John Cassavetes, el pionero que desafió a Hollywood financiando sus películas con su propio dinero

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La importancia de la figura de John Cassavetes no puede sintetizarse en una frase, ni siquiera en un párrafo. Este actor, director y guionista fue mucho más que estos tres oficios juntos, y no es exagerado describirle como el padre (o abuelo) del cine independiente. Por eso, con motivo del que habría sido su 91º aniversario, resulta más que apropiado poner en valor el legado de este apasionado del cine que se convirtió en referente de grandes cineastas.

Es más, hasta se podría decir que también inventó el crowdfunding cinematográfico.

A mediados del siglo XX, este actor y director cuestionó el sistema de estudios y allanó el camino a todos los cineastas independientes que vendrían después. (Imagen: Paramount Pictures / Metro-Goldwyn-Mayer)
A mediados del siglo XX, este visionario actor y director cuestionó el sistema de estudios y allanó el camino a todos los cineastas independientes que vendrían después. (Imagen: Paramount Pictures / Metro-Goldwyn-Mayer)

Y es que muchos solo conocen a este visionario, creativo e iconoclasta por haber sido el marido de una leyenda como Gena Rowlands y por su interpretación en algunos de los títulos más icónicos del cine de los 60 y los 70. Como haber interpretado al traicionero marido de Rosemary en La semilla del diablo (1968) o por haber sido nominado al Óscar por el papel de Victor R. Franko en Doce del patíbulo (1967).

Pero no es precisamente por esos trabajos por los que personalidades de la talla de Martin Scorsese lo siguen citando como un referente ineludible.

Trasladémonos al Nueva York de 1956. John Nicholas Cassavetes (1929-1989), nacido y criado en la ciudad, es un ambicioso actor de teatro que, a sus 27 años, no solo ha participado en varios montajes teatrales, en películas de serie B y seriales de televisión, sino que ya ha dado el salto a la docencia –impartiendo su propia alternativa al Método Stanislavski defendido por Lee Strasberg, que él despreciaba como “una forma de psicoterapia más que de interpretación”.

Una noche, Cassavetes es invitado al programa de Jean Shepard Night People, a fin de promocionar varios de sus próximos proyectos interpretativos. Durante el programa, Cassavetes no deja de quejarse sobre lo artificial de Hollywood, despreciando los productos repetitivos y formulaicos que el sistema de estudios lanza cada año. Ninguno de los presentes da crédito a su actitud, ya que básicamente está menospreciando las producciones que venía a promocionar.

Y entonces, Cassavetes aprovecha para pedir a los telespectadores que, si desean ver algo auténtico, puro e íntimo, le envíen dinero para que pueda llevarlo a cabo.

¿Lo más sorprendente de todo? Que el dinero empezó a llegar. En efecto, a raíz de aquella aparición televisiva, el actor llegó a reunir unos 2.000 dólares (1.649 euros), y con ellos pudo completar la financiación de su debut como director: la influyente Sombras (1958). Y por esta anécdota se podría decrir eso de que inventó el crowdfunding.

Para ser justos, no fueron solo esos 2.000 dólares los que le permitieron levantar el proyecto, pues apenas constituyeron el 5% del presupuesto final. El resto vino de generosas donaciones de amigos como Hedda Hopper, William Wyler, Joshua Logan, Robert Rossen o José Quintero, así como de sus propios salarios como actor comercial que decidió invertir en su propia creación artística.

Con todo, estamos hablando de un presupuesto total de unos 40.000 dólares, que aunque fuesen “de la época”, seguían suponiendo una cifra ridícula en comparación con lo que se podía gastar en películas “medias” como El crepúsculo de los dioses (en la que Paramount invirtió 1.75 millones de dólares, aproximadamente).

En cualquier caso, para Sombras Cassavetes logró reunir un reparto compuesto mayoritariamente por miembros de su taller de interpretación (de donde surgió la idea original), y solo contó con dos miembros del equipo técnico con experiencia en rodajes: él mismo y su director de fotografía, Erich Kullmar.

Dicho y hecho: obtuvieron los permisos de rodaje necesarios, emplearon película de 16 milímetros, rodaron con cámara al hombro y ambientaron la mayor parte de las escenas en el apartamento que Cassavetes compartía con su esposa, la actriz Gena Rowlands.

Y si todo esto hoy nos suena a un rodaje indie “normal”, es precisamente porque Cassavetes lo estaba inventando en aquel momento y lugar.

Sombras contaba la historia de tres hermanos afroamericanos que viven en Nueva York –uno de los cuales es Lelia, cuya piel más clara le permite pasar por blanca. En cierto momento ella trae a casa a su novio blanco, y este se sorprende al descubrir que sus hermanos son negros –y deducir que, por tanto, ella también lo es. Tras los créditos finales, un mensaje aparece en pantalla: “La película que acaban de ver fue improvisada”.

Hoy, cuando vemos producciones independientes que se alzan con el Óscar a Mejor Película (como Moonlight) o que han sido rodadas con teléfonos móviles (como Perturbada), y que la exploración de los temas “tabú” está a la orden del día, podría parecernos que Sombras no es para tanto. Pero en 1959, aquella cinta supuso una verdadera revolución. Y no solo por su comentario abierto y franco sobre cuestiones como las relaciones interraciales, sino también porque fue financiada de forma independiente al 100% y porque demostró la viabilidad de lo que hoy llamamos “estilo guerrilla”. Pensemos que por aquella época nadie rodaba películas con actores no profesionales, ni mucho menos se lanzaba a filmar largometrajes enteros sobre la incierta base de la improvisación.

Aunque Sombras no fue la primera película estadounidense independiente –ahí tenemos célebres cortometrajes experimentales como Meshes of the Afternoon (1943) o Fireworks (1949)–, sí fue el primer desafío claro al sistema de estudios –que en Francia ya se había empezado a cuestionar con la incipiente Nouvelle Vague. Pensemos que el apogeo de este se produjo en los años 30, cuando cinco estudios se repartían la práctica totalidad de las producciones: 20th Century Fox, Metro-Goldwyn-Mayer, Paramount Pictures, RKO Pictures y Warner Bros. Todos ellos trabajaban exclusivamente con actores, cineastas y técnicos del máximo nivel, y aplicaban el llamado “código de producción” –que incluía requisitos y limitaciones para las narraciones de las películas. Ejemplo: los actores no podían salir besándose durante más de tres segundos, y los actos finales de las historias tenían que incluir algún tipo de final feliz.

Por otro lado, no está de más recordar que, antes de la creación de las cámaras digitales, los rodajes eran increíblemente arduos y caros. Y los aspirantes a cineastas se enfrentaban a innumerables barreras ante el monopolio de la industria por parte de los estudios. Pero el estreno de Sombras rompió ese techo de cristal. En palabras del propio Scorsese, vino a decir que “ya no había más excusas, porque si Cassavetes pudo hacerlo, nosotros también”. Y no es la única vez que el director de Taxi Driver y El irlandés ha citado Sombras como una película determinante en su formación como cineasta. En otra ocasión aseguró que “me dio el ánimo y el valor para hacer películas” –una influencia que resulta fácil de detectar en el debut como director de Scorsese, ¿Quién llama a mi puerta? (1967).

Y es que Cassavetes y su cine tenían la extraña cualidad de inspirar a otros a revelarse y volcar sobre el mundo lo que llevaban dentro, pasando por encima de cualquier inhibición o limitación aparente. Como él mismo dijo en cierta ocasión: “La mayoría de la gente no sabe lo que quiere o lo que siente. Y a todos, incluido yo mismo, nos resulta muy difícil decir lo que queremos decir, cuando se trata de algo doloroso. Lo más difícil del mundo es revelarse a uno mismo, expresar lo que tienes que expresar. Como artista, creo que debemos probar muchas cosas –pero, por encima de todo, debemos atrevernos a fracasar. Hay que tener el valor de hacerlo mal –estar dispuesto a arriesgarlo todo para expresarlo todo de verdad”, (vía Good Reads).

El espíritu de esta cita impulsó la vida y obra de Cassavetes hasta su muerte en 1989. Tras Sombras, el neoyorkino siguió retratando a sus personajes tal y como son las personas en la vida real: bellas o feas, pero todas con algo roto en su interior y en busca de algo único y especial. Cassavetes consagró su vida (y sus salarios) en crear películas que nunca podrían haberse hecho dentro del sistema de estudios. Y no le importó en absoluto que Sombras, como tantas otras obras clave, fuese destrozada por la crítica en su estreno.

Una década después estrenaría otro título fundamental en su filmografía como director, Faces (1968). Estamos de nuevo ante un proyecto financiado de manera independiente y filmado en su propio domicilio con la técnica de cámara al hombro (que ya se había convertido en su seña de identidad). La película no solo supuso el comienzo de una de las más fructíferas colaboraciones cinematográficas de la historia, la de Cassavetes con Rowlands (marido y mujer hicieron siete películas juntos), sino que también hizo historia al ser nominada a Mejor Guion Original, Mejor Actor Secundario (Seymour Cassel) y Mejor Actriz Secundaria (Lynn Carlin). Y, sobre todo, demostró que el cine independiente podía acabar siendo rentable y que este tipo de películas podían tener un atractivo para el gran público.

Tras Faces, Cassavetes se lanzó a rodar Una mujer bajo la influencia en 1974. La película contó con Rowlands en el dificilísimo papel de Mabel Longhetti, una ama de casa que lucha en los márgenes de la sociedad, la maternidad y la enfermedad mental. La desgarradora interpretación de Rowlands está considerada como una de las mejores de la historia del cine, y la cinta sigue siendo una de las mejor valoradas de la filmografía de Cassavetes –con razón le valió la nominación al Óscar a Mejor Director en 1975.

Entre las muchas cosas que comparten Sombras, Faces y Una mujer bajo la influencia, así como otra destacada película de Cassavetes, Corrientes de amor (1984), es el retrato de personajes femeninos interesantes y complejos. Lelia no duda en exigir abiertamente su independencia en Sombras. Y Faces nos muestra un matrimonio roto en el que tanto marido como mujer se ven implicados en affaires con amantes más jóvenes. De alguna forma, Cassavetes y Rowlands hicieron avanzar la representación de la experiencia femenina hacia territorios más complejos y realistas. “Me preocupa mucho la representación de las mujeres en pantalla. Se ha vuelto peor que nunca, y tiene que ver con que siempre son concubinas de clase alta o baja, y la única pregunta es cuándo se irán a la cama, con quién y con cuántos. No hay nada sobre los sueños de las mujeres, o sobre la mujer sobre sueño, nada sobre la parte rara de la mujer, lo maravilloso de ella”, dijo en una ocasión. Todo un adelantado a su tiempo que vio el cambio que necesitaba la industria mucho antes que Hollywood comenzara a tenerlo en cuenta.

Todas las películas mencionadas giran en torno a los conflictos que surgían (y siguen surgiendo) de la vida doméstica obligada por la sociedad. Rowlands aseguró a Variety que jamás ayudó a Cassavetes a escribir ninguno de sus papeles, y no sabe responder a la pregunta de cómo su marido era capaz de escribir personajes femeninos tan buenos: “No lo sé. Ni siquiera tenía una hermana. Le gustaban las mujeres y tenía mucha simpatía por ellas. Las cosas se han puesto mejores para algunas de nosotras, pero no siempre fue así. Estábamos en desventaja. Y él lo veía”.

Las películas de Cassavetes no tuvieron una influencia decisiva en la historia del cine solamente porque fuesen las primeras en aplicar ciertos métodos o retratar determinados temas. Su legado, aún vivo y vigente, se basaba en la filosofía y la visión del mundo y de la condición humana que el director expresaba a través de ellas. Ideas que hoy siguen siendo increíblemente relevantes e incluso peligrosas (al menos para el sistema de estudios). Con su celo de artista insobornable, Cassavetes trazó el sendero que los cineastas independientes de todo el mundo hoy transitan con confianza.

Por eso, no está de más recordar al maestro con sus inspiradoras y vigentes palabras, recogidas en el libro Cassavetes por Cassavetes, de Ray Carney: “Hoy en día se supone que todo el mundo es muy inteligente. […] Pero cuando entramos en detalles como “¿Qué es lo que le tiene preocupado, señor? […] ¿Por qué se niega a reconocer que tiene problemas y a afrontarlos?”… La respuesta es que la gente ha olvidado cómo relacionarse o reaccionar. En estos tiempos de comunicación de masas, de comunicaciones instantáneas, no hay comunicación entre la gente. En su lugar solo hay historias interminables o rutinas hostiles, o pura risa. Pero en realidad nadie se está riendo. Es más bien un sondo histérico, sin felicidad. Traducción: “Estoy aquí y no sé por qué”.

John Cassavetes murió a los 59 años en febrero de 1959 por complicaciones de cirrosis, dejando un estilo cinematográfico que se convirtió en escuela para muchos cineastas y una colección de 40 guiones sin producirse. Su hijo Nick le ha seguido sus pasos dirigiendo películas como El diario de Noa o John Q.

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