Ross Alexander y la historia de una carrera truncada por la presión de vivir en el armario

Pedro J. García
·10  min de lectura

El Hollywood dorado nos dejó un enorme legado de clásicos del cine, pero tras las cámaras, las historias reales se triplican y en muchos casos, superan a la ficción. Entre los años 30 y 50, la Meca del Cine se llenó de historias de auge y caída de las estrellas, algunas de ellas salpicadas de sangre y dolor. Romances, escándalos, rivalidades y tragedias que convierten la ciudad de Los Ángeles en un escenario fascinante donde la fama, el poder y la ambición se dan la mano con resultados “de película”.

Hay tantos relatos entre bambalinas de los grandes estudios, que muchos caen en el olvido, como los intérpretes que los protagonizan. Actores y actrices destinados a la inmortalidad cuyas carreras quedan truncadas por la calamidad o un golpe del destino. Este sería el caso de Ross Alexander, actor secundario con una carrera prometedora que vivió su homosexualidad en el armario y acabó suicidándose en 1937 con tan solo 29 años, con toda su vida y carrera por delante.

Esta es su triste historia.

Ross Alexander en el tráiler de Shipmates Forever (1935) - Warner Brothers, Dominio Público
Ross Alexander en el tráiler de Shipmates Forever (1935) - Warner Brothers, Dominio Público

Ross Alexander nació en 1907 en Brooklyn, Nueva York. Desde muy joven expresó su pasión por la interpretación, y también la ambición que lo motivaba. Solía involucrarse en todas las producciones teatrales del instituto y era el típico estudiante de aspiraciones artísticas, decidido y agresivo, que cuando no conseguía el papel que quería, montaba en cólera. Según la investigación de Dennis Dermody en el blog Original Cinemaniac, Alexander hizo llorar a la profesora que le ayudaba con sus ensayos después de clase, presentándose después en su casa para pedirle perdón obsequiándole una de sus posesiones más queridas, un lápiz verde. Es decir, ya desde la adolescencia mostraba verdadero talento para el drama.

Sin embargo, lo que llamó la atención de Hollywood no fue esto, sino su atractivo físico, sumado a su indudable carisma y talento para el humor afilado. Pero no adelantemos acontecimientos. Después de terminar sus estudios, Alexander se unió al Boston Repertory Theater, compañía teatral que le permitió desarrollar su talento y prepararse para más adelante dar el salto a la gran pantalla. Y aquí es donde encontramos una azarosa conexión que une su vida (y muerte) a la de otra promesa de Hollywood truncada por el suicidio.

Alexander tuvo como compañera en el Boston Repertory a Peg Entwistle, que no es otra que la actriz que saltó hacia su muerte desde lo alto de la H de la señal gigante de Hollywood en 1932. Una historia trágicamente simbólica que Ryan Murphy contó (y reinventó libremente) en su miniserie para Netflix, Hollywood. Entwistle, actriz británica nacida en 1908 (solo un año después que Alexander), murió a los 24 después de participar en su primera y única película, Trece mujeres, y cinco años antes que su contemporáneo y compañero de andanzas teatrales. Da escalofríos pensar que cuando se cruzaron sus caminos, no sabían que estarían para siempre conectados por una historia similar de promesa incumplida y desenlace trágico.

Por su parte, Alexander continuó su trayectoria ascendente en el teatro. Su primer papel en Broadway tuvo lugar cuando todavía no había cumplido los 20 años en la longeva obra de Blanche Yurka Enter Madame. Esto le llevó a mudarse de vuelta a su Nueva York natal, donde siguió trabajando en Broadway, allanando el camino para entrar en el Séptimo Arte. En la Gran Manzana formó parte de obras como The Ladder (1926) o Let Us Be Gay (1929), de las cuales la primera fue tachada como “el fracaso más longevo y caro de su generación”.

Por supuesto, esto no detuvo a nuestro ambicioso protagonista, que continuó haciendo contactos en el mundo del espectáculo y dando pasos firmes hacia su sueño. En Let Us Be Gay conoció al productor John Golden, con el que se asoció en 1930 para trabajar en varias obras, como After Tomorrow o That’s Gratitude (y quizá para algo más, como veremos a continuación). Fue ahí donde Hollywood se fijó en él.

Paramount Pictures le dio su primer papel en el cine en la película The Wiser Sex (1932), dirigida por Berthold y Victor Viertel. El film no hizo mucho por su carrera (él mismo la describió como “la peor película jamás producida”) y volvió a Broadway, donde siguió apareciendo en numerosas obras de teatro que le llevaron a aparecer en los periódicos de Nueva York y empezar así a labrarse un nombre público. Por aquel entonces se hizo amigo de Jerry Asher, publicista gay que se convirtió en su confidente en lo que se refiere a su vida secreta como hombre homosexual.

Incapaz de vivir abiertamente su orientación, Alexander se había casado en 1928 con una actriz de vodevil seis años mayor que él, Helen Burroughs. El matrimonio fue claramente una tapadera para ocultar la homosexualidad del actor que, según los rumores, podría haber mantenido una relación con Golden, el productor -33 años mayor que él- que al parecer fue algo más que su socio y mentor. El contrato de Paramount para participar en The Wiser Sex le llevó a divorciarse de Burroughs y disfrutar de la libertad frecuentando el local gay-friendly Dill Pickle Club, donde se codeaba con artistas y gángsters y podía vivir su homosexualidad de forma relativamente abierta, manteniéndola sin embargo oculta de cara al público.

En 1934, dos años después de su primer y hasta entonces único trabajo en el cine, el actor llamó la atención de otro gran estudio, Warner Bros., y tras el falso primer inicio con Paramount, recibió su verdadera oportunidad para triunfar en Tinseltown. Warner le ofreció un contrato fijo, apareciendo en varios musicales de la era de la Depresión y comedias ligeras por las que Warner era conocida. Su aspecto juvenil y atractivo, sumado a su estilo desenfadado y actitud irresistiblemente cínica, le abrió las puertas del estudio de par en par y empezó a granjearle popularidad entre el público (IMDb).

Entre sus proyectos con Warner se encuentra el musical La generalista (1934), la comedia romántica Maybe It’s Love (1935), donde compartió cartel con Gloria Stuart, o la aventura musical We’re in the Money (1935). Alexander también demostró su talento para el drama interpretando a Demetrius en El sueño de una noche de verano (1935) y formando parte del reparto de El capitán Blood (1935), película de acción de Michael Curtiz protagonizada por Errol Flynn y Olivia de Havilland.

Sin embargo, mientras el actor disfrutaba de su ascenso y su encanto y carisma empezaban a conquistar al público, la historia entre bambalinas era muy distinta y mucho más oscura. En realidad, Warner dejó pronto de creer en él y pasó a tratarlo como si fuera una versión de segunda de Dick Powell, una de las grandes estrellas del estudio. De ahí que pronto empezaran a ofrecerle sus descartes y otros papeles sin importancia en películas de bajo perfil. Además, para la todopoderosa major existía el problema añadido de tener que ocultar su homosexualidad a la vez que lo preparaba para el estrellato, un esfuerzo y un coste que en última instancia no les mereció la pena y dejó al actor completamente abandonado y con su futuro en Hollywood en entredicho.

Para seguir manteniendo su condición sexual en secreto, Alexander volvió a casarse. Esta vez con Aleta Freel, joven actriz de MGM a la que conoció haciendo pruebas para Warner. Además de actriz, Aleta era un miembro destacado de la alta sociedad y su imagen era positiva por asociación para Alexander, quien durante un tiempo pudo conservar la fachada de un matrimonio ideal entre jóvenes estrellas mientras llevaba una doble vida en el armario. Según cuenta David Bret en la biografía Errol Flynn: Satan’s Angel, Alexander y Flynn mantuvieron un romance durante el rodaje El capitán Blood. De hecho, el icónico Robin Hood del Hollywood dorado fue uno de los pocos que asistieron al funeral de Alexander.

Evidentemente, el matrimonio con Aleta no fue ideal, ya que se sustentaba sobre una mentira y no se basaba en el amor -al menos por parte de él. Pero a esto además se sumó una creciente rivalidad profesional entre ellos. Mientras Ross no dejaba de recibir papeles gracias a su contrato con Warner y comenzaba a recibir elogios de la prensa y los fans, Aleta ni siquiera era capaz de conseguir una prueba de casting. Esto llevó a la actriz a sumirse en un profundo estado de depresión. Aleta echaba de menos Nueva York y el mundo del teatro, donde sí se sentía querida y admirada, pero Alexander no estaba dispuesto a sacrificar su carrera por ella.

Según cuentan, una noche Alexander regresó a casa y su mujer le amenazó con volver a Nueva York, a lo que él respondió “Por el amor de Dios, vete y deja de darme la lata”. Cuando el matrimonio se fue a la cama, Aleta cogió un rifle y se disparó en la cabeza en el jardín delantero de su casa. Murió al día siguiente en el hospital (Original Cinemaniac). Tras una investigación oficial impulsada por el padre de Aleta, que siempre odió a su yerno, la muerte de Aleta fue declarada oficialmente como suicidio por el jurado y atribuida a la frustración que sentía por la relación con su marido. Consumido por el sentimiento de culpa, Alexander volvió al trabajo, pero ya nada volvió a ser igual.

En un intento desesperado de recuperar el cauce y mantener en pie su farsa, Alexander se casó por tercera vez inmediatamente, en esta ocasión con la actriz Anne Nagel, con quien coincidió en las películas China Clipper (1936) y Here Comes Carter (1936). Claro que el matrimonio estaba condenado desde el principio. Nada de lo que hizo el actor sirvió para detener su caída en picado a lo más profundo de la depresión y esto le condujo hacia el comportamiento autodestructivo. Warner perdió la paciencia y se cansó de tapar su “escandalosa” vida secreta como homosexual, a lo que se sumó la acumulación de una gran deuda por su parte.

El 2 de enero de 1937, a unos cinco meses de su boda con Nagel y poco después del primer aniversario de la muerte de Aleta, Alexander se suicidó también de un disparo en el establo de su rancho de Encino, en Los Ángeles. Tenía solo 29 años. Su última película, Ready, Willing and Able, musical romántico dirigido por Ray Enright, fue estrenada póstumamente. A pesar de ser el coprotagonista del film, Warner lo relegó al quinto puesto en los créditos, confirmando así su declive y sellando así su destino como futura estrella olvidada de Hollywood.

Aunque el suicidio fue atribuido a todo lo expuesto hasta aquí, también existen investigaciones modernas que apuntan a un posible chantaje por parte de un vagabundo con el que mantuvo relaciones sexuales y que acudió a Warner pidiendo dinero a cambio de no desvelar el secreto del actor. Pero esto no son más que rumores y especulaciones. Lo que está claro es que, tras la luz de los focos y el dulce rostro del actor, se escondía una vida muy oscura de la que probablemente no conoceremos nunca todos sus detalles.

Y así termina la trágica historia de Ross Alexander, un crooner con cara de inocente, voz angelical y personalidad magnética que sucumbió ante la presión de Hollywood y la maldición de verse obligado a mantener en secreto quien era realmente. El suyo podría haber sido uno de los grandes nombres de Hollywood, pero el futuro le tenía reservado otros planes. Aunque nunca lo sabremos a ciencia cierta (las realidades alternativas se las dejamos a Ryan Murphy), estoy seguro de que su vida habría sido muy diferente de haber sido posible vivir con libertad su condición de hombre gay.

Afortunadamente y aunque quede mucho por hacer, casi 90 años después, el mundo ha cambiado enormemente y en Hollywood son cada vez más los intérpretes LGBTQ+ que salen del armario y continúan sus carreras. Que el caso de Ross Alexander sirva como recordatorio de los que tuvieron que sufrir y sacrificar sus vidas antes de que esto fuera posible.

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