El día que quisimos matar el amor romántico

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Una pareja celebra el Día de San Valentín o del Amor y la Amistad en la Torre Latinoamericana, Ciudad de México. (Foto: Jose Luis Gonzalez / Reuters)
Una pareja celebra el Día de San Valentín o del Amor y la Amistad en la Torre Latinoamericana, Ciudad de México. (Foto: Jose Luis Gonzalez / Reuters)

“I've looked at clouds from both sides now

From up and down and still somehow

It's cloud illusions I recall

I really don't know clouds at all”,

Joni Mitchell.

Recientemente alguien muy especial me hizo ver algo que (ya fue discutido y debatido en Reddit hasta el cansancio) me voló la cabeza en 2022: imaginen que en Crepúsculo, la protagonista mortal, Bella, no hubiera tenido que decidir entre quedarse con los dos “enemigos históricos”, Edward el vampiro o Jacob el hombre lobo.

Nunca lo había pensado realmente, cuando leí la saga juvenil de Crepúsculo siempre pensé que era romántico que Bella se quedara con Edward y vivieran literalmente una eternidad (porque vampiros) juntos aunque tienen más esencia de pingüinos porque según esto una vez que se encuentran nunca pueden separarse.

¡Era cierto! ¿Por qué Bella tiene que dejar de salir con su amigo Jacob si le producía felicidad, seguridad y apoyo para conservar su relación con Edward, quien de hecho tiene muchísimas actitudes machistas y sospechosas contra ella? He tenido esta idea durante meses y estoy fascinada con ese universo donde Bella sale con ambos, ellos son amigables con el otro e incluso podrían ver a más personas si así lo establecen y todos intentan éticamente manejar esa relación hasta que alguien decida que no quiere estar ahí sin que una orden de decrépitos vampiros los condene al infierno por romper compromisos. Qué bonito el mundo fantástico.

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Recuerdo que en 2018 pasado el movimiento de denuncias por acoso y agresiones sexuales, #MeToo en Hollywood, varios amigos hombres me preguntaron (a su feminista de confianza, al parecer) muy preocupados sobre la denuncia al actor y comediante Aziz Ansari por acosar a una mujer durante una cita. Específicamente mis amigos se sentían confundidos sobre si alguna vez, “sin saberlo”, habrían coercionado o agredido a una mujer al insistir en tener relaciones sexuales.

Les dije que era cierto que muchas veces una mujer siente más presión para oponerse o negarse a alguna actividad de la que de hecho no quiera ser partícipe. Así nos educaron: asiente, no te quejes, sé amable, sonríe, recházalo sutilmente o quién sabe cómo pueda reaccionar.

Porque egoístamente el principal temor de muchos de estos hombres no era haber lastimado o agredido a una mujer que les depositó su confianza, no. Temían en el fondo ser denunciados en el movimiento del MeToo, manchar su reputación era su mayor miedo frente a las mujeres de la sociedad. Contrario al miedo que tenemos todo el tiempo las mujeres de ser violadas o agredidas sexualmente.

Increíblemente, es hasta el 2022 que siento que al fin alguien inicia una serie de respuestas para ambas inquietudes (sobre tener una relación abierta o los hombres que creen que ya no pueden hacer nada para “coquetear” "porque todo es acoso") en el libro de Aura García-Junco, El día que aprendí que no sé amar, (Seix Barral).

Pese a que en algún momento García-Junco se dirige a su destinatario en femenino (como “lectora”), pienso que es un libro que en realidad deberían leer todes, pero principalmente los hombres.

“Nosotras sentimos que debemos aceptar; ellos, que deben insistir”, dice Aura en un capítulo que habla sobre el tema del consentimiento.

Antes de terminar el 2021 hablaba con una amiga de mi edad de lo absurdo que es casi celebrar que al salir en citas no terminemos agredidas física o emocionalmente. Estaría bueno normalizar el que yo no me tenga que sentir afortunada de terminar una noche con un chico consciente y no con un abusador.

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Aura comienza a ensayar sobre su percepción del amor después de ser criticada por decir sin tapujos que ella no practica la monogamia en sus relaciones y que tiene una relación abierta. La autora nos brinda un panorama claro sobre la configuración de relaciones entre millennials en 2022. Vamos entendiendo que a las mujeres y a los hombres se les educa diferente para expresar el amor, para sentirlo, para construir sus relaciones y nos muestra las desigualdades de género que muchas veces esto conlleva.

Las ideas que vierte Aura en su libro las hace desde su experiencia, pero también con fundamentos que van desde la sabiduría de Ovidio hasta lo que se vive en las plataformas digitales como Twitter o Tinder. No escatima en el lenguaje incluyente y aborda desde el cómo ligamos en la actualidad hasta las violencias que se ejercen contra las mujeres en “nombre del amor romántico”. En ningún momento intenta convencer a les lectores de abrir sus relaciones o de matar a la monogamia y además abarca las diferentes experiencias en cuanto a lo que concebimos como el amor.

En El día que aprendí que no sé amar, Aura habla sobre las repetitivas situaciones que han rondado a las relaciones por siglos como las infidelidades, las mentiras, las expectativas depositadas o los corazones rotos. Y explora otras circunstancias más actuales como las malas citas, la monogamia como único modelo para amar, exploraciones sobre la no-monogamia, las etiquetas, los acuerdos implícitos que no se hablan, el amor romántico, y la ética entre relaciones. En su libro nos lleva de la manita por un sendero que no sabíamos que necesitábamos para entender un poquito más el amor en estos tiempos.

The dating app Tinder is shown on a mobile phone in this picture illustration taken September 1, 2020. Picture taken September 1, 2020. REUTERS/Akhtar Soomro/Illustration
Tinder es una aplicación móvil de citas para conocer y salir con gente. (Foto: Akhtar Soomro/Illustration / Reuters).

“La monogamia es el paquete que se nos entrega por default cuando empezamos a relacionarnos: trae unas instrucciones en apariencia fáciles de entender, pero que pronto te das cuenta que son una traducción de Google Translate directo del chino, con incontables errores de sintaxis”, escribe Aura García-Junco. Luego repara en que los demás modelos de relacionarnos como el amor libre no se libran de abusos o engaños pues están, después de todo, constituidos dentro de esta misma sociedad machista.

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El 14 de febrero en Twitter amargado punto com me di cuenta que las personas repiten con harta facilidad que muera el amor romántico, ese que en efecto tanto daño nos ha hecho y asimétricamente más a las mujeres, sobre todo en una sociedad como en México o Latinoamérica. Yo me he leído un chorro mil de lecturas, he investigado desde la perspectiva económica y antropológica la historia del matrimonio, decretos de teoría feminista para negociar en el amor, he oído podcasts que desmontan la monogamia hasta el cansancio y también me he querido deshacer del mentado amor romántico como si se tratara de un bicho raro que se plantó en nosotros y fuera tan fácil como darle un manazo y aún no puedo decir que el amor romántico está muerto y que nosotros en Twitter lo hemos matado.

Pero, para empezar debemos siquiera definir ¿qué es el mito del amor romántico? Es ese precepto en el que se montan muchas violencias dentro de relaciones sexoafectivas en nombre del amor. Por ejemplo, que el amor va a durar siempre, el amor lo puede todo, el amor es sufrir o el amor es soportar, el amor no tiene conflictos, si no tienes pareja eres infeliz, el “sin ti no soy nada” o creer que el amor es infinito para alguien, pero finito hacia afuera.

Segundo, ¿se puede deshacer uno de esas ideas con las que fuimos bombardeados la mayoría desde nuestro desarrollo en una sociedad judeocristiana? ¿Podemos realmente como mexicanos deshacernos de la toxicidad que predican Vicente Fernández y José José? ¿Y una vez que se hace, qué sigue? ¿Ser entes etéreos capaces de amar puramente con siglos de terapia adquiridos por ósmosis? Es muy fácil decirles a todes que no celebren el 14 de febrero desde una posición de quién sabe dónde y que no se crean la idea del amor romántico porque no existe. (Y uno aquí batallando, ¿verdad?).

Yo miro mi alrededor y me doy cuenta que todos buscan casi lo mismo: quieren las claves para ligar exitosamente, para hallar el amor verdadero, para conocer a esa persona especial, para coquetearle sin temor al crush, para tener el mejor sexo de sus vidas que dure una noche o que dure para siempre o para casarse y tener una familia. No es un delito, todos queremos conectar sobre todo en este contexto que ha hecho cambiar cada una de nuestras interacciones hasta con nuestras propias familias.

Probablemente, por más que queramos, por más que leamos, veamos los consejos de 280 caracteres en Twitter, individualmente no podamos deshacernos realmente de El Amor Romántico S.A. DE C.V., como lo llama Aura, porque para nuestro consuelo o desgracia, se ha instalado en cada rincón al que miremos y hasta las instituciones.

"Lo que nos ha pasado en nuestra historia de vida es a la vez profundamente singular y totalmente colectivo", anota Aura.

Sin embargo, poco nos ponemos a pensar siquiera lo esencial como “¿qué es el amor para mí? ¿Y para el otre?” porque sin duda nadie tiene la misma noción de éste y por ahí empezamos a perdernos.

¡Apenas a mis 30 años de relacionarme torpemente le empiezo a dar respuesta a esa pregunta! E hice sin querer una triada literaria en unos meses que me ha ayudado a reírme, a llorar y pensar sin descanso al respecto: Respirar bajo el agua, de Olivia Teroba; Te amaba y me chingaste de Nora de la Cruz y el último, el de Aura.

Después de leer El día que aprendí que no sé amar, -un poco después de admitir yo también esta aseveración en mi vida y sentirme como en esa canción híper romántica de Joni Mitchell, Both Sides, Now- me pregunté si alguien realmente sabe amar. Si podemos detenernos un poco a repensar nuestras formas de amarnos y relacionarnos con nosotros mismos primero y luego con el otre. Digo, viendo que las apps de citas no paran, los intentos de coqueteo están a la orden del día y sobre todo, los 14 de febrero no desaparecen todavía.

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