Por favor, Dios, ayúdame a dejar de extrañarla

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Por favor, Dios, ayúdame a dejar de extrañarla (Brian Rea/The New York Times)
Por favor, Dios, ayúdame a dejar de extrañarla (Brian Rea/The New York Times)

COMO JUDÍA ULTRAORTODOXA, INTENTÉ REZAR PARA ELIMINAR MI HOMOSEXUALIDAD, PERO ESO NO FUNCIONÓ.

Hace unos años estaba viendo memes de psicoterapia en Instagram cuando Hannah apareció en mis solicitudes de amistad. Cada una de nosotras tenía nuevos apellidos y una nueva apariencia. Yo había decidido que, como tenía que usar pelucas de todos modos (como judía ultraortodoxa), también podían ser rubias en lugar de mi castaño apagado natural. Ella llevaba una mezcla de pelucas y otros elementos creativos para cubrir la cabeza.

Cada una le dio un me gusta a la publicación de la otra, sin atrevernos a romper nuestro silencio con palabras reales.

“Parece feliz”, me dije a mí misma, mientras mis dedos se cernían sobre sus fotos. “No empieces nada”.

Aun así, me imaginé que era la chica que conocí alguna vez con aparato de ortodoncia y un chongo desordenado, sin maquillaje ni líneas de expresión, que dejó caer su mochila cerca de mí el primer día de décimo grado en Borough Park, Brooklyn. Mientras nuestros compañeros de clase escribían ecuaciones en papel cuadriculado, ella se dibujaba en el brazo con bolígrafo de gel color neón: “Hannah”. Yo me remangué mi manga idéntica a cuadros marinos y puse el bolígrafo sobre mi propia piel pálida: “Malka”.

Ella sonrió. Quería saberlo todo sobre ella.

Era de otra ciudad, donde no había institutos judíos ortodoxos. “No entiendo este lugar”, comentó.

“Te diré todo lo que necesitas saber”, le dije.

Levantó una ceja y se rio.

Por la noche, en el vacío de mi casa, me preocupaba por ella.

Mi familia se había dividido; mi madre vivía tras la puerta cerrada de su dormitorio y mi padre prácticamente dormía en su almacén. Sin embargo, Hannah se alojaba en casa de una familia judía local durante el curso escolar. No tenía familia en la ciudad. Me pareció natural invitarla a comer la cena casera de mi madre. Era obvio que debía quedarse a dormir. En nuestras fiestas de pijamas, a pesar de las alarmas que parpadeaban en mi mente, mi cuerpo se sentía completamente cómodo, apretado contra el suyo.

Nos movíamos alrededor de la silueta de la otra, con cuidado bajo las luces fluorescentes de nuestra clase. Aun así, las otras chicas se daban cuenta, susurrando cosas sobre que parecíamos hermanas, intentando nombrar algo que ninguna de nosotras sabía expresar. Nos preparábamos para graduarnos en el nuevo milenio, conocer a los chicos de la yeshivá y luego cumplir nuestro verdadero propósito de contraer matrimonio y tener hijos.

Cuando el silencio en mi casa empezó a parecerme asfixiante, me mudé a Toronto y me quedé con unos primos durante los dos últimos años de preparatoria. Me sentí aliviada de estar lejos de la tentación.

Seguí el precedente de nuestros sabios y ayuné los días laborables hasta que pude sentir los huesos de la cadera asomar por las faldas del uniforme. Pero incluso eso me recordaba a Hannah, a las faldas largas que compartíamos y a cómo se ajustaban a nuestros delgados cuerpos casi de la misma manera. “Ayúdame a dejar de extrañarla”, le pedí a Dios hasta que el dolor de mi alma se impuso y mi buen juicio se desvaneció. “Por favor, perdóname”, recé, mientras marcaba su número y llamaba con mi celular Nokia al teléfono fijo de su familia de acogida.

Tras meses de distancia, nos encontramos en Brooklyn en un concierto. Vimos a Kineret, la superestrella de nuestra comunidad, con su largo y brillante vestido, mientras llenaba la sala de canciones. Apreté los omóplatos. Y apreté más, y más fuerte. Hannah estaba tan cerca que podía sentir los movimientos de su cuerpo en el aire entre nosotros. Pero también podía oír el zumbido grave de las decenas de voces piadosas que se unían a la de Kineret en una canción sobre el mundo venidero. No era exactamente la banda sonora adecuada para actuar según mis deseos impíos. Cuando la música terminó, vimos cómo la multitud se dispersaba por las calles, una corriente de chicas y mujeres con ropa modesta.

“¿Quieres quedarte a dormir?” pregunté, tratando de quitar la urgencia de mis palabras, intentando no contener la respiración.

“¡Claro! ¿Podemos pedir pizza?”. Bajo el tenue brillo de las luces de la calle, vi su sonrisa.

Aquella noche creamos nuestro propio concierto, una orquesta silenciosa de piel sobre piel, su aliento en mi oído y el latido de nuestros corazones, el uno contra el otro en la oscuridad. Después nos abrazamos. Sentí su cara contra la mía, sus dedos que recorrían mi espalda.

Quería decirle: “Pienso en ti todos los días”.

Su respiración se hizo más lenta, pero pude sentirla, aún despierta, tocando notas silenciosas junto a mí durante toda la noche. Mientras la luz del sol se colaba por las persianas de mi ventana, intenté no fijarme en la inclinación de su pálido hombro, en la forma en que su oscuro cabello se extendía sobre mi almohada.

“Esta es la última vez”, me prometí —se lo prometí a Dios— mientras sacaba mi pierna de entre las suyas.

Por la mañana, nos separamos, ella de vuelta a la familia de acogida y yo en un avión hacia mi escuela en Toronto. Redoblé mi búsqueda del cielo, escribiendo palabras a Dios en los márgenes de mis libros de oraciones.

Seguía oyendo que Hannah se precipitaba por el camino del infierno. Cada vez que volvía a casa en Nueva York y la veía, me parecía que había un abismo entre nosotras, que se hacía más grande. Cuando nuestras miradas se cruzaban, yo miraba a otro lado, al nuevo arete de plata en su nariz, a sus pantalones a rayas de campana. Sabía que debía de parecerle una fanática religiosa, con mis faldas negras tipo tienda de campaña y mi apretada cola de caballo. Me preocupaba que fuera culpa mía, que mis pecados la alejaran del camino sagrado.

Seguimos adelante. Cada una de nosotras se casó con hombres de sombrero negro; yo a los 19 años, y ella un par de años después. No supe nada de ella y no la busqué. Lo último que quería era la responsabilidad de que alguna de las dos volviera a pecar. Obviamente, di a luz a dos hijos. Obtuve un título universitario y me divorcié. Coqueteé con la idea de salir con mujeres pero, entonces, varios mentores religiosos me advirtieron que, si me desviaba de mi fe, podría perder la custodia de mis hijos.

En cambio, me casé con otro hombre judío que quería a mis hijos casi tanto como a mí. Estaba tratando de entender por qué no podía corresponderle, no de la manera que él se merecía, cuando la solicitud de amistad de Hannah apareció en la pantalla de mi iPhone.

Ya tenía palabras para ello, de mis años en la universidad y en la práctica clínica, palabras que no quería admitir que se aplicaban a mí. Sin embargo, empezaba a darme cuenta de que, a pesar de mis mejores esfuerzos, no había conseguido rezar para eliminar mi homosexualidad. Volví a divorciarme, cuando me resultó demasiado doloroso seguir mintiéndome y haciendo daño a las personas más cercanas.

Hannah siguió mis publicaciones sobre la mudanza de mi barrio ortodoxo a Manhattan, enviando pequeños emoticonos de pulgares hacia arriba. Luego, se filtraron fotos mías en las que besaba a una mujer con un impecable corte de cabello masculino. Casi todo el mundo que conocía se escandalizó. Horrorizados. Cuando Hannah las vio, envió un mensaje de voz felicitándome, sonando totalmente impávida. “Me alegro mucho por ti”, me dijo. “Te ves muy bien”.

A lo largo de la pandemia, me di cuenta de que sus fotos empezaron a cambiar, y la cobertura de la cabeza se desvaneció lentamente. Hubo un ciclo de nuevos nombres. Sabía lo que era eso: romper una vieja vida y encontrar la fuerza para empezar de nuevo. Nos enviamos mensajes de texto y finalmente fijamos una hora para reunirnos.

Veinte años después de nuestra graduación en la preparatoria (yo casada de nuevo, esta vez con una mujer), me quedé en la puerta del Hummus Kitchen del Upper East Side, escudriñando a todas las personas de la calle. ¿Era la mujer en pantalones deportivos y sudadera con capucha? ¿La que llevaba un saco elegante y un bolso Chanel? No debería haberme estresado. En cuanto vi a Hannah, con los flecos ondeando en los brazos, la sonrisa brillante bajo las luces de la ciudad, lo supe.

“Cuéntamelo todo”, dijo, abrazándome.

Pasamos de mis historias a las suyas, a las nuestras. A pesar de ser una persona adulta que se gana la vida hablando de emociones complejas, me oí tartamudear cuando pregunté: “¿Te acuerdas de que tuvimos algo que ver?”. Las únicas palabras que pude conjurar para formular una pregunta mucho más grande que esa. Si tuvimos nuestro momento más inquietante en un armario, sin que nadie lo viera, ¿acaso ocurrió?

Hizo una pausa, con la mano alrededor de su vaso de vino rosado. “Sí”, dijo, con aquella voz de cuando tenía quince años.

Bebí mi copa de vino con alivio. Sí ocurrió.

Mientras las luces del restaurante se atenuaban y una pequeña vela aparecía en nuestra mesa, empezamos a hacernos las preguntas que habíamos guardado durante décadas.

Ella: “¿Por qué siempre te ibas sin despedirte?”.

Yo: “¿Te arruiné la vida?”.

Nunca nos preguntamos la más importante: ¿Qué podríamos haber sido si nos hubieran educado con la creencia de que el amor nunca es un pecado?

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