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Entreburrimiento

 

Le leí la palabra a Rafa Martín Aguado. Entreburrimiento. Es una palabra increíblemente precisa. Y en el momento que la leí supe que esto era, con exactitud, lo que me había pasado tantas veces.

El entreburrimiento nos sucede cuando estamos aburridos y visitamos Facebook, luego Twitter, luego Instagram; luego a Whatsapp con conversaciones de grupos; pasamos por el abismo de los memes y el hoyo negro de Youtube… y de vuelta a Facebook. Una cosa y luego otra; pero nada que nos llene, alimente o divierta verdaderamente. Solo lo necesario para ser menos conscientes de que estamos aburridos.

Es lo peor de dos mundos.

Por una parte, no estamos trabajando como deberíamos, por supuesto. Ni produciendo, ni aprendiendo, ni creciendo en nada. Estamos procrastinando. ¿Quizás descansando? Eso nos decimos a veces. Y conste: no hay nada de malo en descansar a ratos, ni en cambiar de actividad. Pero, no estamos haciendo algo que nos divierta. Vaya, si siquiera fuéramos rebeldes verdaderos (es decir, con causa) y nos escapáramos del trabajo para ver una película brillante, o un libro que nos encanta; o estuviéramos emprendiendo un proyecto secreto que nos apasiona…

Pero no. Estamos entreburridos. Perdiendo el tiempo; sin hacer lo que debemos… pero tampoco lo que realmente queremos. En Las Cartas del Diablo a su sobrino, de C.S. Lewis, el diablo Escrutopo dice a su joven sobrino que ese resulta el mayor placer de los demonios: hacer que las personas pasen su vida sin cumplir su deber… pero también sin obtener un verdadero o legítimo placer. Es decir: quitar todo y no dar nada a cambio.

Es una pérdida de tiempo cuyo único resultado posible es la depresión posterior; la absoluta certeza de que hemos malgastado de manera miserable todas las oportunidades del día. Absurdo de absurdos, ni siquiera nos sentimos relajados o descansados; solo embotados, pegajosos, como en arena movediza. La tendencia es casi irreversible si no se corrige a tiempo: hemos desarrollado una casi mortal intolerancia al aburrimiento.

En estos días el entreburrimiento es aún más terrible, porque se navega a través de la pez y el odio, de la ofensa y la política absurda, del sinsentido global y de la recompensa inmediata. Como pobres adictos, ya no sabemos ver lo bello, ni disfrutar lo bueno: somos esclavos del siguiente videíto. Personas que saben mucho más que yo afirman que la solución es evitar el hábito de la “huida digital”; es decir, llenar cada segundo vacío con lo que sea que nos ofrezca el teléfono o la computadora. Una sala de espera, un rato a solas, una visita al baño… cualquier segundo se atiborra de pixeles. Y se cierran las ventanas al mundo; a sus pequeñas incomodidades que son retos a la creatividad y el carácter; y que suelen convertirse en génesis de aventuras y proyectos.

Con los niños no es menos grave el asunto. Según el autor de la Universidad de Navarra, un Estudio General de Medios de 2017 afirma que el consumo de internet entre los menores de 14 años ha aumentado junto con el número de niños que navegan a edades cada vez más tempranas: un 64,2% de los menores entre 4 y 13 años acceden a la red. ¿No estamos enviándolos demasiado pronto a una batalla que no pueden ganar?

Haz una pausa ahora mismo. Levanta el rostro. Venga, levanta el rostro. Haz una doble lista mental (si puedes, anótala en un papel). En la lista pon cinco cosas que debes hacer hoy y cinco cosas que quieres hacer hoy: Mandar este correo, hacer esa llamada, terminar este reporte… ver este programa, leer este libro, cantar esta canción, abrazar a esta persona. Puede ser lo que quieras. Pero tiene que ser consciente.

Diseña tu día y da el primer paso para escapar del entreburrimiento. Hazlo tú. Hazlo con tus hijos. Hazlo con tu esposo o esposa. No es un horario perfecto, ni una camisa de fuerza. Es una lista de cosas que te importan. Ve por ellas y duerme hoy con una sonrisa en el rostro.

 

@franciscogpr