El calvario personal de Vivien Leigh: la enfermedad secreta que arrastró toda su vida

Vivien Leigh, una de las mujeres más aclamadas de la época dorada de Hollywood, nació un 5 de noviembre de 1913. Hace exactamente 105 años. Una estrella que a pesar de contar con un extenso legado teatral, siempre será recordada como la eterna Scarlett O’Hara de Lo que el viento se llevó.

Pero lo que muchos espectadores probablemente desconocen es que Vivien fue tan tenaz y caprichosa como el personaje más emblemático de su carrera, aunque en su caso no se debía a una característica ficticia para recrear la imagen de mujer fuerte y decidida; sino que era fruto del infierno personal que vivió toda su vida: Vivien sufría trastorno bipolar.

Vivien Leigh en Lo que el viento se llevó (Imagen de dominio público)

Por aquel entonces no se hablaba tan abiertamente de las enfermedades mentales como ahora, y mucho menos de un trastorno tan complicado que afecta al 2,6% de la población de EEUU mayor de 18 años, y a más de 1 millón de personas en España. Hoy existen medicamentos que ayudan a afrontar los periodos de manía, depresión o exaltación (entre otras sensaciones), pero lo triste de la historia de Vivien es que durante sus 53 años de vida, la enfermedad se conocía como psicosis maniacodepresiva y su única alternativa era someterse a terapia electroconvulsiva. Por entonces, esta terapia no se aplicaba con el mismo cuidado de ahora y hay quienes aseguran que era habitual verle quemaduras en las sienes.

Para comprender mejor su historia debemos remontarnos al significado de este trastorno. Si bien se presenta en diferentes tipos -del más a menos severo incluyendo la ciclotimia- es un trastorno orgánico debido a un deficiente funcionamiento de las estructuras cerebrales encargadas de regular el estado de ánimo“, según describe la Asociación Bipolar de Madrid. Y puede presentrarse con manía o hipertimia, que incluye exceso de actividad, disminución de la necesidad de dormir, sensación de euforia, alucinaciones, entre otras; o depresión, donde predomina la falta de ilusión, abatimiento, tristeza y desesperanza, disminución de la autoestima e incluso deseos de morir. En resumen, se diferencia mucho de los trastornos de ansiedad al ser un problema orgánico, y quien la padece no puede controlarla fácilmente sin fármacos, comprensión, apoyo o psicoterapia.

Vivien siempre supo que quería triunfar como actriz, y a pesar de su enfermedad hizo todo lo posible por conseguirlo. Su determinación fue tal que abandonó a su hija, fruto de su primer matrimonio con Herbert Leigh Holman cuando tenía 21 años, al cuidado de su exsuegra, una tía y más tarde un convento. La niña, llamada Suzanne Farrington, vivía en Canadá y su padre tenía la custodia legal. Durante su infancia, se cree que se vieron muy pocas veces. Así continuó su ascenso a la cima de Hollywood y de la mano de su segundo marido -y amante durante años- el gran Laurence Olivier, coronándose como una de las power couple de la época.

Hay quienes creen que Vivien desarrolló la enfermedad tras sufrir un aborto en 1940; sin embargo llevaba años demostrando comportamientos erráticos de vez en cuando. Pero es cierto que, a medida que su éxito crecía, también lo hacía su enfermedad. Con el paso de los años, se ganó fama “de difícil” debido a sus cambios de humor extremos y sus arrebatos espontáneos, hasta el punto de que toda la industria lo sabía. El biógrafo de la actriz, John Russell Taylor, afirma que “sus momentos de manías eran más físicamente violentos” en los años 60, poco antes de su muerte en 1967. “Era capaz de destruir cada objeto a su alcance y lastimar severamente a quien intentaba contenerla”.

Vivien Leigh y Sir Laurence Olivier por That Hamilton Woman (Imagen de dominio público)

Vivien tenía una dedicación admirable por su profesión a pesar de su enfermedad. Consiguió el papel de Scarlett O’Hara plantándose delante del director George Cukor para convencerlo de que era la adecuada a pesar de su acento inglés. Y poco después, él mismo alabó su “increíble salvajismo”.

Años más tarde, el director de Un tranvía llamado deseo, Elia Kazan, también se quedó sorprendido con su tremenda dedicación. “Habría caminado sobre cristales rotos si hubiera creído que ayudaría a su actuación” dijo. Pero, según Viven, ese personaje que le valió su segundo Oscar como Mejor Actriz fue clave en su recaída final. “Me llevó a la locura” dijo en una ocasión.

Desafortunadamente, Vivien recurrió a la bebida para afrontar sus días más difíciles pero terminó sufriendo una crisis durante el rodaje de Elephant Walk (La senda de los elefantes) en 1954, y el estudio la reemplazó de inmediato con la “otra” estrella de la época, Elizabeth Taylor. Tras aquel desastre, se alejó de la gran pantalla y se centró en el teatro, aunque existen muchas historias sobre sus peleas y ataques violentos contra Olivier y otros compañeros en la mayoría de sus últimas obras.

Vivien Leigh y Lee Marvin en Ship of Fools (1965)

Pasó el resto de sus años de vida sobre los escenarios, la mitad de ellos junto a Laurence Olivier hasta su divorcio en 1960, y solo hizo cuatro largometrajes más. Su última actuación en la gran pantalla fue en 1965 con Ship of Fools (El barco de los locos), en donde ya no podía controlar su enfermedad. Una de las anécdotas afirma que golpeó tan fuerte a Lee Marvin con un zapato que le dejó una marca. Aun así, Leigh sacó adelante su papel dejando maravillado a su director, Stanley Kramer, que más tarde dijo en el libro Vivien Leigh de Hugo Vickers: “Estaba enferma, pero su coraje para seguir adelante y terminar la película fue casi increíble”. Sin embargo, y a pesar de su presencia magnética, resulta doloroso verla en esa película. Su actuación es cruda, errática y evidencia el calvario interno que sufría.

En sus últimos años de vida se reconcilió con su hija y mantenía una relación con el actor Jack Merivale, que la cuidó hasta su muerte el 8 de julio de 1967. Vivien Leigh murió a consecuencia de la tuberculosis crónica que contrajo en los años 40, cobrándose su vida a los 53 años.

Resulta difícil imaginar con exactitud el infierno personal que debe haber sufrido padeciendo una enfermedad incomprensible por entonces y delante del ojo público. Y peor aún, sin tratamiento farmacológico a su alcance. Aun así, lo grandioso de su historia es que, a pesar del tormento interno, se convirtió en una leyenda de Hollywood sentenciando su talento nato y convirtiéndose en un ejemplo de determinación y perseverancia.

Sin embargo, no puedo evitar preguntarme si su legado sería aun más brillante de no haber sufrido la enfermedad; o si esa la lucha contra ella misma la convirtieron en esa mujer tenaz y decidida.


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