Fiestas, despertar sexual y descontrol parental: las revelaciones que nos deja el documental de Los Parchís

La nostalgia infantil se apodera de Netflix con el estreno de Los Parchís: el documental, un largometraje de 106 minutos que se adentra en la historia del fenómeno de masas entre los niños de habla hispana a comienzos de los 80s. A través de entrevistas con los protagonistas (que ya pasaron los 50) y personajes cercanos a la banda española -desde managers a padres, tutores y ejecutivos- descubrimos detalles conocidos y no tanto de cómo vivieron aquella fama siendo tan pequeños y lo que se cocía entre bambalinas entre tantas giras y fans.

Los Parchís en el Madison Square Garden de Nueva York; Cortesía de Netflix

Los Parchís: el documental es una apuesta interesante que en definitiva sirve de homenaje, apostando por la ternura que provoca la nostalgia, la supervivencia de sus integrantes con el paso del tiempo y la amistad eterna que quedó entre ellos. Pero hay más. Y como espectadora, veo un documental que nos deja con más preguntas que respuestas debido a que revelación de detalles interesantes pero sin profundizar lo suficiente. En una era en que los documentales y docuseries están más reveladores que nunca, a éste le falta ir un poquito más allá.

Y explico. En el documental hay figuras que mencionan “fiestas adultas” en donde circulaban más cosas que solo alcohol. Se habla de “madres locas por Tino”, escondidas en el armario de su habitación cuando era adolescente. De hombres adultos intentando acercarse a Yolanda. Se sugiere la culpabilidad de unos padres inocentes o aprovechados que permitieron la explotación de sus hijos y aceptaron situaciones difíciles de aceptar para un padre. Como que sus hijos se iban 4 meses de gira sin pisar el colegio más que unos pocos días al año. O que una familia solo hablaba con su hijo, menor de 10 años, una vez al mes. Se habla de los millones que generó el fenómeno, y los pocos miles que vieron los padres. Se habla, pero no se profundiza.

Hay más… mucho más, y solo se toca por arriba. Y es porque Los Parchís: el documental es, después de todo, una pieza homenaje a la nostalgia.

Reconozco que, en mi caso, los Parchís me pillaron muy pequeña y no compartí el furor que la generación anterior vivió con su música. Pero sabía quiénes eran. Y mucho más habiendo crecido en Argentina, donde el fanatismo fue mayor que en España. Estaban en mi radar pero no fueron parte de mis influencias infantiles. Es más, recuerdo lo tonta que me parecían sus canciones. Sin embargo, creo que es el tipo de documental que puede provocar sensaciones diferentes, depende de quién lo vea. Si fuiste fan de la banda siendo un niño o no; si conoces a Los Parchís o no. Los más nostálgicos encontrarán un homenaje a la amistad y a una era ya pasada pero plagada de recuerdos inocentes; y los más documentalistas veremos una pieza interesante que nos deja con la sensación de querer indagar más.

Cortesía de Netflix

Tras dirigir otros dos documentales de bandas musicales como Venid a las cloacas: La historia de la Banda Trapera del Río (2010) y El peor Dios (2013, sobre Desechables, la banda punk catalana), Daniel Arasanz dirige esta pieza que arranca con la formación de la banda en 1979 cuando la compañía de discos Belter de Barcelona publicó un proceso de casting buscando niños de entre 8 y 12 años “que canten bien y tengan buen sentido del ritmo” para formar un grupo infantil.

Emulando el juego de mesa “Parchís”, iba a estar formado por 4 integrantes por cada color de las fichas; pero terminaron siendo 5 añadiendo el blanco por el color del dado. Yolanda fue la primera por ser hija del cantante y trompetista Rudy Ventura, y luego se sumó el resto: Timo, Gema, David y Óscar.

Gema cuenta en el documental que el plan inicial era un trabajo de entre 2 o 4 meses, pero tras el debut del grupo en Aplauso, el popular programa musical de TVE, el fenómeno se disparó. El primer LP, Las 25 super canciones de los peques, fue un furor inmediato pillando por sorpresa a la casa de discos, los padres y los propios niños que no tenían idea en lo que se habían (o los habían) metido. Vemos a unos pequeños envueltos en una vorágine que se convirtió en su propia burbuja, mientras nos preguntamos sobre las figuras fantasmas que realmente ganaron a costa de ellos.

El documental señala cómo, en aquel entonces, la televisión era el medio para saltar a la fama, pagando a locutores y presentadores. Se hace mención a regalos, efectivo y hasta relojes Rolex; porque así se hacían las cosas antes.

Gracias a las confesiones de sus integrantes, vamos adentrándonos en detalles desconocidos por muchos, incluyendo los fans. Como por ejemplo el despertar hormonal de muchos de ellos, habiendo besado todos a Yolanda. Mientras que Josep Llobell, el arreglista musical que por entonces solo era técnico, cuenta que convocaron a cantantes para mejorar las canciones en las grabaciones. “Los más pequeñines siempre iban atrás. Grababan ellos y después venía gente profesional, chicas que podían hacer la voz de niño, no se notaba” revela. “Pero las voces de Parchís sí que estaban, los timbres están ahí”.

Antoni Plana, el mánager inicial en España, habla de las travesuras que hacían al tratarse de niños sin control parental en manos de adultos que los llevaban de un lado a otro, de programa en programa y concierto en concierto. No había figuras paternas y les daban todo lo que querían. La primera película, La guerra de los niños de Javier Aguirre, llegó en 1980 incrementando aún más el furor de la banda saltando a México ese mismo año, y un año después a Argentina.

En pocos años vendieron 14 millones de discos y protagonizaron siete películas. Llenaron estadios y tocaron en lugares tan emblemáticos como el Madison Square Garden de Nueva York o el Estadio Azteca de la Ciudad de México. Lograron vender más discos que los Beatles en Perú y dieron fruto a una máquina de merchandising de lo más completa.

Cortesía de Netflix

Todos aparecen. Desde los integrantes originales a los reemplazos, incluso Rodrigo Valdecantos, la figura secundaria que los acompañó en las películas como “Carlitos, el flaco”. “No sé ni lo que gané” cuenta sobre su trabajo en la primera película. “Me dieron una bici y me la robaron al día siguiente”.

Pero lo que más llama la atención es la falta de control parental, preguntándonos cómo habrá sido la negociación entre las familias y la compañía de discos. Los pocos padres que aparecen en el documental revelan que cobraron muy poco comparado con el furor que estaban viviendo, pero sus hijos pasaban la mayor parte del año lejos de casa. Los integrantes revelan que en los primeros años de giras, hablaban muy poco con sus padres: solo llamaban a una familia por semana y a cobro revertido.

De cinco familias, solo una madre se dio cuenta de la explotación que sufrían. De la falta de control y riesgos que vivían a diario con extraños acercándose a ellos en países lejanos, y subiéndose a escenarios precarios sin ninguna precaución. Fue la madre de Óscar que en poco tiempo, y ante la negación de implicación del resto de padres y una supuesta campaña en su contra para desmentirla, terminó sacando a su hijo del grupo.

El director Joaquín Oristrell aparece en el documental para hablar de su faceta como tutor y acompañante del grupo, siendo el tío de Yolanda. Y él mismo culpa a los padres por no implicarse lo suficiente. Diferentes testimonios confirman el despertar sexual de Tino siendo adolescente, con madres y jóvenes adultas escondiéndose en su habitación. Se habla de “moscones” que rodeaban a Yolanda siendo “el objetivo de muchos empresarios y señores adultos”, de fiestas y mucho descontrol. Mientras tanto, vendían una imagen de niños perfectos cantando canciones de amistad, planetas y comandos G.

Cortesía de Netflix

Pero dentro se cocía un furor que no se supo controlar. La banda estuvo a punto de fichar por Disney, quizás cambiando sus vidas para siempre, pero Tino decidió ir por libre y se lanzó en solitario. La banda se enemistó y la fama terminó. No fue hasta que Tino sufrió un terrible accidente automovilístico a principios de los 90s, en donde perdió un brazo, que no volvieron a reconectar, perdonar y recuperar aquella amistad que marcó sus infancias.

Cualquiera diría que tras semejante éxito, los integrantes serían millonarios con fondos preparados por sus padres para su futuro. Pero no. Cada uno tuvo que seguir su vida a su manera, con el éxito apagado de la noche a la mañana y con una empresa de discos que declaró la bancarrota al poco tiempo de hacer millones con ellos.

Y viendo el documental, es inevitable no preguntarse por la ineptitud de los padres para los negocios. Es cierto que puede excusarse en que era otra época y que la idea de la fama, los regalos y los viajes, podrían haber nublado su visión. Pero una consulta con una abogado podría haber protegido a estos niños mejor. Podría haber asegurado que el esfuerzo y la pérdida de la niñez hubiera merecido más la pena. Y no solo por una cuestión económica, sino psicológica también. Tuvieron que sufrir la disolución del grupo de repente, volviendo a la normalidad de un día para otro tras haber pasado seis años de sus vidas convertidos en personajes públicos.

Oristrell lo dice al final. Está convencido que “generaron mucho dinero, y a algún sitio iría”. De quién, nadie sabe. Y aunque al final somos testigos de siete supervivientes, cuyas vidas quedaron entrelazadas para siempre, nos queda la sensación de que hay más por saber. ¿Por qué no se implicaron más los padres? ¿Qué fue del dinero? ¿Quien daba esas fiestas? ¿Por qué no los protegieron mejor? ¿Cómo vivieron psicológicamente Gema y Yolanda aquel acoso siendo adolescentes en desarrollo? ¿Y cómo lo superaron? Quizás son respuestas para una secuela.

Los Parchís: el documental ya está disponible en la plataforma de Netflix.

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