El jardín del Edén de Pamela Anderson

Caity Weaver
Pamela Anderson en FaceTime en Vancouver, Canadá, el 12 de mayo de 2020. (Quil Lemons/The New York Times)

Nada puede prepararte para una sesión de FaceTime con Pamela Anderson. Primero ahí estás solo tú —observando, a través de la capa de cristal de tu iPhone, tu reflejo atrapado y cansado, y esperas que no sea así como luces— pero después llega Pamela Anderson, iluminando la pantalla instantánea y completamente, de la manera en que un rayo de sol que se extiende más allá de las nubes puede dar la ilusión de reflejarse por todo el Pacífico.

Está recorriendo el gran exterior de su casa, sonriendo y saludando con una melodía (“¡Ho-laaaa!”), como si estuviera encantada y emocionada de hablar contigo. Como si no la estuvieras molestando.

Pero no creo que el sueño de Anderson —¿de Pamela, de Pam? “Cuando alguien me llama Pam, siento que están enojados conmigo. ¡Pero dime como quieras!”— sea dejar de hacer sus cosas a mitad del día para responder preguntas entrometidas durante más de una hora.

Tiene un tramo de 2,4 hectáreas de una isla canadiense que dirigir. Tiene arbustos que elegir según lo espinosos (para tener privacidad) y hermosos (para tener armonía visual) que sean. Tiene cartas formales que escribir a los hombres y mujeres —sobre todo hombres— que tienen en sus manos los códigos nucleares de sus países, acerca de temas que le importan. Tiene que releer a Anaïs Nin y estudiar ruso, y debe develar un sitio web de cámaras web.

La última de estas tareas, en una tarde reciente de viernes, permitió esta intrusión en la existencia pacífica e insular de Anderson. Se estaba preparando para el estreno remodelado de Jasmin, una página de internet de cámaras web no necesariamente sexualmente explícita, que ofrece transmisiones en línea y contenido pregrabado, y se ha concebido como una versión más sutil de LiveJasmin, uno de los sitios de cámaras web más populares y casi siempre sexualmente explícitos en internet.

Jasmin había contratado a Anderson en 2019 como su portavoz y directora creativa, y señaló en un comunicado de prensa que aparecería ahí a diario y que conectaría a los “usuarios con influentes en materia de estilo de vida, relaciones y positividad sexual”.

Pamela Anderson en FaceTime en Vancouver, Canadá, el 12 de mayo de 2020. (Quil Lemons/The New York Times)

Paseando rápidamente por el terreno de su propiedad en Isla de Vancouver, Columbia Británica, Anderson, una mujer efervescente de 52 años, da la impresión de ser alguien que no se toma demasiado en serio, excepto en la manera en que las personas soñadoras suelen tratarlo todo en el universo con igual seriedad.

Habló sin parar sobre su vida rústica y el “mercado incomprendido” de las cámaras web, y su voz casi siempre sonó entusiasta y femenina, excepto por algunos momentos en que se mostró inexpresiva.

Después de describir una existencia de cuento de hadas con varios mamíferos marinos lindos que siempre están pasando el rato en su pequeño muelle de madera o alrededor de él, agregó, con un tono falsamente mordaz, que las focas “parecen enormes Rottweilers que nadan por ahí”. Tras declarar de manera optimista que cree tener “muchas cosas qué decir y que quizá le parezcan interesantes a la gente”, cambió de manera abrupta su voz, optando por un tono grave y de confesión: “¿Quién sabe? ¿Quién sabe qué estoy haciendo? No lo sé. Quizá a nadie le interesará”.

La propiedad pertenecía a su abuela paterna, Marjorie, quien solía dirigir un pequeño almacén general en uno de los edificios del lugar. Anderson se la compró hace décadas para que, según dijo, su abuela pudiera tener el valor de mercado en efectivo y pudiera repartirlo a sus hijos, y la tierra pudiera quedarse en la familia. Está sobre agua, en la misma pequeña ciudad en Columbia Británica donde creció Anderson; se mudó de regreso en julio, después de pasar un par de años en el sur de Francia.

Hace años, Anderson y un socio de inversiones presentaron documentos para construir un conjunto de condominios y residencias urbanas en la propiedad, pero los planes de desarrollo se vinieron abajo. Por teléfono, Anderson dijo que no tiene planes de convertirlo en un negocio. “Solo quiero vivir aquí”, dijo.

“Cuando tenía problemas en cualquier momento de mi vida, venía aquí y soñaba de manera muy vívida”, comentó Anderson. “Cuando voy al centro de mi campo, con todos esos árboles que me rodean, siento que me han conocido toda mi vida”.

El clima en Columbia Británica la mantiene en calma, dijo, aunque en realidad no se “viste para el frío”. En el soleado Los Ángeles, en cuyas playas Anderson se hizo famosa gracias a la serie de televisión “Baywatch”, tiene “una energía más nerviosa o estoy hiperactiva”, agregó.

Actividades epistolares

Anderson fue “descubierta” de manera célebre en 1989, cuando un camarógrafo del partido de fútbol canadiense al que asistió (vestida con una blusa que mostraba su abdomen y servía de anuncio para la cervecería Labatt) transmitió su imagen en las pantallas enormes del estadio.

Su vida como una figura pública muy visible comenzó en serio cuando apareció como la modelo principal en la edición de febrero de 1990 de Playboy. Después siguió su carrera como actriz, así como muchas más apariciones en Playboy.

Ha sido tan reconocible durante tanto tiempo que los miembros de su especie se sienten cómodos interactuando con ella más como una novedad que como una persona, pues los extraños se acercan a ella para decirle: “Escuché que estabas aquí y tuve que venir a verlo!”.

Describiendo una escena común, Anderson dijo riendo: “Mi cabello está despeinado y sin forma. Estoy usando un sarong y botas Ugg falsas. No es un atuendo hermoso. Así que en ese momento no me siento como una persona”.

No obstante, en su ciudad, donde hay casi 8500 residentes, dijo, su presencia causa poca conmoción. Hace poco, un anciano (con cubrebocas) se le acercó en bicicleta en un estacionamiento y le preguntó cómo le iba a Julian Assange.

Los años de visitas muy fotografiadas de Anderson para ver a Assange, el fundador de WikiLeaks, en la Embajada de Ecuador en Londres, donde evadió su extradición durante siete años, y en la prisión de Londres donde se encuentra actualmente, provocó mucha especulación sobre la naturaleza de su relación. Así atrajo de manera exitosa la atención del público a lo que consideraba una conspiración para sofocar la libertad de prensa.

Hablar con Anderson como reportera es reconfortante por la diversidad de temas que toca y enloquecedor por su especificidad. Su conversación es un recurso natural abundante que se regenera infinitamente. Parece ser ideal para un proyecto de cámaras web, si consideramos a los voyeristas tímidos que buscan tener interacciones cautivadoras con mujeres, pero nunca saben qué decir.

Sin embargo, las conversaciones con Anderson de manera rápida, inmutable y algo desconcertante terminaban en uno de tres temas: su activismo, su convicción de que las personas deben cuestionar todo lo que escuchan y leer o su filosofía general de “así es la vida”.

Eso no quiere decir que Anderson sea holgazana al conversar. Al contrario, se requiere de una pensadora activa y determinada para encontrar constantemente nuevas rutas de regreso a los mismos tres temas (cuatro si contamos Jasmin). Y son temas que valen la pena. Pero también hay otros.

Como sea, varias cosas quedan claras. Anderson es una defensora apasionada de los animales, de los ecosistemas de la Tierra y de quienes “cuestionan la autoridad”.

“Las personas deben educarse y no terminar en un lugar en el que estén tan estresadas que hagan lo que les digan”, comentó.

Quien confunda a Anderson con una chica que solo quiere pasársela bien debería explorar su sitio web personal, donde, bajo la etiqueta ambigua de “entradas de diario”, se encuentra un archivo de sus cartas abiertas dirigidas a personajes públicos y formateadas de manera meticulosa, con temas como el de Assange y otros.

Una carta dirigida a “su excelencia, el presidente Vladimir Putin” (sobre “la designación de áreas marinas protegidas en el Antártico Este, el mar de Weddell y la península Antártica”) incluye de manera diligente la dirección postal de la oficina ejecutiva presidencial rusa (“Ulitsa Ilyinka #23, 103132, Moscú”).

También le ha escrito al presidente Donald Trump. El 8 de noviembre de 2019, una semana después de que un relator especial de las Naciones Unidas en materia de tortura informó que la vida de Assange estaba en riesgo en prisión, y casi un año desde el día después de que se refirió a Trump en Twitter como un “pervertido narcisista” y “un tonto completamente egoísta e idiota que seguramente trabaja para el Diablo”, Anderson les escribió una carta al presidente y a la primera dama en la que parecía buscar cumplidos que decirles.

Después de comentar que su estilo “emotivo toca fibras en la gente”, le rogó que defendiera a la prensa libre otorgándole el perdón a Assange.

“Salvar la Democracia sería su momento definitorio sellado en las páginas de la historia y volcaría de manera positiva su presidencia”.

“No se trata de ser falsa o manipuladora”, dijo Anderson por teléfono, acerca de la discrepancia. “Solo me pregunto… ¿hay algo positivo que podamos decir? Porque eso es lo que permite el cambio, poder encontrar cosas positivas y enfocarnos en ellas”.

A pesar de los halagos de Anderson, Trump no emitió el perdón.

Con Assange en prisión, dijo Anderson: “No hay nada más que pueda hacer. Incluso me dijo: ‘Pamela, preferiría que vivieras tu vida y seas tú misma. Y así puedes ayudarme. No te metas en ninguna situación incómoda por el amor que me tienes’”. (Anderson describe su relación como una amistad).

Amor y matrimonio

Ahora mismo, en medio de la pandemia, una de las principales preocupaciones para Anderson son las noticias, específicamente, que sus padres están viendo demasiados programas noticiosos estadounidenses.

“Pueden sentarse para ver CNN y devorar ese canal y MSNBC. Les dije: ‘Si están viendo eso, quizá deban ver RT” —la red noticiosa rusa respaldada por el Estado— “también, porque en medio de esos dos extremos se encuentra la verdad. O Al-Jazeera o BBC. Vean varias cosas distintas si les gustan las noticias”.

Anderson hace poco fue objeto de los encabezados de entretenimiento por lo que se describió como un matrimonio secreto con Jon Peters, productor cinematográfico y su amigo de más de 30 años, que terminó tras doce días, antes de que se presentara el papeleo para un certificado de matrimonio.

“No estuve casada”, comentó Anderson cuando se abordó el tema: “No”, dijo, con un tono más bien triste, por primera vez en la conversación. “Soy una romántica. Creo que soy un blanco fácil. Y creo que la gente solo vive con temor”.

“No sé por qué sucedió eso, pero creo que el miedo fue un gran factor”.

“Solo fue un pequeño momento”, dijo. “Un momento que vino y se fue, pero no hubo boda; no hubo matrimonio; no hubo nada. Es como si jamás hubiera ocurrido. Eso suena extraño”. Se rio. “Pero así es”.

¿Cómo llegó a ese momento?

“Estaba en India, y fui a una limpia de panchakarma, y había estado yendo durante tres semanas a un centro de ayurveda para poder meditar. Regresé y BUM, en cuestión de 24 horas vi a Jon. Fue como un pequeño torbellino, y se terminó rápidamente, y no fue nada. No hubo nada físico. Es solo una amistad”.

“Todos estamos heridos”, agregó. “Y soy gran creyente del destino, del sino, de todas esas cosas alocadas. Algo pasa cuando conoces a alguien durante tanto tiempo. Ningún corazón quedó destrozado. No sé cuáles eran sus intenciones. Y ni siquiera quiero pensar mucho en eso porque quizá me dolería demasiado”.

The New York Post informó que, después de que terminó el no matrimonio, Peters le envió un correo electrónico a Page Six en el que afirmó haber pagado las cuentas de Anderson por un valor de 200.000 dólares. Después negó haber hecho ese comentario en una entrevista con el diario de la ciudad donde vive Anderson, The Ladysmith Chemainus Chronicle. (“No necesito que nadie pague mis cuentas”, declaró Anderson a The Chronicle).

“Gracias a Dios ocurrió así, y estoy aquí feliz”, dijo acerca del no matrimonio, y agregó en el mismo aliento: “Solo he estado casada… He estado casada tres veces. La gente cree que he estado casada cinco veces. No sé por qué. He estado casada tres veces. Me casé con Tommy” (Lee, de la banda Mötley Crüe, y el padre de sus hijos); “Me casé con Bob” (Ritchie, mejor conocido como Kid Rock); “y con Rick” (Salomon). “Y eso es todo. Tres matrimonios. Sé que son muchos, pero no son cinco”, dijo riendo.

¿Consideraría casarse de nuevo?

“¡Claro que sí! Solo una vez más. Solo una vez más, por favor, Dios. Solo una vez más. ¡Solo una!”.

‘Vive tu sueño’

En Jasmin, los influentes establecen una tarifa (entre 1,99 y 14,99 dólares por minuto), que los usuarios pagan por interactuar con ellos por mensaje de texto, videochat o mensaje directo. La compañía dijo que se les paga a los influentes de acuerdo con “un modelo de porcentaje de ingresos en escala móvil”, y se llevan del 30 al 60 por ciento, y que esos porcentajes son determinados según la frecuencia con que un influente interactúa con los usuarios.

Anderson presentó el proyecto como una oportunidad para establecer conexiones emocionales y combatir la soledad.

“A veces es más fácil hablar con un extraño que con un amigo o con tus padres”, dijo. “Necesitamos comunicarnos. Los seres humanos necesitan a otros seres humanos”.

Algunas personas, lo sabe, considerarán que pagar para interactuar es una imitación de la intimidad, en vez de procurar algo real.

“Creo que la gente siempre suele desear que sea como antes… idealizan el pasado”, comentó. “Necesitamos idealizar el futuro y el momento que vivimos ahora”.

“Quizá hay una manera de complementar nuestras relacionas usando algunas de estas plataformas”.

“Dicen: ‘Pamela al desnudo’, porque en realidad nunca he mostrado esta faceta de mí”, dijo, refiriéndose a una etiqueta en su página de Jasmin.

Sin embargo, el contenido debajo de ese encabezado parecía mostrar el lado de Anderson con el que el público ya está familiarizado: consiste en dos sensuales videos en blanco y negro en los que Anderson, vestida con un corsé, juega a disfrazarse con perlas y tiene una sesión fotográfica. Quizá podría describirse como algo revelador —en efecto muestra su piel— pero no hay nada explícito.

Esto es algo emblemático del dilema que Anderson, un “libro abierto”, como dice ser, presenta cuando conversa con alguien, algo que no es un punto muerto, sino una neblina impenetrable de “romanticismo”, un concepto al que hace referencia con frecuencia, pero de manera ambigua. Parece tener el propósito de denotar aspiraciones y deseos nobles, importantes y libres de conservadores químicos.

Cuando le pregunté si tenía consejos prácticos que creyera útiles para alguien que enfrenta el confinamiento del coronavirus, Anderson dijo: “Mmm… solo que vivan su sueño”.

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This article originally appeared in The New York Times.


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