El doloroso reconocimiento de lo que nos ha hecho 'la chancla de mamá'

·Colaboradora
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domestic violence. angry mother scolds   frightened daughter sitting on floor
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En una viñeta magistral publicada en su cuenta de Instagram, Tatiana Olguín Peña @tatiolguinp pone la preciosa ilustración de una madre dando el pecho a su bebé acompañada de la frase ¿Y si nos faltó teta y no chancla? La experiencia me pareció una entrada perfecta para escribir sobre algo que me viene fastidiando desde hace rato y que tiene que ver con el hecho de constatar repetitivamente que aún quedan personas (y no pocas) haciendo culto a la chancleta, ese objeto con el que mamá nos pegaba para descargar su estrés o para quebrar nuestra voluntad con miedo y con dolor hasta conseguir que acatáramos o complaciéramos su voluntad o deseo.

Puede sorprender que a estas alturas de la historia de la humanidad con todos los avances y evidencias de las neurociencias y las nuevas tecnologías, todavía no seamos capaces de hacer registro consciente y validar la dimensión del daño, el miedo, la humillación y el dolor que sufrimos cuando éramos niños, de lo traumático desde nuestro punta de vista de niño o de niña que supuso el hecho de que la persona que debía protegernos, que estaba allí para ayudarnos a regularnos emocionalmente, hizo justamente lo contrario: abusarnos, maltratarnos, dañarnos. ¿Sin mala intención?, seguramente. No conozco a ningún padre o madre – salvo casos excepcionales de personas muy enfermas mentalmente– que haga daño a sus hijos a propósito. Pero la ausencia de intención de dañar, lamentablemente no impide que se cometa abuso y el daño.

Es justamente la paradoja de que quien más nos ama y debería proteger quien nos abusa, la misma razón que ha hecho que neguemos, que releguemos a la sombra nuestra vivencia subjetiva de miedo, dolor, humillación, de abuso que experimentamos cuando éramos niños al recibir los chanclazos de mamá. Porque la madre es la persona que más amábamos cuando fuimos niños, y la que también necesitábamos, sentíamos, esperábamos que debía amarnos y protegernos. Al menos eso es lo que predetermina nuestra pulsión biológica cuando somos criaturas vulnerables y dependientes de nuestro cuidador central o principal. Pero el caso es que el abuso aconteció. Sin intención de dañarnos por parte de mamá, en la mayoría de los casos, pero ocurrió, existió el maltrato, el abuso, la violencia contra cada uno de los niños y niñas que hemos recibido chancletazos de nuestras madres. Y ocurrió justo en una etapa en la que no teníamos los recursos para salir por nosotros mismos de dicho abuso.

Girl Sitting on Floor in Bedroom and Crying. Portrait of Unhappy Black-Haired Child with Closed Eyes Covers Face with Hands Wearing Gray T-Shirt Sits Near Backpack next to Bed in Modern Apartment
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¡Cuánto dolor entraña hacernos conscientes de esa realidad! Admitir esa verdad escuece, activa la herida profunda grabada a fuego, en un lugar sin tiempo, a punta de chancletazos. Desmontar la lealtad a la madre para darnos cuenta de que abusó, de que nos maltrató, es muy doloroso. Entonces se activan los mecanismos de defensa como los chistes sobre la tristemente célebre chancleta, el culto a la chancleta, las clásicas frases sobre las personas de bien que llegamos a ser gracias a la chancla o la típica expresión “a ese niño lo que le hace falta es chancla para que deje de ser un malcriado”… y cualquier otro intento irracional, inconsciente y desesperado de mantener la lealtad a la madre para permanecer desconectados del propio registro sobre las reales dimensiones de nuestra herida infantil.

Decimos: gracias a los chanclazos de mamá, ahora soy una persona de bien. Pero no vemos que el mundo está lleno de personas de bien medicadas para poder dormir.

Decimos: gracias a los chanclazos, mi mamá doblegó mi carácter incivilizado de niño y ahora soy una persona de bien. Pero no vemos que el mundo está lleno de personas de bien que ven con naturalidad la crueldad de pegar a niños indefensos.

Decimos: gracias a los chanclazos de mamá soy una profesional exitosa, ahora me hago cargo de una familia, soy una adulta responsable, soy persona de bien. Pero no vemos que el mundo está lleno de personas de bien con depresión, ansiedad y una ristra de trastornos emocionales.

Decimos: yo si que era tremendo, era un niño terrible pero la chancla de mamá me enseñó a comportarme, gracias a eso ahora soy ahora una persona de bien. Pero no nos damos cuenta de que el mundo está lleno de personas de bien con adicción al tabaco, al alcohol, a las pantallas, al trabajo, personas de bien viviendo desiertos afectivos, buscando refugio en consumos descontrolados incapaces de autorregularse.

Decimos: creemos que gracias a los chanclazos de mamá aprendimos a tolerar frustración y ser personas bien educadas. Pero no vemos que el mundo está lleno de personas bien educadas incapaces de resolver los conflictos sin violencia.

Decimos: nos aferramos a la idea de que gracias a los chancletazos de mamá no somos criminales ni asociales, que somos normales, somos gente sana. Pero el mundo esta lleno de gente normal que vive crónicamente enferma de algo somatizando los traumas infantiles no registrados conscientemente. Porque el cuerpo nunca miente, como dice el título del libro de la gran psicoanalista Alice Miller.

Así nos criaron y así criamos los terrícolas, y somos personas de bien, personas sanas, personas bien adaptadas a la sociedad, llevando a este planeta hacia un auténtico desastre ecológico… Me pregunto cómo es que todos los adultos que hemos sido niños castigados, golpeados, desoídos, maltratados, ignorados, culpabilizados, humillados, siendo personas de bien, hemos conseguido que este mundo sea un lugar tan hostil e inhumano.

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