a la serie reuniendo a los personajes una última vez en el club donde trabaja el protagonista, y sobre todo nos deja con un Pol radiantemente feliz e ilusionado por su vida, habiendo superado obstáculos importantes y siguiendo los pasos de sus mentores, Merlí y Bolaño, hacia un futuro en el que sabemos que alcanzará sus objetivos.

En definitiva, este spin-off ha funcionado más como una idea o un sentimiento que como una serie en sí. Con un par de temporadas adicionales para desarrollar mejor a los personajes podría haber sido más redondo y trascendental, pero pasar dos años más con Pol Rubio es mejor que nada. Debemos hacernos a la idea de que todo acaba, aprender a pasar página y prepararnos para la siguiente etapa. Si hay que quedarse con una lección, que sea esa: pase lo que pase, la vida sigue.

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