La industria del cine se está arruinando a sí misma y no es culpa del Covid-19

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La casa ya estaba en peligro y la demoledora está cada vez más cerca...

Hace tiempo que los cimientos del cine en su forma más tradicional se tambaleaban y que la industria de la exhibición temía su extinción definitiva. Pues ese día podría estar a la vuelta de la esquina. Y para un amante del cine es tristísimo reconocerlo. A lo largo de los últimos años las salas de cine hicieron todo lo posible para hacer las chapuzas necesarias que mantuvieran la casa estable, hicieron frente a las nuevas tendencias y se adaptaron al cambio en los gustos de los clientes. Por eso seguramente no se esperaban que fuera Hollywood mismo el que amenace con derribarlas.

Estamos ante el caso más bizarro de la pandemia: una industria arruinándose a sí misma.

Foto de Felix Mooneeram en Unsplash
Foto de Felix Mooneeram en Unsplash

La pandemia ha dado un giro radical a nuestras vidas. De eso no hay dudas. Nos hemos tenido que adaptar a restricciones, cambios de hábito y, en muchos casos, a estar lejos de nuestros seres queridos, mientras que todos los sectores económicos se han visto afectados de una manera u otra. Pero lo que están viviendo las salas de cine y los espectadores tradicionales es injusto. Al igual que el resto, los cines acataron las nuevas normas. Limpieza continua de las salas, puestos de desinfección y proyecciones con menos aforo mientras mantienen sus puertas abiertas aguantando el chaparrón. Aun así, muchas salas están vacías, de gente y de blockbusters, mientras Hollywood guarda bajo llave sus tesoros más preciados.

Cuando comenzamos las primeras fases de adaptación hacia la nueva normalidad, hubiéramos excusado la falta de público en el miedo de la gente. Miedo al contagio y miedo a los lugares públicos tras meses de encierro obligado. Pero visto lo visto, ya no cuela. Que muchos siguen temiendo salir de casa es cierto, sobre todo aquellos que son pacientes de riesgo; pero es solo un sector de la población. ¿O acaso no hemos visto restaurantes y bares llenos en su capacidad permitida? ¿O terrazas explotando de gente a lo largo del verano y aviones volando sin un asiento vacío? Pues lo del miedo ya no me lo creo. Yo misma volé de Nápoles a Londres en septiembre en un vuelo donde no cabía un alma. Todos con mascarillas... pero lleno. Yo misma he sido testigo de restaurantes con todas sus mesas ocupadas, manteniendo distancias, pero llenos. La gente que puede, o quiere, está saliendo, pero no está yendo al cine. Al menos no como antes. No suficiente. Pero tampoco es su culpa, aquí la lupa hay que colocarla sobre el eslabón principal de la cadena: Hollywood.

La supervivencia de los cines es evidente y tiene su mérito. La taquilla llevaba una larga temporada sufriendo las consecuencias del fenómeno streaming y el nacimiento de un espectador dispuesto a reducir la experiencia cinematográfica tradicional en una más casera, de pantalla pequeña y solitaria. Y sobre todo adaptándose al cambio de los gustos de la gente. Los dramas que décadas atrás abarrotaban los cines ya no lo hacían, ni tampoco las comedias. En los últimos años el negocio pasó a depender de los superhéroes, Star Wars, Pixar, dinosaurios y la animación familiar. Ah, Tom Cruise y Dwayne Johnson de vez en cuando. Hace tiempo que estaba claro, el negocio de la exhibición dependía de los blockbusters.

Pero sin esas películas que cautiven el interés masivo del público no hay taquilla. Sin taquilla no hay ingresos, sin ingresos no hay negocio. Fin del cine. Es así de sencillo. Ya lo dijo Patty Jenkins, directora de Wonder Woman y su secuela hace unos días, “si cerramos, no habrá un proceso reversible. Podríamos dejar de ir al cine para siempre” (Reuters). Apocalíptico pero totalmente cierto. Y esto no es augurio de una directora y una periodista pesimista. Y a las pruebas me remito: actualmente los estudios están repitiendo el mismo efecto dominó que vivimos en marzo, pasando sus producciones más costosas a la agenda de 2021 y 2022. El retraso de Sin tiempo para morir fue la gota que colmó el vaso y tras posponer lo nuevo de James bond, el resto de estudios hicieron lo mismo. Viuda Negra, Dune, West Side Story y otras ya no se estrenarán este año. La última en caer es Soul de Pixar que ahora se estrenará directamente en la plataforma de Disney+ el 25 de diciembre. Y en consecuencia ya tenemos a las primeras víctimas: el cine Paz de Madrid cerró sus puertas hasta que pueda volver a ofrecer películas sin restricciones, al igual que la cadena británica Cineworld en Reino Unido y su filial estadounidense, Regal. Pero hay más: según la Asociación Nacional de Propietarios de cine, el 69% de las compañías pequeñas y medianas podrían presentar bancarrota o cerrar definitivamente. Es decir, solo es cuestión de tiempo para que otros hagan lo mismo ante la imposibilidad de sostener el chiringuito.

Echar la culpa al público no sería justo. Muchos seguimos yendo al cine y prueba de ello es la inmensa taquilla cosechada por Padre no hay más que uno 2 o el éxito actual de Eso que tú me das (el documental sobre la última entrevista de Pau Donés), pero reconozco que mi pasión cinéfila no está en su nivel habitual de entusiasmo ante las películas disponibles en cartelera. Y estoy convencida de que a muchos les pasa lo mismo. Además, hay mucho contenido nuevo en el streaming que hace que más de uno se piense dos veces lo de salir de casa. Hay propuestas interesantes en proyección, pero nos falta el blockbuster de turno al que estábamos acostumbrados. Por ahí se coló Woody Allen con su Rifkin's Festival, un musical con canciones de Raffaella Carrà (Explota Explota) y Nación cautiva esta semana, pero nos falta más. Nos faltan super producciones que despierten con más frecuencia esa pasión de la que hablaba y convoquen a los cinéfilos en masa. O esto se termina amigos.

Es cierto que Warner Bros. fue el estudio valiente que hizo la prueba con Tenet pero el resultado ha sembrado el miedo en el resto de estudios. La película cosechó una buena taquilla para estar en pandemia de $307 millones en todo el mundo, el problema es que costó tanto dinero que no han logrado recuperar lo invertido. De momento, no ha dado ganancia. Pero $307 millones demuestran que el público sí se animó a salir de casa. Sí fue al cine a verla. No lo suficiente como para recuperar la inversión, pero creo que lo suficiente como para demostrar que la audiencia está ahí. Expectante y esperando. Que queremos más cine.

Pero Hollywood está infestado de miedo. Y en cierto modo es comprensible. Son muchos los millones invertidos en cada producción y son muchas las pérdidas que se estarían jugando si estrenan ahora. Sin embargo, existen producciones de presupuesto menor a Tenet que podrían intentarlo o incluso podrían tomar mi consejo y hacer la prueba con una apuesta que convoque a un público más global que el cine de Christopher Nolan (algo animado, superhéroe o aventuras familiar), pero los estudios están pecando de avaricia, optando por pasar sus estrenos a fechas más "fiables" y dejar que la pandemia corra su curso.

Pero hay un problema. Las fechas elegidas para años venideros podrán ser más seguras para cosechar taquillas más altas, pero ¿quién les asegura que habrá salas dónde exhibirlas? Las salas de proyección ahora tienen que esperar hasta abril de 2021 para contar con un imán para las masas como es James Bond y hasta mayo del mismo año para contar con una película de Marvel como Viuda Negra. ¿Cómo van a lograr salir a flote hasta entonces? Y lo que es peor, ¿cómo saben si estaremos de regreso a cierta normalidad cuando lleguemos a dichas fechas y no tengan que retrasar estrenos de nuevo? Esto es un negocio de dos y ambos se necesitan mutuamente. Los que hacen películas y los que las proyectan. Pero mientras las distribuidoras más pequeñas siguen capeando el temporal estrenando sus adquisiciones y los estudios sacan esas producciones menores que tenían en el tintero, Hollywood da la espalda a esas compañeras infalibles que tuvo desde su nacimiento. Esas salas oscuras donde pasamos momentos inolvidables, donde lloramos, reímos y sentimos todo tipo de emociones a lo largo de nuestra vida. Esas donde Hollywood amasa los millones que cosecha. Que no lo olvide.

Pero los cines lo están teniendo difícil para mantenerse a flote y sin ellos terminaría la experiencia tradicional. Esa con la que crecieron nuestros abuelos, padres y nosotros mismos. Esa que inculcamos a nuestros pequeños con lo último de Disney. Porque el cine forma parte de nuestras vidas y porque verlo desaparecer resulta inconcebible. Al imaginarlo me viene a la memoria una frase que me dijo Danny Boyle hace unos años durante una entrevista. Al preguntarle sobre su pasión por el arte de hacer cine me dijo que lo que pretendía era que el público viera sus películas en la gran pantalla, al borde de la butaca y con las uñas agarradas con fuerza en los apoyabrazos. Y todo esto con esa voz y mirada entusiasta que tanto le caracteriza. Recuerdo las mariposas cinéfilas que su entusiasmo me hizo sentir. Porque eso es precisamente lo que queremos vivir con una película. Esa es la experiencia cinematográfica en su máxima potencia. Y la pura realidad es que no se siente en casa con el streaming. Esa experiencia solo se vive en las salas de cine. Pero si Hollywood no pone de su parte, quizás pronto llegue el día en que no volvamos a sentirlo. El día que se apaguen las luces de esa casa que tantas veces nos acogió en sus habitaciones donde se crea la magia.

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