El mundo tiene una cuenta pendiente con Paul Newman: el lado desconocido del galán de los ojos azules

Lo tenía todo, belleza, talento y mucho corazón. Las tres por igual. Hollywood no se entiende sin él ni esa mirada azul cielo en la que era fácil perderse. Nadie hacía ascos a Paul Newman, gustaba a todos, sin distinción de género. Hacía las delicias de ellas con su galantería y a los caballeros les envolvía con sus rudos papeles del Oeste y peleas de gallos. Pero detrás de esa cara bonita que se comía la cámara con sólo mirarla se escondía otro Paul, su versión más generosa, solidaria y absolutamente entregada a las causas de los más débiles, los niños.

Paul Newman en el estreno de "Cars" en mayo de 2006 (Agencia: AP Photo, Autor: Chuck Burton, Copyright: Gtres)

Muy pocos saben que el mayor legado de este actor natural de Ohio no fueron sus películas, sino las cientos de vidas salvadas gracias a su organización Serious Fun Children’s Network. La historia comienza hace más de tres décadas en Connecticut, Estados Unidos cuando el oscarizado intérprete por partida triple abre su primer campamento para niños con enfermedades crónicas. Tenía una misión, conseguir que fueran eso, niños, y que sus dolencias no les arrebatara la infancia, esa etapa tan inocente y especial de todo ser humano que debe ser vivida entre risas, juegos e ilusión.

Aquel pequeño sueño que comenzó con un campamento hoy en día reúne más de 30 refugios que acoge a niños de más de 50 países, entre ellos España. El director de cine Paco Arango (Maktub, Los Rodríguez y el más allá), creador de Aladina, la fundación que ayuda a niños enfermos de cáncer en nuestro país desde hace más de una década, tiene claro que Paul Newman debería haber recibido el Premio Nobel de la Paz. Como en vida ya no puede ser, él insiste que aunque sea a modo póstumo, se lo merece más que nadie.

No conforme con los campamentos, el protagonista de títulos tan inolvidables como El Golpe, La gata sobre el tejado de zinc o El buscavidas creó una línea de alimentos con su nombre, Newman’s Own, que destina el 100% de sus ganancias -una vez descontados los gastos- a actos benéficos, habiendo donado más de 500 millones de euros. Su marcha debido a un cáncer de pulmón cuando tenía 83 años hace más de una década dejó un vacío en la pantalla grande, donde seguía dando caña a pesar de la edad, pero sobre todo, dejó huérfanos los corazones de esos pequeñajos, a los que visitaba y dedicaba su alma de niño. Hoy en día es su hija Clea Newman, fruto de su matrimonio con Joanne Woodward, quien se mantiene a cargo de la organización, protegiendo y mimando la herencia más grande que le dejó su padre, el amor hacia los más débiles. “Era obstinado como un perro con hueso y se rodeó de gente más lista que él para que su ilusión se cumpliera”, expresó hace dos años a un entrevista con el diario EL PAÍS. Clea visitó España para acudir a la presentación de Lo que de verdad importa, la segunda cinta de Arango cuyos beneficios fueron destinados, entre otros lugares, a la fundación que creó su padre y a la que tan unida está Aladina.

Paul Newman con su amigo Robert Redford (Agencia: AP Photo, Autor: Stuart Ramson, Copyright: Gtres)

Paul, el eterno novio de América, ese actor guapo a rabiar que sonreía y paraba el tráfico, ídolo de una generación, era tan sólo el hombre de la limonada para esos niños que se hospedaban en sus campamentos. Con ellos no había glamour, ni pajarita, ni flashes, había cabañas, barriles, senderos, caballos, teatro, béisbol y muchas aventuras. Durante más de cuatro décadas, él y su esposa -embajadora de esta organización- estaban pendientes de que cada detalle cumpliese el sueño de esos niños y que durante su estancia allí sintieran que la vida, a pesar de sus pesares, era maravillosa.

Maravilloso, así era Paul cuyo corazón tamaño XXL siempre será recordado por otra grande del celuloide, su compañera y amiga Susan Sarandon. En medio del movimiento Me too y la desigualdad todavía presente en el cine, la actriz contó por primera vez el gesto tan noble que tuvo con ella durante el rodaje de la película Al caer el sol que ambos protagonizaron en 1998. En realidad no citó el título pero lo dejó caer pues fue la única cinta donde trabajaron juntos. La protagonista de Pena de muerte confesó que a pesar de tener un papel de peso con las mismas características que las de sus colegas varones (también estaba Gene Hackman), ella cobraba menos que ellos. Al enterarse, Paul se pronunció con palabras pero, sobre todo, hechos. “Dio un paso a frente y ofreció parte de su sueldo”, dijo en una entrevista con la BBC 5, donde le describió como “una joya de persona”.

Gestos como este de oponerse a la brecha salarial, su compañerismo, su filantropía y su entrega absoluta al trabajo fueron lo que le llevaron a la cima con más de sesenta películas, premios de todos los tipos, incluyendo el Oscar honorífico y el Premio Humanitario de Jean Hersholt, también entregado por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos. Otro galardón que se llevó por alcanzar el segundo lugar y que nada tiene que ver con el séptimo arte es el del circuito de carreras Le Mans, en Francia. Ya a sus cuarenta y muchos, edad a la que los pilotos se retiran, Paul se iniciaba en esta pasión tardía que quedó reflejada en el documental sobre su vida Winning: the racing life of Paul Newman. En parte, la culpa de su romance con los bólidos la tuvo su gran amigo, cómplice delante de las cámaras y rival en belleza, Robert Redford. Este le dejó su Porsche y el flechazo fue inmediato.

Pero no todo en su vida fue de color de rosa. El libro Paul and me, escrito por el escritor, guionista e íntimo amigo A.E. Hotchner, cuenta cuál fue la gran angustia que persiguió al actor durante muchos años. La muerte de su hijo Scott Newman, nacido de su primer matrimonio con Jackie Witte, debido a una sobredosis de medicamentos generó en él un estado de culpabilidad del que nunca llegó a sobreponerse, según el autor. El cuerpo del joven apareció sin vida en la habitación de un hotel en Los Ángeles en 1979. Tras un accidente de moto se hizo adicto a las pastillas que, en este caso, sumadas al alcohol provocaron su muerte, tal y como apuntó en su momento el informe policial. La relación entre padre e hijo nunca fue del todo buena, tras la separación de sus padres, se fue a vivir con su madre y no mantuvieron una comunicación fluida. Según el autor de estas páginas, el fallecimiento de Scott le hizo vivir angustiado el resto de su vida ya que sentía que no había prestado suficiente atención a su hijo y había repetido los mismos patrones que vivió con su padre.

Tampoco pudo ganarle la batalla a otro obstáculo que llegó a su vida pasados los 80 años, el cáncer de pulmón. Fumador empedernido, el ganador de un Oscar por El color del dinero, finalmente nos abandonó en septiembre del 2008, antes de lo que hubiéramos deseado. Generoso como siempre, dejó una herencia universal de la que hoy todos somos beneficiarios con una lista de joyas cinematográficas que forman parte de la historia de nuestras vidas.

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