El desánimo para transitar un año y medio sin rumbo

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Los 18 meses que restan hasta el fin del mandato presidencial se perfilan con pocos motivos para levantar el ánimo de los 47,3 millones de habitantes de la Argentina. Los datos provisorios del Censo –aún con todas sus falencias operativas– revelan un crecimiento de la población mayor que el previsto, con lo cual el PBI per cápita mostrará un descenso más pronunciado tras el estancamiento productivo de la última década y sin perspectivas de recuperación sostenible.

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Por su lado, la escalada inflacionaria distorsiona cada vez más los precios relativos y agudiza el malestar social, mientras los enfrentamientos públicos entre funcionarios que responden a Alberto Fernández y a Cristina Kirchner no sólo desploman la imagen de uno y otra, sino que muestran a un Gobierno desorientado, sin rumbo y con visiones diferentes para transitar el incierto trayecto hasta diciembre de 2023.

Frente a esta perspectiva, la Casa Rosada está recurriendo a un manual político tan vetusto como contraproducente: a falta de buenas noticias hay que tratar de producirlas, aunque resulten exageradas, engañosas, mentirosas y/o alejadas de la realidad. Así lanzó la campaña “contra el desánimo” con el logo de Argentina Presidencia, que últimamente puso en el aire varios spots radiales y televisivos cuyo contenido subestima a la opinión pública medianamente informada. No tanto por lo que dicen, sino por lo que no dicen.

Por ejemplo, uno de ellos exalta que la Argentina logró en 2021 el mayor crecimiento económico de los últimos 18 años (10,3%). Pero omite que fue el rebote del derrumbe similar de 2020 (-9,8%), producido por la pandemia y la cuarentena extendida a nivel local durante ocho meses. Otro informa que “ya está en marcha” el gasoducto Néstor Kirchner entre los yacimientos de Vaca Muerta y San Jerónimo (Santa Fe) con una inversión total de US$3250 millones, sin aclarar que se trata de la primera etapa (hasta la ciudad bonaerense de Salliqueló), ni que la compra de caños fue adjudicada hace apenas 50 días. Y como todavía no ocurrió lo mismo con la obra civil, el video muestra a trabajadores construyendo una ruta. De ahí que haya dudas sobre el cumplimiento de la intención oficial de tener listo el primer tramo para el invierno de 2023 a fin de sustituir importaciones de gas natural licuado (GNL).

Más apresurado aún estuvo Alberto Fernández cuando, en su reciente gira por Europa, presentó a la Argentina como “proveedor confiable de energía” a los países que dependen del gas ruso. Para eso no sólo haría falta completar la segunda etapa del gasoducto y aumentar la producción (para lo cual el ministro Guzmán prevé un decreto destinado a flexibilizar la disponibilidad de divisas a las petroleras que inviertan), sino además instalar una planta de licuefacción de gas a gran escala, que requeriría una inversión de US$ 8000 millones. Por ahora, no obstante, la principal preocupación oficial sigue siendo el alto costo de las importaciones de GNL y combustibles líquidos para pasar el invierno de 2022.

Estos spots oficiales, que también incluyen -sin identificarlos- a emprendedores marplatenses (de Innova Space) que desarrollaron y pusieron en órbita el satélite más pequeño de Sudamérica con apoyo privado y oficial, apelan como denominador común a “lo que los argentinos ‘somos’ capaces de hacer” y a la consigna “no nos van a desanimar”. Que, a esta altura, no se sabe si está dirigida hacia afuera o adentro del gobierno del FDT.

Todos siguen la línea épica y triunfalista iniciada con el video producido para el comienzo del ciclo lectivo 2022 con un eslogan a todas luces desmesurado: “Este año vamos a izar la bandera de la educación más alta que nunca”. Una afirmación que minimiza el modelo de educación pública con igualdad de oportunidades que ubicó a la Argentina en la vanguardia de Latinoamérica a lo largo de un siglo (desde 1869 hasta 1969). Y que se torna aún más absurda cuando este año el Gobierno ni siquiera pudo avanzar –ante el rechazo de los gremios docentes-, con la modesta iniciativa de agregar una hora extra de clases en las escuelas primarias estatales para recuperar una mínima parte del enorme terreno perdido durante la cuarentena.

Por si no fuera suficiente, tampoco en los últimos 15 años se cumplieron dos leyes relevantes sancionadas durante la gestión de Néstor Kirchner. Una, el ciclo lectivo de 180 días de clases en todo el país, que incluso obliga a compensar las jornadas perdidas por paros docentes. Otra, la jornada extendida o completa en las escuelas públicas de nivel primario, cuyo cumplimiento promedio a nivel nacional alcanzó en 2020 al 13,9% del total (con extremos de 75,8% en Tierra del Fuego; 52,8% en Córdoba y 48,3% en CABA y de menos de 4% en Corrientes, Neuquén y San Luis). El especialista Alieto Guadagni advierte que los alumnos argentinos son los que menos horas de clase tienen en la región, con 720 por año (sin descontar los paros docentes), frente a 1000 en Chile y 1100 en Costa Rica.

Propaganda infantil

Paralelamente, un informe del Centro de Estudios de la Educación Argentina (CEA) de la Universidad de Belgrano, que dirige Guadagni, revela que de los 848.303 alumnos que comenzaron primer año del colegio secundario en 2014, sólo 366.137 (43,2%) lograron graduarse seis años después, en 2019. De ese total, apenas 36% corresponde a escuelas de gestión estatal y 63% a gestión privada. Estos indicadores no incluyen calidad educativa (por caso, Formosa permite ahora que los estudiantes secundarios puedan pasar de año con hasta 19 materias previas), ni mucho menos prácticas laborales, que en este año se incorporaron en las escuelas de CABA.

Con este contexto, que Alberto Fernández gaste fondos públicos en propaganda casi infantil contra el desánimo, es una muestra de debilidad política e impotencia para mejorar el humor social. Lo mismo que el acto de apoyo organizado ayer por la Uocra que exhibió a plena luz del día la grieta dentro del oficialismo con la notoria ausencia del kirchnerismo. Que, como contracara, no busca mejorar la magra gestión del Gobierno, sino marcar diferencias con propuestas populistas (como el salario básico universal o el blanqueo de fondos no declarados “para pagar la deuda con el FMI”) y fogonear la puja distributiva con aumentos salariales a empleados públicos bonaerenses que más temprano que tarde realimentarán la inflación.

El Presidente tampoco se priva de hacer sus aportes al desánimo con sus típicos actos fallidos. También con anuncios insustanciales como la incorporación de imágenes de próceres en los billetes en reemplazo de los “animalitos”, pero sin elevar la denominación máxima de $1000 (equivalente a apenas 4,9 dólares blue), que implicará mayores gastos de impresión.

Por lo pronto, su frustrada “guerra contra la inflación” lanzada en marzo está mostrando el fracaso de la única arma utilizada: el fondo para subsidiar la harina de trigo y bajar el precio del pan, financiado con la suba de 2 puntos en las retenciones a la exportación de aceite y harina de soja, que supone una recaudación de US$420 millones anuales. Hasta ahora el fideicomiso manejado por la Secretaría de Comercio Interior -sin participación privada-, no desembolsó un solo peso por las facturas presentadas. De ahí que la Federación de la Industria Molinera advirtió que deja en libertad de acción a sus socios para adherir al esquema. El sector teme repetir la experiencia del gobierno de CFK, cuando la desaparecida Oncca dejó impagos los subsidios a los molinos, que judicializaron sus reclamos mientras ahora tienen dificultades para facturarles a las panaderías, reacias a comprar harina en blanco.

nestorscibona@gmail.com

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