Maureen O’Hara, la actriz que plantó cara a un Hollywood "absurdamente masculino"

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Actué, di puñetazos, me aventuré y abrí camino a tiros en una profesión absurdamente masculina… Como mujer, me enorgullece decir que me planté cara a cara con los mejores y dejé mi huella bajo mis propios términos”. Cualquiera diría que una frase como esta vendría de boca de una actriz de la era post #MeToo. Pero no. Fueron las palabras que una de las estrellas doradas más longevas, Maureen O’Hara, escribió sobre su exitosa pero complicada experiencia en Hollywood a lo largo de 60 películas entre 1938 y 1973.

Y es que Maureen, que el pasado 17 de agosto hubiería cumplido 100 años, fue una estrella como pocas en la meca del cine. Una mujer que unos tacharon de “mandona” y “difícil”, y otros de haber estado (simplemente) adelantada a su tiempo. Yo me quedo con el segundo.

Maureen O’Hara para la revista Modern Screen (Dominio Público)
Maureen O’Hara para la revista Modern Screen (Dominio Público)

Cuando tenía 5 años, una gitana le dijo que sería rica y famosa, que se convertiría en la estrella más famosa del mundo. Y Maureen y sus padres le creyeron. Tal fue la convicción en la casa familiar irlandesa que dedicó su infancia a prepararse como actriz. Maureen había heredado el talento artístico de su madre -una cantante de ópera de contralto- y la habilidad deportista de su padre -copropietario de un club de fútbol- (hasta casi lo convence para que forme una liga femenina). Y así, a los 6 años comenzaba a tomar clases de música, baile y arte dramático. Al llegar a la adolescencia ya había participado en varias obras de teatro y era pupila de un actor consagrado como Charles Laughton quien la llevó a Londres y le cambió su apellido, FitzSimmons, por O’Hara. Por esa costumbre artística de hacerlo sonar más comercial (aunque ella aceptó a regañadientes). Tras rodar su primera película, La posada maldita (1939), bajo las órdenes de un director legendario como Alfred Hitchcock, y precisamente junto a Laughton como compañero de reparto, le llegó la hora de saltar el charco. Tenía apenas 19 años, estaba justo comenzando la Segunda Guerra Mundial, y ella dejaba su Irlanda natal embarcándose con su madre en el legendario RMS Queen Mary para dar un giro radical a su vida llegando a Hollywood transformada en la pelirroja más codiciada de la industria del cine.

Al llegar fue prácticamente vendida a los estudios RKO. El contrato estaba listo y solo había que firmarlo. Charles Laughton se había encargado de asegurarle su futuro con un salario semanal de $700 (un sueldo de estrella para la época), aunque esto supusiera una falta de libertad que ella no se esperaba. Y es que por aquel entonces el star system funcionaba bajo contratos que estipulaban la disponibilidad absoluta de los artistas. El actor apenas tenía voz y voto a la hora de escoger sus proyectos. Y este fue el caso de Maureen a lo largo de toda su carrera, que mientras cumplía su contrato con papeles de heroínas apasionadas en el cine de aventuras, luchaba por demostrar su talento más allá de su cara bonita.

Su primer papel en Hollywood fue el de Esmeralda, la gitana bailarina de Esmeralda, la zíngara (1939) -una adaptación de El jorobado de Notre Dame- en donde Laughton daba vida al protagonista creado por Victor Hugo. La cinta fue un éxito, pero no puedo evitar imaginar cómo habría sido de diferente su estreno en Hollywood si no hubiera tenido el contrato firmado. Y es que Hitchcock la quería para su propio debut estadounidense, Rebecca, pero ambos rodajes tuvieron lugar al mismo tiempo y Hitch se conformó con Joan Fontaine.

Hollywood nunca permitía que mi talento triunfara sobre mi rostro” escribió Maureen en su biografía ‘Tis Herself. Y así fue a lo largo de toda su carrera. Sus enormes y expresivos ojos verdes, en contraste con su cabello rojo y su belleza natural se apoderaban de la pantalla de tal forma que los proyectos que llegaban a sus manos eran sobre todo heroínas apasionadas y aventureras. Esto hizo que su relación con la industria y los críticos sufriera un continuo tira y afloja. Un día la aplaudían y otro la abucheaban. Un día sorprendía con una actuación sublime y al otro dejaba un papel sin pasión alguna.

Fue John Ford el que hizo que el mundo comenzara a tomarla en serio. El cineasta, de los más influyentes de Hollywood por cierto y de los más abusivos con sus actores, le dio el papel de Angharad en su exitoso drama costumbrista ¡Qué verde era mi valle! -que ganó el Óscar a Mejor Película en 1941 sobre el clásico eterno Ciudadano Kane- iniciando así una colaboración que los llevó a rodar cinco largometrajes. Mientras muchos artistas se fueron a la tumba con un mal recuerdo de su experiencia bajo el mando abusivo de Ford, para ella, él era “un genio” que adoraba u odiaba a sus personajes. Según la sensación que él tuviera con los roles que creaba trataba bien o mal a sus actores. Es más, Maureen guardaba cartas de amor que Ford le había escrito y que ella nunca quiso enseñarle a Mary (la esposa del director) porque estaba convencida que eran para su personaje, Mary Kate Danaher de El hombre tranquilo (1952), y no para ella (Irish America). Maureen se convirtió en su musa y fue a través del cine que hicieron juntos que logró dejar huella con su talento. Precisamente la última película que rodaron, El hombre tranquilo, está considerada como una de las mejores de la historia del cine.

De todos modos la relación con Ford tuvo sus más y sus menos, siendo de las más complejas de su vida. Algo muy diferente a lo que vivió con John Wayne. Ambos también trabajaron juntos en varias ocasiones, y bajo las órdenes de Ford, forjando una amistad basada en el respeto mutuo que perduró toda su vida. Pero, ¿cómo hizo una jovencita desconocida para colarse en el circulo privilegiado de estos dos pesos pesados? Fue a raíz de su nacionalidad irlandesa. Ambos eran descendientes de inmigrantes y anhelaban esa conexión con la tierra paterna y encontraban en ella una cercanía familiar Maureen incluso enamoró hasta las trancas al mismísimo Anthony Quinn y contrajo matrimonio hasta en tres ocasiones.

Maureen, que pasó a la historia como la Reina del Technicolor gracias a los colores de su rostro que tanto resaltaban en el recién llegado cine de color, fue una mujer adelantada a su tiempo que hoy sería pionera del movimiento #MeToo. Se enfrentó a los magnates que regentaban la industria, rechazó los avances de directores que buscaban su físico y luchó por los papeles que creía que merecía. Supo estar a la altura de hombres de peso, como Wayne y Ford, sin permitir que el machismo de Hollywood la dejara en segundo plano. Tampoco permitió que aquellos que querían aprovecharse de ella consiguieran su propósito. Con apenas 21 años enseguida demostró que había llegado a Hollywood para dejar huella. No para que la dejaran en ella.

En 1940, mientras rodaba el remake de Doble sacrificio (1940, que Katherine Hepburn había hecho en 1932 bajo las órdenes de George Cukor) comenzó a ser acosada por el director de la cinta, John Farrow. El hombre hacía comentarios sugerentes en su presencia para luego perseguirla hasta su casa y terminar abusando verbalmente de ella cuando se dio cuenta que no estaba interesada. ¿Qué hizo Maureen? No se quedó de brazos cruzados, ni permitió que los hábitos machistas de la industria la pasaran por encima. Le plantó cara y le dio un puñetazo en la mandíbula. Y maltrato resuelto.

Como estrella que era, su carrera tampoco estuvo exenta de escándalos. La química que compartía con John Wayne en las cinco películas que hicieron juntos levantaron tantas sospechas que muchos tabloides llegaron a publicar historias sobre romances e hijos ilegítimos. Pero lo peor lo vivió en 1957 cuando demandó a la revista Confidential por $5 millones tras publicar un artículo que la acusaba de mantener relaciones sexuales en el Teatro Chino de Hollywood. Ahí, en plena proyección. La publicación citó a un empleado del cine que dijo que Maureen estaba allí con su novio, el político mexicano Enrique Parra, que había entrado a la sala con “la camisa abotonada” y que al iluminarlos con la linterna de acomodador “ya no lo estaba” diciendo que Maureen “se vio forzada a sentarse derecha y hacerse la inocente”. La actriz demandó y probó su inocencia recurriendo a su pasaporte que demostraba que había estado en España cuando el supuesto incidente habría tenido lugar. Si bien el caso duró 6 semanas y terminó llegando a un acuerdo privado en 1958, la actriz aseguró en su biografía que fue la primera estrella femenina en ganar un caso contra la industria de los tabloides.

Incluso fue de las pocas que plantó cara a una gran major como Walt Disney. Fue por su participación en el clásico familiar Tú a Boston y yo a California (1961), donde dio vida a la madre de las gemelas. Según escribió en su biografía, se enfrentó al estudio cuando ofreció pagarle $75.000 -la tercera parte de su salario habitual- manteniéndose firme y consiguiendo la cifra deseada. Pero tras la experiencia decidió nunca más volver a trabajar para el mismo estudio porque según explicó en su libro, el contrato que había firmado le daba el protagonismo en los créditos y Disney decidió finalmente dárselo a Hayley Mills, la niña que interpretó a las gemelas en aquella versión. Por anécdotas como estas y sus rechazos a avances amorosos de poderosos de la industria es que fue tachada de “difícil” o “mandona”.

Mientras batallaba contra una industria que se empecinaba en encasillarla como una belleza más, Maureen vivía una vida personal poco afortunada en el amor. A los 21 años ya se había casado dos veces. El primero fue anulado tras marcharse a Hollywood pocos días después de la boda en 1939 -y sin haberla consumado- y el segundo fue con el director de diálogos de El jorobado de Notre Dame, William Houston Price. Sin embargo, durante la luna de miel se dio cuenta que el hombre era alcohólico viviendo una relación tumultuosa durante 10 años al no atreverse a pedirle el divorcio debido a sus creencias católicas. Al final, tras tener una hija en 1944, se divorciaron en 1951 en el mismo día de su décimo aniversario de bodas.

Anthony Quinn fue uno de los hombres que cayó rendido a sus encantos, según contó él mismo en su biografía, asegurando que mantuvieron un breve romance aunque ella siempre negó haber tenido affaires durante sus matrimonios. Él contó que se enamoró de ella en el set de Simbad, el marino (1947) porque “sacaba al gaélico que llevaba dentro” y porque era la mujer “más comprensible de la tierra”.

Sin embargo, Maureen no confiaba en los hombres tras su complicado matrimonio con Houston y después de conocer al político y banquero mexicano Enrique Parra, contrató a un detective para que lo siguiera y así comprobar si era de fiar. “Me salvó de la oscuridad de un matrimonio abusivo y me devolvió la luz” dijo en una ocasión. Esta relación hizo mella en su amistad con John Ford, quien tenia la costumbre de meterse en sus asuntos amorosos. Al ser católico como ella, el actor y director solía criticar su romance llegando a calificarla de “prostituta” por no hacer publicidad para Cuna de héroes (1955) a favor de pasar tiempo con su novio. Al mismo tiempo, su exmarido la acosaba tras descubrir que tenía un nuevo amor y pidió la custodia de su hija acusándola de inmoral. Machismos del pasado… Ella presentó una contrademanda por no pagar el dinero mensual para el cuidado de la niña y asunto resuelto.

Desencantada con Hollywood, Maureen probó los escenarios de Broadway e intentó lanzar una carrera musical con dos álbumes, pero la industria del cine seguía llamándola. Y justo cuando se planteaba seriamente dejarlo todo, llegó el gran amor de su vida a los 48 años. Fue su tercer marido, Charles F. Blair, Jr., un pionero de la aviación 11 años mayor que ella que fue el primer piloto en volar un avión de pasajeros sin escalas desde Irlanda a Nueva York. Pasaron diez años juntos hasta su muerte en un misterioso accidente aéreo en 1978. Convencida de que su marido había trabajado secretamente para la CIA, la actriz luchó contra varios niveles militares para conseguir que Blair fuera enterrado en el cementerio de Arlington (Washington) y lo logró.

Maureen, que ya había comenzado a cambiar de vida tras retirarse del cine en 1973, tomó el lugar de su marido como presidente de su pequeña aerolínea, siendo la primera mujer en ocupar dicho puesto en una empresa de este tipo en EEUU. Pero eso no es todo. Ya lejos del cine, compró y edito una revista que vendió a USA Today en 1980, tuvo una tienda de ropa en Los Angeles, sobrevivió a un cáncer de útero diagnosticado tras la muerte de Blair y superó una fuerte depresión fruto de la muerte de su amigo John Wayne en 1979. Pero hay más. Fundó un torneo de golf en honor de su difunto marido en 1984 en Irlanda y sobrevivió a seis ataques cardíacos sucesivos que sufrió mientras averiguaba el dinero que le costaría reparar su hogar destruido por un huracán en 1989. Y siguió viviendo más de dos décadas más.

Si bien volvió al cine para interpretar cuatro papeles secundarios en 1991, 1995, 1998 y 2000, Maureen se retiró definitivamente a los 80 años. Durante sus últimas décadas de vida sufrió de pérdida de memoria a corto plazo y diabetes, y vivía con su nieto en Idaho después de que la familia temiera que estaba sufriendo abusos en el centro donde era tratada en Irlanda.

Tras dejar un legado de clásicos como ¡Qué verde era mi valle!, De ilusión también se vive, Río Grande, El hombre tranquilo y Tú a Boston y yo a California, entre otras, Maureen murió mientras dormía de causas naturales a los 95 años y fue enterrada en el mismo cementerio de su gran amor. Justo a su lado.

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Imagen: Maureen O’Hara para la revista Modern Screen (Dominio Público)

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