La desaparición injusta de Sean Young tras el papel de su vida en 'Blade Runner'

Valeria Martínez
·16  min de lectura

Hasta hace poco, pero muy poco, ser tachada de “difícil” en Hollywood suponía la muerte profesional de cualquier actriz. Fue recién a raíz del movimiento #MeToo que supimos que una gran mayoría de esas intérpretes sufrió el destierro profesional por culpa de una etiqueta definida por hombres poderosos con el ego herido. Una etiqueta que les colgaban simplemente por toparse con mujeres que dijeron que “no”. No al acoso sexual, al abuso, la desigualdad o simplemente tener opinión propia. Le sucedió a Annabella Sciorra, Linda Fiorentino, Ashley Judd y Katherine Heigl, entre muchas otras. Y también a Sean Young, una actriz con un talento descomunal que perdió su lugar en la meca del cine por “hombres poderosos y vengativos”.

O, al menos, así lo señala ella misma en una entrevista reciente, nombrando a James Wood, Warren Beatty, Steven Spielberg, Harvey Weinstein y Ridley Scott, cansada de cargar con la letra escarlata desde hace casi cuarenta años.

Sean Young en 2018 (AP Photo, Charles Sykes, Gtres)
Sean Young en 2018 (AP Photo, Charles Sykes, Gtres)

Cuando Rachael aparece en escena por primera vez en Blade Runner (1982) es imposible no quedarse prendado. Y no solo por la estética superficial del personaje, tan imitado en el cine de ciencia ficción desde entonces, sino por esa vulnerabilidad que Sean Young transmitía con una naturalidad pasmosa. Y es que siempre estuve convencida de que, en la piel de otra actriz, la replicante más humana del clásico de Ridley Scott hubiera sido un personaje secundario más, pero en Sean Young cobró una vida legendaria (lo mismo opino de la Pris de Daryl Hannah). Es más, aunque el papel de Rachael estuviera diseñado como el interés romántico y secundario de Harrison Ford, para mí siempre fue una gran protagonista gracias al talento nato de Sean Young, que por entonces tan solo tenía 22 años y poca experiencia ante las cámaras.

Sin embargo, cuando Denis Villeneuve dirigió la secuela 35 años después (y con Ridley Scott como productor ejecutivo), muchos nos quedamos decepcionados al ver al personaje en forma de holograma. Rachael había muerto años atrás y el villano de Jared Leto la reanimaba para hacerla aparecer durante un minuto en un intento por manipular al Deckard de Harrison Ford, pero la terminaba ejecutando de un tiro en la cabeza. Rachael era brutalmente descartada, una especie de reflejo al despojo profesional en que se convirtió la actriz en Hollywood.

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Y por eso, porque su talento quedó plasmado en Blade Runner y en películas como Dune (1984), No hay salida (1987) o Wall Street (1987), es que su declive siempre resultó llamativo. Sin embargo, es ahora, con el movimiento #MeToo ya impregnado en la cultura popular, que su versión de los hechos cobra un sentido diferente.

En una entrevista reciente concedida a Daily Beast, la actriz confiesa que solía “poner a los hombres nerviosos” en los 80s “sin motivo aparente”, y recuerda la vez que David Letterman se mostró “intimidado” cuando en una entrevista en su programa apareció con vello bajo los brazos. Un momento que hoy en día se convertiría en meme viral fugaz para pasar al olvido cuando surge otra viralidad recurrente -básicamente como le pasó a Amaia cuando fue noticia por lucir la misma naturalidad por deseo propio-, pero en aquel entonces que una mujer hiciera aquello era carne pura de habladurías.

Básicamente, la historia de Sean Young es una de las más injustas del #MeToo. Si recurrimos a la hemeroteca de las redes, podemos encontrar una infinidad de artículos que incluían ese adjetivo de “difícil” a raíz de anécdotas que elevaban la versión masculina por sobre la de ella. Sean Young nunca tuvo el beneficio de la duda. Así era Hollywood hasta hace muy poco.

Básicamente, en las últimas décadas se han escrito muchos artículos sobre ella donde se repetía ese mensaje que Hollywood circulaba. Que era difícil, conflictiva, intensa. Quizás algunos no lo decían de forma directa, pero lo cuestionaban dejando la duda en el aire. Sin embargo, en estos momentos de reivindicación femenina en la industria es hora de poner su testimonio sobre la balanza y que cada uno saque sus conclusiones. Es cierto que su vida está repleta de historias cuanto menos curiosas, polémicas y escandalosas, y aunque ella dio explicaciones a cada una de ellas, la opinión mediática hollywoodense se volcó sobre todo en la versión masculina. Y a cambio, Sean Young vio cómo su teléfono dejaba de sonar, las ofertas cesaban y debía ganarse la vida con películas menores, teatro local y hasta algún programa de telerrealidad penoso.

El tema más recurrente que se suele recordar es su pleito legal con James Wood. Después de trabajar juntos en Impulso sensual (1988), y cuando se rumoreaba que habían vivido un romance en el set (que ambos negaron), el actor y su prometida de entonces, Sarah Owen, la demandaron por varios millones de dólares (algunos medios dicen 2 y ella dijo 6 en una ocasión en el programa de David Letterman) acusándola de acoso, diciendo que había dejado una muñeca vudú en la puerta de su casa. Es la historia principal de su vida mediática que se terminó convirtiendo en su letra escarlata profesional. Sin embargo, pocas veces se dijo que la demanda fue retirada y que James Wood tuvo que pagarle 227.000 dólares para cubrir sus costas legales. “No lo entendía” explicó Sean en la reciente entrevista. “Fue tan loco y estúpido, y una pérdida no solo de mi tiempo, tampoco fue bueno para él. ¿Por qué quitarle toda la atención a la película y dedicárselo a esto?” Y es que, efectivamente, la película ni siquiera recuperó un millón de los ocho invertidos en el presupuesto (Wikipedia).

En 2007 dijo a EW que todo se resumió a “dos personas conspirando para tenderme una trampa y hacerme quedar como loca, parcialmente por su propia enfermedad mental y por venganza”. El medio contactó a James Wood al respecto -ya divorciado y casado con otra mujer- quien dijo: “Amo y admiro a Sean y en realidad tiene mitad de razón”.

A su vez, Daily Beast le recuerda una entrevista que concedió a Carl Reiner en 2009 donde el actor decía que la reputación de Sean Young había sido destruida por un director famoso. Al preguntarle si se refería a Warren Beatty, la actriz aseguró: “Warren fue definitivamente uno de ellos. Steven Spielberg fue otro”.

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Añade estar convencida de que Beatty quizás pensaba que la estaba tratando bien pero que el problema radicaba en el corazón masculino de la industria. “No es solo Warren. Es todo el tablero. Desde que el negocio del cine comenzó las mujeres han sido tratadas como una mercancía. Siempre había alguien tocándote y lo ignorabas. Es decir ¿le echaron un vistazo a Harvey Weinstein? ¿Cómo mierda iba a acostarse con alguien sin tener poder? Nunca”.

En 2017, Sean confesó al mundo que ella también sufrió el acoso del productor cuando le mostró sus genitales cuando trabajaba en Crímenes de amor en 1992 (una película producida por la entonces empresa de Weinstein, Miramax). “De verdad que no sacaría esa cosa porque no es linda. Guárdatela” dice la actriz que respondió a Weinstein. Según ella, fue entonces cuando empezó a ganarse una mala reputación. Por haberle dicho que no. “Piensen quién es por dentro alguien realmente tan asqueroso. Creo que su plan era ser tan poderoso como pudiera para así tener sexo … No es más profundo que eso”.

En cuanto a Ridley Scott, asegura que el director quería salir con ella durante el rodaje de Blade Runner, pero que ella nunca le devolvió el interés. Y, según cuenta, está convencida de que aquella escena sexual “agresiva e incómoda” con Harrison Ford fue porque el director buscaba vengarse en cierto modo de ella. Y es por este motivo que cree que no la incluyeron en la secuela de forma presente. “Estaba muy claro que sabían que el público se enfadaría de que yo no estuviera, pero no querían que contara nada públicamente. Así que me pagaron un poco de dinero, me hicieron firmar un acuerdo de no divulgación y me dieron 30 segundos” cuenta la actriz sobre el cameo en forma de holograma de Rachael. “Sí le dieron trabajo a mi hijo Quinn en artes visuales y les dije que estaba todo perdonado”.

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Sean también recordó el episodio que vivió con Charlie Sheen en el set de Wall Street en 1987, cuando el actor le pegó un cartel en la espalda con la palabra “cunt” (un insulto agresivo en inglés hacia la mujer). Cuenta que el polémico intérprete consumía cocaína en el rodaje, que era “horrible”, y que terminó llamando a Oliver Stone “bastardo” tras descubrir que habían reducido su personaje en la historia. En la película, Sean interpretaba a la esposa de Gordon Gekko (Michael Douglas) y aquel choque habría determinado su eliminación casi completa del metraje. Ella misma cree que fue una decisión motivada por haberse enfrentado al director cuando defendió a Daryl Hannah, a quien estaban obligando a llevar un vestido que la hacía sentir incómoda. “Miré a Oliver y le dije ‘Oliver ¿porque querrías que lleve un vestido en el que no se siente cómoda?’” y a continuación, según la actriz, el director le dio la única línea de diálogo que tenía en la escena a Daryl.

Sin embargo, y por aquel entonces, la anécdota fue tratada como una historia más que completaba la retórica de ser una actriz caída en desgracia. Algo similar a lo que vivieron personajes como Britney Spears o Mia Farrow y que descubrimos en sus recientes documentales (Framing Britney Spears y Allen v. Farrow).

Cuenta también que ofendió a Steven Spielberg el día que le preguntó al director por qué no le había dado el papel de Marion Ravenwood en En busca del arca perdida. Estaban en una fiesta de fin de año y al parecer, el director reaccionó a la defensiva asegurando que “no la había engañado”, aunque ella no entendía que la hiciera volar a California dos veces y no le diera el papel.

El único que sale bien parado de su reciente confesión es Jim Carrey con quien trabajó en Ace Ventura, un detective diferente(1994), su último blockbuster. Dice que “fue el único protagonista masculino” que peleó contra la productora para conseguir que la contrataran.

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Sin embargo, su destierro de Hollywood está repleto de más anécdotas. A finales de los 80, Warren Beatty la escogió para el papel de Tess Trueheart en la poco acertada Dick Tracy (1990). Pero tras siete días de rodaje la reemplazaron por Glenne Headly, supuestamente porque Beatty y ella no se llevaban bien (EW, 2007). O al menos esa fue la versión oficial. En cambio, ella dijo que la despidieron por negarse a los avances sexuales de Beatty, y él lo negó asegurando que simplemente se había equivocado al elegirla. (iMDB)

Y, para añadir más leña al fuego, Barbra Streisand la habría criticado por difamar supuestamente a su amigo. En el programa radial Dudley and Bob with Matt Show contó en 2017 que cuando asistía a la audición de El amor tiene dos caras, le dijo: “Creo que es asqueroso que hablaras con la prensa. Por lo que había dicho y de que había sido acosada”.

Según Sean Young, la actriz y directora la criticó por decir que había sido sexualmente acosada por su amigo. “Yo estuve con Warren Beatty y se me cayó la boca” asegura la actriz que Streisand le dijo (vía Daily Mail, 2017).

Otro de los momentos más bizarros que protagonizó en los 90s fue cuando apareció vestida de Catwoman en los estudios Warner Bros. demandando que Tim Burton le diera unos minutos. Sean Young fue la actriz elegida para interpretar a Vicki Vale en la primera película de Batman del director, sin embargo, se rompió el hombro al caer de un caballo durante una secuencia y fue reemplaza por Kim Bassinger. Al conocer que el director preparaba la secuela y que incluiría al personaje de Catwoman, se armó de valor, se hizo un disfraz casero y fue en su búsqueda. No lo consiguió. El estudio le pidió que se marchara y a continuación se presentó en el programa de Joan Rivers, otra vez como Catwoman, para hacer una especie de audición en la distancia.

Hace unos años, Young publicó un vídeo grabado por entonces que resumía aquella pantomima mediática y, sin dudas, es cuanto menos curioso. Sin embargo, así como sucedió con el resto de las anécdotas, el stunt fue visto como un acto desesperado y ridículo, convirtiéndose en el hazmerreír de los tabloides y en otra letra escarlata más con la que todavía carga.

La guinda final llegó cuando en los premios del Sindicato de Directores de 2008 interrumpió el discurso de Julian Schnabel al pegar un grito estando borracha. La seguridad del evento la terminó echando y en 2012 fue arrestada cuando propinó un golpe a un guardaespaldas cuando la pillaron en una fiesta de Vanity Fair sin entrada. Otra historia más que la tachaba de ridícula en una industria que vive de la perfección ilusoria del glamur. Sin embargo, ella misma contó tiempo después que si llegó a caer tan bajo fue porque había llegado a su límite.

Y si bien no es agrado de nadie que un borracho te arruine un momento de gloria como le pasó a Schnabel, podemos ejercitar la empatía y comprender la actitud de la actriz. Simplemente si tenemos en cuenta su versión de cada historia vivida, o imaginamos que al menos la mitad sea la pura verdad, pues estaríamos ante un tratamiento misógino extremo y cualquiera habría estado rabioso en su lugar. En la entrevista reciente a Daily Beast cuenta que la industria la percibía como una persona “ofensiva”, pero aclara que su actitud se debía a que “estaba enfadada”.

“Sentía que ‘esto era serio. Esta era mi carrera. No podían ponerme en la lista negra’. Fue terrible”, confiesa.

Viendo entrevistas suyas del pasado descubrí a una actriz opinionista, que decía lo que pensaba sin callarse nada. Espontánea, natural y con una risa contagiosa que, estando en la cima o no, no disfrazaba su personalidad ante las cámaras. Ella misma confesó a David Letterman que era una persona que vivía con las emociones a flor de piel y que hablaba más de la cuenta. Me recordó mucho a Jennifer Lawrence, un personaje que más allá de sus películas y talento, conectó con el público por sus meteduras de pata y una honestidad sin filtros. La diferencia es que a Sean Young le tocó vivirlo en una industria liderada por hombres poderosos que podían dinamitar una carrera prometedora, como fue Harvey Weinstein.

Fue de las pocas que se quejó públicamente en los 90s de que los hombres cobraran salarios de “seis o siete millones” y actrices como ella recibieran “menos de un millón” (YouYube, David Letterman). Y a pesar de haber sido una actriz solicitada que disputó algunos de los papeles femeninos más importantes de los 90s, a Sean le tocó sufrir las consecuencias de la misoginia de Hollywood. Le tocó alejarse y optó por instalarse en Arizona con su marido y sus hijos. Tocó fondo cayendo en el alcoholismo y buscando ayuda en Alcohólicos Anónimos. En 2007, el director Joel Schumacher dijo a EW que cuando la contrató para Un toque de infidelidad (1989) recibió “un montón de llamadas de gente diciendo que estaba loca”, sin embargo, él disfrutó trabajando con ella. “Sean es una artista y no sabe cómo monitorearse a sí misma. Te presenta su mapa emocional del día y puede ser aterrador” reveló sobre la entrega emocional de la actriz a sus papeles en cada día de rodaje. Por su parte, James Dearden, quien la dirigió en Bésame antes de morir de 1991, también la defendió, diciendo: “Los aspectos más extravagantes de su comportamiento destacan en un marcado alivio frente a estos oscuros rumores, y la gente se forma una impresión bastante extraña. Tiene muy buen corazón y, desafortunadamente, eso es lo que la gente que no la conoce no ve".

“Por supuesto que si hubiera sido hombre me habrían tratado mejor” dijo Sean Young en una entrevista a The Guardian en 2015, dos años antes que el movimiento MeToo dejara en evidencia la cultura del secretismo y protección machista que la manejó durante décadas. “¿Por qué los tipos que manejan Hollywood son incapaces de honrar a las mujeres?” se preguntaba. “Quizás porque todos esos tipos no fueron la primera elección de las mujeres en su juventud. Pero pueden llegar a la cima en Tinseltown y perpetuar la ilusión desesperada de que son poderosos”.

Es ahora, con la perspectiva que otorgan los trapos sucios destapados de Hollywood y el giro radical en la percepción social de dar credibilidad a las supuestas víctimas, que la historia de Sean Young por fin puede cobrar la retórica amable que no tuvo durante décadas. No sabemos si tiene la verdad absoluta en todas las anécdotas que marcaron su vida profesional, pero que fue desterrada por hablar, contar y plantarse contra aquello que creía injusto no queda ninguna duda. Prueba de ello es que fue contratada por directores renombrados y fue candidata de clásicos del pasado. Su relevancia era real. Y su talento también. Que Joel Schumacher haya contado que tras contratarla recibió llamadas advirtiéndole de su locura me recuerda a lo que vivió Peter Jackson con Ashley Judd y Mira Sorvino. El director reveló en 2017 que las descartó para El señor de los anillos cuando la gente de Miramax (la empresa de Harvey Weinstein) le dijo que ambas eran una “pesadilla”. Añadió que por entonces no tenía motivos para no creerles, pero, sin saberlo, habría contribuido al mensaje que mantuvo a ambas actrices en un destierro injusto, y solo por haber supuestamente rechazado los avances sexuales del productor. (vía Stuff)

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Después de todo, si comparamos las locuras de Sean Young disfrazada de Catwoman o sus intentos desesperados por formar parte de Hollywood, con los arrestos de Robert Downey Jr. y sus problemas con el alcohol -llegó a entrar en la casa de un vecino para quedarse dormido, borracho, en la habitación del niño-, ¿por qué tuvieron un trato diferente con ella? Sean se tuvo que marchar y mudarse a otro estado donde rehacer su vida mientras se ganaba la vida en el teatro local y películas menores. En cambio, él tuvo la oportunidad de redención y se convirtió en uno de los actores mejor pagados de la historia.

En su última aparición en David Letterman en 2011 -al que visitó varias veces a lo largo de su carrera (merece la pena ver las entrevistas, su buen humor y espontaneidad son francamente inigualables)- hizo una petición a Hollywood. Pidió que la llamaran, que quería trabajar, que haría el papel que fuera. Una escena que resulta injusta y triste cuando eres un cinéfilo que recuerda sus trabajos con especial cariño.

La misoginia de un Hollywood machista castigó a Sean Young con el destierro mediático cuando su talento prometía cosas maravillosas. Las de oportunidades que perdió para dejar huella… y los espectadores con ella.

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