'Dune' no tiene la culpa que la gente no entienda el cine de ciencia ficción

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Por Alberto Cano.- Adaptar una novela como Dune a la gran pantalla no es tarea fácil. Escrita por Frank Herbert en 1965, esta historia de ciencia-ficción nos trasladaba a los confines del espacio para conocer una distopía futurista donde la lucha por los recursos del universo y por tanto el poder desencadena todo un entramado político no exento de tragedia, épica y aventura. Directores de reconocido prestigio como Alejandro Jodorowsky o David Lynch ya trataron de llevarla al cine, y mientras que el primero ni siquiera fue capaz de sacar adelante el proyecto ante su complejidad , el responsable de Twin Peaks o Mulholland Drive vio cómo su película sucumbía ante la las presiones del estudio de recortar metraje y la imposibilidad de plasmar toda la inmensidad de cuestiones políticas, distópicas y reflexivas que traía consigo la novela de más de 1000 páginas. Y es que se podría decir que Dune es una novela prácticamente inabarcable para una adaptación cinematográfica.

Pero su imponente complejidad y los fracasos previos no parecen haber sido impedimento para que el director Denis Villeneuve, el responsable de Blade Runner 2049, Prisioneros o Sicario, se haya propuesto traernos este 2021 una nueva Dune que abarque todos y cada uno de los detalles de su inmensa historia. Por imposible que pareciera el reto, el director logró conquistar a la crítica y obtuvo una muy cálida acogida en festivales como el de Venecia, donde se aclamaron las virtudes cinematográficas de una obra que era calificada como tan inmensa como la novela. Eso sí, ciñéndose solo a la primera mitad del libro y dejando la segunda para una futura secuela aún sin rodar.

Pero este entusiasmo ha quedado algo sepultado tras su estreno comercial en salas el pasado viernes 17 de septiembre, porque, aunque gran parte del público ha quedado también rendido a las bondades de Dune, han sido muchos los comentarios que han salido a tildar esta adaptación como aburrida, grandilocuente e inaccesible. Aunque es muy probable que todos ellos no solo ignoren la complejidad y densidad de la novela, sino también las implicaciones que trae consigo el género de ciencia-ficción.

Timothée Chalamet y Rebecca Ferguson en Dune (Foto: Chia Bella James / Warner Bros)
Timothée Chalamet y Rebecca Ferguson en Dune (Foto: Chia Bella James / Warner Bros)

Buceando en redes sociales se encuentran comentarios que califican Dune como “Explicativa, grandilocuente, sin alma y, lo peor que se puede decir de este tipo de pelis, aburrida” o que hablan de “un tostón hueco y cursi” de la mano de “un director hinchado y daltónico”, una percepción posiblemente motivada por una campaña de promoción por parte de Warner que resalta las virtudes blockbusteres y comerciales muy por encima de las implicaciones de la historia, que es lo que finalmente impera en la película.

Echando un vistazo a los trailers y avances de Dune es fácilmente distinguible estar ante un blockbuster cargado de épica, acción y un inmenso reparto de estrellas donde se incluyen nombres como Timothée Chalamet, Rebecca Ferguson, Oscar Isaac, Josh Brolin, Jason Momoa, Stellan Skarsgård, Zendaya, Javier Bardem, Charlotte Rampling o Dave Bautista. Y aunque sea lo lógico de cara a vender el producto al público, la realidad es que la épica y la acción tarda en llegar en beneficio de la presentación de su universo, personajes, entramado político y, sobre todo, sus implicaciones.

Así, Dune se nos presenta con un primer acto denso, lento y cargado de información donde la historia se va cociendo a fuego lento a medida que conocemos el planeta Arrakis, a la casa Atraides, al Imperio Galáctico del emperador Leto II y la guerra política desatada en base a la lucha por hacerse con el control de la explotación de la Especia, un recurso generado por los gusanos de arena que es esencial para el comercio y los viajes espaciales. Se trata de un Juego de Tronos espacial con un aire de tragedia shakesperiana, una historia que antes que buscar la espectacularidad en sus inmensos y desérticos escenarios, en sus gigantescas criaturas o en sus épicas batallas, prefiere centrarse en una perspectiva ética y reflexiva sobre el desarrollo capitalista salvaje, el saqueo de los recursos naturales, la distribución del poder y la riqueza y los comportamientos sociales que generan. Es decir, una historia centrada en hacer reflexionar sobre posibles consecuencias en las sociedades futuras a través de la ficción, y aunque haya espectadores que tilden a este foco de atención de aburrido y excesivo, lo cierto es que siempre ha sido la base que ha caracterizado al cine de ciencia-ficción. Y el Dune de Denis Villeneuve no tiene la culpa de ello.

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Y así ha sido desde películas tan antiguas como Metrópolis de Fritz Lang en 1927, que más allá de sus espectaculares maquetas, escenarios y secuencias nos hablaba de una sociedad futura en decadencia marcada por el capitalismo extremo y la religión. Y lo mismo con infinidad de títulos míticos como 2001: Una odisea en el espacio, Blade Runner, El planeta de los simios, Solaris, Matrix o incluso comedias paródicas como Mars Attacks donde la invasión extraterrestre era una mera excusa para realizar una crítica brutal a la sociedad de Estados Unidos. De ahí que el género funcione tan bien incluso en películas modestas, de poco presupuesto y sin grandes secuencias de acción como títulos más recientes como Ex Machina, Upgrade o Moon. Y ya hemos visto ejemplos de remakes que apostaron por eliminar la parte más sesuda de su material para centrarse el espectáculo y fracasaron estrepitosamente, como fue el caso de la adaptación en acción real de Ghost in the Shell con Scarlett Johansson que eliminó toda la filosofía y reflexiones que se escondían tras el anime japonés original.

Y así podría seguir con un montón de ejemplos, pero a lo que voy, es que Dune no es una película cuya virtud esté en la acción incesante -como cualquiera podría imaginar viendo el tráiler-, sino que el problema es que parte del público se acerca a este tipo de propuestas de ciencia-ficción buscando espectacularidad y acción cuando este no ha sido nunca el enfoque principal del género. Aunque en el caso de Dune, pese a ser lenta en sus primeros compases, tampoco creo que sea explicativa y complicada de seguir en exceso. Ofrece lo justo y necesario para presentar su universo y dar rienda suelta a su entramado y temáticas, solo hay que tener un poco de paciencia y dejarse conquistar por un relato que tiene muchas virtudes para cautivar y hacer reflexionar.

Y respecto a la espectacularidad, hablamos de una de las películas más cinematográficamente cuidadas y fastuosas de los últimos años, por lo que veo absurdo criticar este apartado. Lo que sí veo entendible es que se juzgue la división de la historia en dos películas con un corte precipitado al final sin ningún tipo de clímax, el dejar de lado la faceta emocional de sus personajes, o incluso otros aspectos técnicos como la por momentos ensordecedora banda sonora de Hans Zimmer. Pero en cuanto a su lentitud, densidad y desarrollo de la historia, no creo que haya nada que objetar.

A pesar de estas críticas por parte del público, Dune consiguió hacerse con el liderazgo de la taquilla en España con una recaudación estimada de 2 millones de euros, lo que la convierte en el segundo mejor estreno del año en nuestro país solo por detrás de Fast & Furious 9 en año pandémico. Además, en todos los mercados europeos donde se dejó ver este fin de semana ha logrado un total estimado de 37,9 millones, datos excelentes para la época postpandemia. Pero habrá que ver hasta qué punto la película consigue mantenerse en próximas semanas, porque este ruido en torno a lo compleja y aburrida que está siendo Dune para algunos espectadores podría generar una caída considerable en su recaudación y llevar a su consecuente fracaso. Y por otro lado, hablamos de una producción que en mercados potenciales como Estados Unidos va a disponer de estreno simultáneo en cines y en HBO, lo que inevitablemente hará caer sus posibilidades en taquilla y potenciará la piratería como bien ha ocurrido con títulos como Viuda Negra o El escuadrón suicida. Por no hablar de que, en estos tiempos donde el espectador medio vive inmerso en el consumo imparable de contenidos en el ámbito del streaming, el pararse a ver en plataformas una cinta cocida a fuego lento como Dune parece un plan condenado al abandono en sus primeros compases de sus 155 minutos de metraje.

Y sería una pena, porque como digo, hablamos de una película que solo adapta la primera mitad de la historia. Y quedarnos sin la secuela será un jarro de agua fría para todos los que hemos disfrutado de esta inmensa y ambiciosa producción que se adentra de manera sobresaliente en un universo tan aparentemente inabarcable como el de Dune. Una película que pide a gritos verla en la pantalla de cine más grande posible, disfrutar de toda su espectacularidad y, sobre todo, dejarse conquistar por su magnífica propuesta de ciencia-ficción, por muy compleja que pueda parecer en primera instancia.

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