¿Los deportes todavía necesitan a China?

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Peng Shuai compite en un partido clasificatorio durante el torneo de tenis conocido como el Abierto de Estados Unidos en Nueva York, el 23 de agosto de 2019. Directivos de la gira de la WTA, otros jugadores y grupos de derechos humanos alzaron la voz en nombre de Peng Shuai después de que China intentó censurar sus acusaciones de abuso sexual. (Demetrius Freeman/The New York Times).
Peng Shuai compite en un partido clasificatorio durante el torneo de tenis conocido como el Abierto de Estados Unidos en Nueva York, el 23 de agosto de 2019. Directivos de la gira de la WTA, otros jugadores y grupos de derechos humanos alzaron la voz en nombre de Peng Shuai después de que China intentó censurar sus acusaciones de abuso sexual. (Demetrius Freeman/The New York Times).

Las recompensas para las ligas y organizaciones deportivas internacionales son simples: contratos de transmisión lucrativos, abundantes oportunidades de patrocinio, millones de nuevos consumidores.

Los riesgos también son obvios: comprometer valores, pesadillas de relaciones públicas, una atmósfera general de opacidad.

Durante años, han analizado el mercado chino, medido estos factores y llegado al mismo resultado a través de matemáticas básicas: que los beneficios de hacer negocios ahí superan a las posibles desventajas. La NBA podría caer en una humillante crisis política a raíz de un solo tuit y los contratos millonarios podrían desvanecerse de la noche a la mañana, pero se pensaba que China era una mina de oro potencial. Y por esa razón, ligas, equipos, órganos rectores y atletas se retorcían por cualquier oportunidad de ingresar a ella.

No obstante, es posible que los eventos más recientes hayan cambiado ese pensamiento para siempre y hayan planteado una nueva pregunta: ¿todavía vale la pena hacer negocios en China?

La semana pasada, el mundo del deporte recibió un indicio del cambio de dinámica cuando la Asociación Femenina de Tenis (WTA, por su sigla en inglés) —una de muchas organizaciones que han trabajado de manera ardua durante la última década para establecerse en el mercado chino— amenazó con dejar de hacer negocios en el país asiático si el gobierno no confirmaba que Peng Shuai estaba a salvo. Peng, una destacada jugadora de tenis alguna vez alabada por los medios estatales como “nuestra princesa china”, desapareció de la vida pública hace poco después de acusar a un prominente exfuncionario gubernamental de abuso sexual.

La amenaza de la WTA fue sorprendente no solo por sus razones, sino por su carácter inusual.

No obstante, a medida que el presidente chino, Xi Jinping, gobierna de un modo cada vez más autoritario y conforme el récord de China en materia de derechos humanos convierte al país, y a aquellos que hacen negocios ahí, en un objetivo cada vez mayor para un coro de críticos y activistas, las ligas y organizaciones deportivas pronto podrían verse obligadas a revaluar sus suposiciones de larga data.

Ese tipo de confrontación directa ya está ocurriendo en todo el mundo: legisladores en la Unión Europea exhortaron hace poco a establecer vínculos más fuertes con Taiwán, una isla que China reclama como parte de su territorio, tan solo meses después de que funcionarios europeos bloquearon un histórico acuerdo comercial debido a preocupaciones relacionadas con los derechos humanos y calificaron a China como una “amenaza totalitaria”.

Para la mayoría de las organizaciones deportivas, la postura de la WTA sigue siendo un caso poco común. Las organizaciones deportivas con asociaciones multimillonarias en China —entre ellas la NBA, la Liga Premier de Inglaterra, la Fórmula 1 o el Comité Olímpico Internacional (COI)— han hecho a un lado las preocupaciones.

En ocasiones, algunos socios han aceptado las diversas exigencias de China. Algunos han emitido sinceras disculpas. El COI, tal vez el ejemplo más notorio, parece haberse esforzado sobremanera para evitar enfurecer a China, incluso a pesar de que Peng, una atleta olímpica, desapareció.

No obstante, la evolución de la opinión pública podría ser más difícil de ignorar para las organizaciones deportivas. Por ejemplo, un informe de este año del Centro de Investigaciones Pew descubrió que el 67 por ciento de los estadounidenses tenían sentimientos negativos hacia China, un aumento en comparación con el 46 por ciento en 2018. Cambios similares han ocurrido en otras democracias de Occidente.

Mark Dreyer, un analista deportivo de China Sports Insider, con sede en Pekín, dijo que el impás de la WTA con China representaba una escalada en la mentalidad de “ellos o nosotros” que parecía estarse formando entre China y sus rivales de Occidente.

Entonces, la amenaza de la WTA podría servir como una señal de confrontaciones futuras, en las que, según Dreyer, China podría perder.

“Francamente, China es un mercado grande, pero el resto del mundo aún es mayor y si las personas tienen que elegir, no van a escoger a China”, expresó.

Por ello, para algunos expertos, la extraordinaria decisión de la WTA de enfrentar de manera directa a China, a la larga, podría verse como un punto de inflexión, en lugar de una aberración.

“El cálculo es en parte político, en parte moral y en parte económico”, dijo Simon Chadwick, profesor de Negocios Deportivos Internacionales en la Escuela de Negocios Emlyon en Lyon, Francia. Afirmó que la disputa de la WTA con China reflejaba la creciente “línea roja” entre el país y muchas de sus contrapartes de Occidente, y que los bandos parecían más arraigados en ideologías sociopolíticas divergentes.

“Pienso que nos dirigimos con rapidez hacia el tipo de terreno en el que las organizaciones, los negocios y los patrocinadores se verán obligados a elegir un bando o el otro”, mencionó Chadwick.

El propio cambio de parecer de la WTA fue contrastante. Hace tan solo tres años, la organización anunciaba un trato que hizo en Shenzhen, China, para que fuera la nueva sede de la fase final de su gira durante una década a partir de 2019, y aceptó promesas de un nuevo estadio y la sorprendente cantidad de 14 millones de dólares en premios al año. En 2019, justo antes de la pandemia, la WTA celebró nueve torneos en China.

En cambio, la semana pasada, el director ejecutivo de la WTA, Steve Simon, dijo en una entrevista con The New York Times que, si China no accedía a abrir una investigación independiente sobre las afirmaciones de Peng, la gira estaría dispuesta a dejar de operar en el país.

Los enfrentamientos han proliferado solo en los últimos años.

Por ejemplo, la NBA fue vista como pionera cuando jugó sus primeros partidos en China en 2004, incluyendo un partido en el que participó Yao Ming, la estrella china de los Rockets de Houston. Los siguientes años trajeron prosperidad a la liga y una paz relativa. Fue alabada por su estrategia paciente y sensible, en términos culturales, para desarrollarse allá. En 2019, Daryl Morey, gerente general de los Rockets en ese entonces, tuiteó para apoyar las protestas a favor de la democracia que estaban ocurriendo en Hong Kong y, en un abrir y cerrar de ojos, una relación que se había cultivado durante varios años quedó hecha pedazos.

La mercancía de los Rockets (el equipo favorito de China en la liga deportiva favorita de China) fue retirada de las tiendas y los juegos del equipo ya no se transmitieron por televisión. Los fanáticos recurrieron a las redes sociales chinas para atacar a la liga. Después, cuando la NBA difundió lo que en gran medida fue considerada una disculpa, detonó una ola de críticas de casi igual intensidad en Estados Unidos.

Como otros observadores, Dreyer sugirió que la postura de la WTA representaba un posible cambio radical. Sin embargo, también destacó que quizá fue más sencillo para la WTA desafiar a China de lo que había sido para, digamos, la NBA, por dos razones.

Primero, debido a que la pandemia ya había obligado a la WTA a cancelar sus actividades en China en el futuro cercano, la gira en realidad no estaba rechazando grandes sumas de dinero en el plazo inmediato. (Por supuesto que, cortar relaciones con China de forma permanente, requeriría que la gira de la WTA repusiera decenas de millones de dólares en ganancias y premios monetarios). Segundo, debido a que China en esencia borró cualquier mención de Peng y la consecuente indignación internacional de sus medios informativos y redes sociales, la marca de la WTA tal vez no se vea muy afectada en ese aspecto. Muchas personas en China simplemente no saben nada de Peng ni de la respuesta de la WTA.

“Con la NBA, quemaron playeras de equipos”, comentó Dreyer. “No ocurre esa reacción contra el tenis”.

Hace un lustro, el gobierno chino, animado en el ámbito de los deportes tras albergar los Juegos Olímpicos de Verano de 2008 en Pekín, anunció planes para crear una industria deportiva nacional de 800.000 millones de dólares, la más grande del mundo. Eso captó la atención de las organizaciones deportivas de Occidente.

No obstante, lo que muchas organizaciones no anticiparon fueron las peculiaridades del panorama comercial chino, el grado al que la política está entretejida en todos los aspectos de la economía china y el creciente nacionalismo del gobierno de Xi.

“Sin duda alguna, creo que, a largo plazo, los principales eventos deportivos dudarán a partir de ahora en programar algo en China”, aseguró Thomas Baker III, catedrático de Administración Deportiva en la Universidad de Georgia que ha realizado una labor extensa en China. “La China que le abrió las puertas al mundo en 2008 no es la misma China con la que las personas están haciendo negocios en 2021”.

© 2021 The New York Times Company

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