Gary Oldman y David Fincher comparten una exesposa y ahora una película: “Mank”

JAKE COYLE
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Gary Oldman y David Fincher se conocieron en Londres en 1990, cuando Fincher quería darle un papel en “Alien 3”.

“Y él tuvo el criterio de decir que no”, recuerda Fincher.

En los 30 años que pasaron desde entonces, nunca han estado demasiado lejos el uno del otro. Se consideran amigos. Comparten una misma exesposa, la madre de sus hijos. Pero Fincher le dio un papel al mánager de Oldman, Douglas Urbanski (como Larry Summers en “The Social Network”, o “La red social”), antes de llamarlo a ofrecerle otro a él.

“Hay algunos directores a los que les brillan los ojos cuando dicen: ‘Tenemos que hacer algo juntos’. Básicamente, no vuelves a oír de ellos”, dice Oldman, riendo. “David es el tipo de director que, si eres apropiado para algo, te dará el papel. Si no, entonces no”.

Aunque algunos han criticado que Oldman es, a sus 62 años, demasiado viejo para interpretar a Herman Mankiewicz —quien escribió “Citizen Kane” (“El ciudadano Kane”) más de una década antes morir de alcoholismo a los 55 años— Oldman está tan hecho para el papel que lo lleva como el viejo traje bañado en alcohol en el que Mank da vueltas.

El “Mank” de Fincher es una máquina del tiempo a Hollywood tan densa y deslumbrante, que toda la conversación que abarca —sobre la autoría de “Citizen Kane”, sobre los directores de “auteur”, sobre su transfondo político de los años 30— que a veces olvida el increíble acto de malabarismo en su centro. Es una actuación que siempre está al borde, tambaleándose entre la embriaguez y la lucidez, entre la chispa de los 40 y el naturalismo de hoy.

“Mank, está en los ojos. Es como una cabeza diferente”, dice Oldman vía telefónica desde Londres. “Es un motor distinto el que está andando. Es lo que yo llamo la condición de funcionamiento de un personaje. Es encontrar la frecuencia del hombre”.

“Mank”, que se estrenó el viernes en Netflix, trata sobre una figura poco celebrada de la historia de Hollywood: un periodista mordaz que pasó a trabajar en los estudios de cine, a menudo sin recibir crédito (el paso del blanco y negro al Technicolor en “El mago de Oz” fue idea suya). Pero pese a su inclinación hacia el autosabotaje y el licor, Mankiewicz —basado en su propia historia con William Randolph Hearst (Charles Dance en el filme) como una especie de bufón de la corte para los más poderosos de Hollywood— entregó un borrador para lo que muchos consideran que es la mejor película de todos los tiempos.

“Nunca fue nuestra intención rectificar un error. Es sólo un estudio de personaje de un hombre muy ingenioso”, dice Fincher, cuyo padre, Jack Fincher, escribió el guión. “No tengo nada en contra de Orson Welles. Orson Welles era un genio y si el mundo no sabe eso, no sé qué decir”.

Al elaborar el retrato de Mankiewicz, Fincher quería que Oldman apareciera como él mismo: sin pelucas, sin un disfraz especial. A Oldman —quien recientemente se había enterrado bajo prótesis y maquillaje para representar a Winston Churchill en “Darkest Hour” (“Las horas más oscuras”), un papel que le mereció el Oscar— eso lo puso nervioso.

“Soy partidario de los disfraces. Me gusta esconderme. Y David no quería ningún velo entre yo y la audiencia”, dice Oldman. “Dijo: ‘Te quiero tan desnudo como hayas estado’. No es que yo me resistiera a eso; sólo me inquietó un poquito al principio”.

Es un personaje del que Oldman no dista demasiado, en algunos aspectos. El actor está sumamente familiarizado con el alcoholismo. Su película autobiográfica y brutalmente honesta “Nil By Mouth” (“Los golpes de la vida”), que muestra cómo creció en el seno de una familia de clase trabajadora en Londres, incluye escenas en el bar que su padre bebedor solía frecuentar. El mismo Oldman fue una vez alcohólico y, al igual que Mank, propenso a las apuestas audaces. En aquella época en la que tomaba, Oldman eligió entre dos ofertas simultáneas —“Waterworld” (“Mundo acuático”) y “The Scarlet Letter” (“La letra escarlata”)— lanzando una moneda. (Ganó el reverendo Dimmesdale).

Para Oldman, interpretar a Mank significaba hacer uso de la “memoria muscular”.

“Ha pasado mucho tiempo desde entonces. He estado sobrio durante casi 24 años, pero uno lo recuerda. Y ciertamente traje eso a la fiesta”, dice Oldman. “Mank dijo algo que me pegó en el corazón: ‘Mi capacidad de crítica ha prosperado a expensas de mi talento’. Está el anhelo de escribir la gran obra, de escribir la gran novela, y está el temor que esto supone —el miedo a intentar y fracasar. He conocido a bastantes borrachos que son así. Es como si tuvieran a un crítico sobre sus hombros”.

Fue en Alcohólicos Anónimos, en 1996, que Oldman conoció a su tercera esposa, Donya Fiorentino, un año después de que ella y Fincher se divorciaran. Luego de cinco años de casados, Oldman y Fiorentino también se divorciaron. Oldman recibió la custodia plena de sus dos hijos, ahora veinteañeros. (Fincher también obtuvo con el tiempo la custodia de su hija con Fiorentino). En un documento presentado en la corte en 2001, Fiorentino alegó que Oldman la golpeó con un teléfono, una acusación que el actor rechaza. Su dolor compartido del pasado, dicen actor y director, se mantuvo tácito durante su colaboración.

En vez, su trabajo fue de una meticulosidad mutua. Fincher, ampliamente conocido por su exactitud obsesiva, encontró en Oldman a un actor altamente detallado de profunda investigación, capaz de manipular sutilmente su interpretación. Ningún director es capaz de tener toda una película en su cabeza, dice Fincher, pero Oldman puede mantener mentalmente todo el arco narrativo de su personaje.

“Él es ese tipo de persona. Tienes la conversación una vez, y literalmente ves cómo sus ojos azules hacen clic. La información queda guardada, y sea lo que sea eso mágicamente se vuelve parte del tejido de todo lo que hace en adelante. Es ósmosis”, dice Fincher. “Es como una aspiradora de conducta. Le das data y entonces esa data es procesada y sale como comportamiento”.

Para igualar la atmósfera de la época del cine en blanco y negro, Fincher quería un estilo de actuación con el mismo espíritu de los años 30 y 40. “Creíble pero ligeramente agudizada —un arco imperceptible”, dice Oldman. Apenas existen grabaciones de Mankiewicz hablando, así que Oldman, asumiendo que la manzana no cae muy lejos del árbol, se apoyó en aquellas del hermano de Mankiewicz, el director de “All About Eve” (“La malvada”) Joseph Mankiewicz.

Dance ha sugerido previamente que Oldman se puso un poco impaciente con la proclividad de Fincher de hacer muchas tomas. (Dos escenas, cada una de ellas fiestas con extensas conversaciones, tomaron toda una semana de rodaje). Pero Oldman dice que disfruta el proceso, aun si a veces parece que no acaba.

“Puedes imaginarte en el plató haciendo una escena 30 veces y entonces diciéndole a alguien, ‘Dios, hemos hecho esta escena 100 (grosería) de veces’. Y entonces David con su sonrisa angelical dice, ‘Sí, y la vamos a hacer 101’”, dice Oldman. “A veces sientes que el director no se ha retirado de una escena que no ha logrado. A veces sientes que estás haciendo un día, en lugar de una película. Eso jamás lo sentirías en un plató de Fincher”.

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