El cubrebocas desgarrado que le da una bofetada a nuestro brutal egoísmo

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¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo por alguien que no conoces? Si lo piensas, serán contadas las veces, pues por naturaleza solemos pensar primero en nuestro propio beneficio o en su caso, en el de nuestros seres más allegados, bajo el conocimiento de que su dolor y sufrimiento los compartimos. Pero hacer lo mismo, algún sacrificio, por gente cuyo nombre, rostro y vida te es indiferente por extraña y ajena, es lo más raro en la vida.

Quizás por eso sea tan complicado que el uso del cubrebocas sea una práctica generalizada por voluntad propia, sin necesidad de coerción. Dejando de lado la nefasta bandera política en lo que se ha convertido su rechazo, no usarlo implica una práctica egoísta basada en falsos derechos y libertades cuando se hace de manera consciente.

Usar cubrebocas en tiempos modernos se ha convertido en una forma de genuino altruismo donde la comodidad es sacrificada por el bien común en su máxima extensión. ¿Por qué? Porque si no hay evidencia científica que sustente que ese pedazo de tela proteja al portador de un posible contagio, sí la hay en cuanto a la posibilidad de contagiar a los demás en caso de ser portador del virus. Es decir, su uso se hace pensando en los demás y no en ti. 

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Uno mira la imagen del hombre de la tercera edad tomada a finales de mayo en una protesta de vendedores en la Ciudad de México y no se puede sino pensar que en medio de la dificultad esa persona se dio tiempo de ponerse un cubrebocas que a juzgar por su deterioro ha tenido un uso extendido en quién sabe cuánto tiempo.

Sí, no es lo ideal. Pero su rostro nos da pie para hablar justo de todas esas cosas que piensas que no te afectan a ti, como la imposibilidad de que otros trabajen ante un alargamiento de la pandemia, del sabotaje que le aplicas a los negocios locales de tu barrio, tu estado, tu país, cuando no pueden abrir mientras no haya condiciones de sanidad viables (menos contagios o menos hospitalizaciones) o peor aún, que ya abiertos no tengan flujo de clientes ante el miedo de contagio por la posibilidad de encontrarse a alguien sin cubrebocas.

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Si piensas que es tuyo el derecho a contagiarte tienes toda la razón. Pero no tienes ni razón ni derecho en contagiar a otros y arruinar vidas que nunca sabrás en qué dificultades se encontraban ni la dimensión de su problemática personal. Si son el único sostén de una familia o si ese empleo les brindará una seguridad médica y social que les permita seguir adelante en caso de caer enfermos, cuando tu entras y exiges atención gritando y sin protección facial de por medio.

Pero para tomar en cuenta eso necesitarías ver más allá de lo que te afecta directamente y sumar a los códigos de civilidad y urbanidad el uso del cubrebocas, no pensando en lo que te puede proteger, sino en lo que puede proteger a los demás. En la nueva normalidad, usar una mascarilla se irá convirtiendo en un reflejo de educación pero sobre todo, de solidaridad, como el hecho de no estacionarse en lugares reservados para discapacitados, no circular con el automóvil en ciclovías o no tirar basura en la vía pública. No será fácil, nunca lo ha sido, pero es una batalla que vale la pena librar, esta vez, por la sobrevivencia de todos.


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