'Gunda': así cambia una película la visión sobre los jamones y la carne de cerdo

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Dice el refranero popular que “una imagen vale más que mil palabras”, y en el caso de Gunda no podía ser más acertado. La película experimental producida por Joaquin Phoenix nos propone que bajemos el ritmo para dejarnos sentir por las emociones que albergan en la simpleza de la vida animal. Pero, a cambio, despierta un debate moral interno sobre el consumo de carne, sobre todo porcina, pero dejando que cada uno mida, controle y decida según su propia conciencia.

Sin embargo, en un país donde el 43% del consumo total de carnes es el porcino (2019, Interporc), Gunda llega a los cines convertida en un azote radical contra la dieta española. Una bofetada sentimental que abre el debate sobre la conciencia animal. 

Imagen promocional de Gunda (Cortesía de Filmin)
Imagen promocional de Gunda (Cortesía de Filmin)

Gunda se estrena en cines españoles el 28 de mayo de la mano de Filmin, más de un año después de impactar a quienes la vieron en el Festival de Berlín de 2020. Paul Thomas Anderson, Alfonso Cuarón, Gus Van Sant o Ari Aster son algunos de los cineastas que se rindieron por completo ante la experiencia inmersiva que propone la película, y después de haberla visto, comprendo por qué.

A diferencia de otros documentales que invitan al vegetarianismo o veganismo recurriendo a la violencia gráfica de la caza animal, como recientemente hizo Seaspiracy: la pesca insostenible -el impactante documental de Netflix sobre la crueldad y peligro de la pesca furtiva-, Gunda propone una visión diferente apelando a la conciencia de cada ser humano que se atreva a verla.

Rodada en blanco y negro por el director ruso Viktor Kossakovsky, y con un referente vegano de Hollywood como Joaquin Phoenix como productor ejecutivo, la película nos adentra en la cotidianidad de una cerda y sus cerditos recién nacidos, las vacas y las gallinas de una granja real. Las cámaras no se entrometen ni se involucran, sino que nos hacen testigos de la rutina de estos seres vivientes, permitiendo que sus personalidades y conciencias afloren ante el lente de la cámara.

El director los sigue pero los deja ser, y a través del blanco y negro consigue dotarlos de la intimidad esencial para enviar su mensaje, convirtiéndolos en personajes únicos, sin humanizarlos sino dándoles la conciencia animal intrínseca de cada uno. Vemos a la cerda dando a luz, madraza, agotada pero cuidando a sus crías, enseñándoles y acompañándolos con la lentitud y pausa de la vida de granja. A los gallos y gallinas precavidos, protegiéndose en grupo, curiosos y atentos a todo lo que les rodea. A las vacas corriendo libres, observando a las cámaras con miradas que parece que hablaran. Y lo más maravilloso es que nada está forzado. Es la invitación que hace la película: detenernos y observar, descubriendo la conciencia animal que alcanza su punto máximo hacia el final.

Imagen promocional de Gunda (Cortesía de Filmin)
Imagen promocional de Gunda (Cortesía de Filmin)

Así como el documental ganador del Óscar sobre el pulpo de Netflix, Lo que el pulpo me enseñó, daba conciencia al molusco, mostrando su curiosidad, precaución, alegría y sacrificio; Gunda juega en ligas similares al proponer una experiencia envolvente e íntima que nos invita a meditar sobre la conciencia animal y el rol que nosotros, los humanos, cumplimos en su existencia y bienestar.

La diferencia de Gunda con otras producciones documentales sobre la crueldad, matanza y consumo de carne animal, es que invita a la reflexión, no la impone. No se basa en cifras ni investigaciones clandestinas, ni es una propaganda vegana, sino que simplemente retrata la vida misma y deja que nosotros seamos los que dejemos que nuestra conciencia haga el resto. Kossakovsky decidió hacer esta película al no poder olvidar un recuerdo que lo persigue desde pequeño cuando le sirvieron una chuleta de cerdo, fruto de la matanza de su mejor amigo, un cerdo llamado Vasya. Asegura que, desde aquel momento, se hizo vegetariano.

Y tras dejarme llevar por la propuesta, reconociendo esos animales y sus vivencias como experiencias únicas, mientras la ausencia de diálogos y sus poderosas imágenes me cautivaban con cada plano, pensé en el impacto que Gunda puede tener en la conciencia española, donde la pata de jamón es un compañero constante de muchas cocinas.

Y es que las estadísticas son claras. El consumo de cerdo en España ha ido aumentando todos los años. Desde la carne fresca y congelada, a productos como el tocino, lomo curado, jamones, paletas, fuet, longanizas… Según la fuente citada al comienzo de este artículo, el consumo per cápita en 2019 estaba en 41,2 kilogramos al año. Incluso, revisando las cifras del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación publicadas en el mismo año, encontré que en nuestro país se había sacrificado una cifra récord de 52,9 millones de animales y producido unas 4,64 millones de toneladas de carne porcina, coronando a España como la cuarta productora mundial, por detrás de China, Estados Unidos y Alemania. 

La importancia de este sector tiene tal magnitud económica que, dentro de las producciones ganaderas, el sector porcino ocupa el primer lugar, estando cerca del 39% de la Producción Final Ganadera (MAPA).

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Con una dieta repleta de productos derivados del cerdo y siendo uno de los países exportadores de dicha carne más importantes del mundo, muchos podrían percibir en Gunda una especie de bofetada invisible hacia el consumo español. Pero de esas que duelen más en el corazón que en el cuerpo. En la película no hay violencia ni sangre, pero con el blanco y negro logra dar majestuosidad a la naturaleza sin humanizar a los animales, sino dándoles conciencia y personalidad a cada uno, cuestionando a cambio dónde está nuestra humanidad cuando se trata del consumo animal.

Gunda consigue sumergirnos tanto en sus vidas que logra despertar, al menos, la pregunta “¿y ahora, qué hago?” La respuesta ya depende de cada uno.

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