Es indignante que DeSantis se hubiera negado a pedir vacunas contra el COVID para niños | Editorial

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Matt Rourke/AP

A los políticos de Florida les encanta que los padres tomen decisiones, siempre y cuando la decisión sea la que los políticos decretan como “correcta”.

El ejemplo más reciente de esta hipocresía impulsada por el Partido Republicano fue la negativa de Florida a pedir con anticipación vacunas contra el COVID para los niños más pequeños del estado, los menores de 5 años. Durante varios días, Florida fue el único estado de la nación que no pidió las vacunas. Otros 49 estados cumplieron el plazo federal para pedir las vacunas por adelantado. Florida era la excepción, y se estaba convirtiendo rápidamente en un paria.

El pasado viernes, en medio de la creciente condena a nuestro estado, la Casa Blanca anunció que el gobernador Ron DeSantis había cedido. Florida ahora permitirá a los proveedores de atención médica pedir las vacunas.

Aleluya.

Ciertamente, muchos padres se sentirán gratamente aliviados, al igual que los médicos y los hospitales y cualquier otra persona que se preocupe por la salud pública. Por el bien de los niños, estamos contentos.

Pero ninguno de nosotros debe pensar que el estado entró en razón por sí mismo o debido a una gradual toma de conciencia de su responsabilidad hacia los niños. No fue sino hasta que el clamor público de los médicos, los padres y un panel del Congreso sobre la respuesta al COVID creció hasta convertirse en un rugido, el cual ni siquiera nuestro resuelto gobernador pudo ignorar.

Fue una postura inconcebible desde el principio, una que olía a una política de ganar a toda costa por parte de un Partido Republicano que prefiere jugar con la vida de los niños que parecer cooperar con un gobierno federal dirigido por un presidente demócrata. DeSantis y su secretario de Salud, Joseph Ladapo, han dicho repetidamente que el estado se opone oficialmente a las vacunas contra el COVID para niños pequeños, desestimando el riesgo para los niños como mínimo.

Y cuando el furor creció después de que McClatchy diera a conocer la aberrante posición de la Florida, el gobernador y su administración se volvieron más desafiantes. Todavía el jueves, dijo en POLITICO que “estamos afirmativamente en contra de la vacuna contra el COVID para los niños pequeños. Ellos son los que tienen cero riesgo de contraer cualquier cosa”.

Jeremy Redfern, portavoz del Departamento de Salud de la Florida, le respaldó, diciendo en un artículo del Miami Herald que “no es una sorpresa que hayamos elegido no participar en la distribución de la vacuna contra el COVID-19 cuando el departamento no la recomienda para todos los niños”.

Así que esto no fue un error honesto. Fue un cálculo político que salió mal. Tal vez el Partido Republicano no previó a los médicos indignados, los padres atónitos y la mirada conmocionada de gente de todo el país. Tal vez poner a los bebés en mayor riesgo en contra de la voluntad de sus padres fue, finalmente, un paso demasiado lejos incluso en el “estado libre” de la Florida.

Dejemos que los padres y los médicos decidan

Como nos dice el más elemental sentido común, esta es una decisión que deben tomar los padres en consulta con los médicos de sus hijos. El gobierno de la Florida, al estrangular el suministro de vacunas, habría estado tomando esa decisión por ellos. Y, como siempre, los padres con recursos habrían podido encontrar la forma de vacunarse. El resto no tendría suerte.

No es que no se haya estudiado la cuestión de las vacunas contra el COVID para los niños menores de 5 años, el último grupo del país que se considera elegible para las vacunas. Sí se ha estudiado: La decisión unánime de un comité de la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) la semana pasada de recomendar que la FDA autorice el uso de emergencia de las vacunas se produjo solo después de que la FDA retrasara la aprobación en febrero para obtener datos adicionales sobre la eficacia de las vacunas después de tres dosis, en lugar de dos. Los estudios también revelaron que las vacunas causaron menos efectos secundarios en los niños más pequeños que en los mayores.

Y no hay que subestimar el riesgo real del COVID para los niños. No importa lo que diga el estado, los niños han estado muriendo de COVID; 442 muertes en todo el país hasta el mes pasado, en niños menores de 4 años. El hecho de que el número sea pequeño en comparación con las muertes de adultos no significa que debamos entumecernos ante la pérdida de vidas, o ante el potencial del COVID prolongado en los niños.

Esta vez, se hizo lo correcto. Las voces combinadas de médicos, padres y un panel del Congreso se alzaron en un coro tan fuerte que no pudo ser ignorado, hablando por los niños inocentes que iban a pagar el precio de los juegos políticos del Partido Republicano de la Florida. Gracias a ellos, los niños más pequeños de la Florida tendrán acceso a vacunas que podrían salvarles la vida.

Es su derecho. Nunca debería haber estado en duda.

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