AMLO: un líder irrefrenable que añora la hoz y el martillo

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A RAÍZ de las protestas masivas que se originaron en Cuba el pasado domingo 11 de julio y en días subsiguientes, no pocos gobiernos se han pronunciado a favor de quienes en la Isla se manifestaron para pedir para sí libertad, democracia.

Entre los mandatarios que se han mantenido al margen de los acontecimientos se encuentra el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador —o bueno, más que al margen, el ejecutivo del país azteca ha tratado de minimizar las protestas en la Isla, su alcance, sus surtidores en el pánico y las carencias que han padecido los cubanos a lo largo de seis décadas, pero, sobre todo, la falta total de libertades civiles. Asimismo, el presidente de México ha omitido la violencia desatada por las autoridades cubanas contra los manifestantes.

Y no podía ser de otra manera: López, a la calladita, añora aquellos tiempos cuando en Latinoamérica la hoz y el martillo amenazaban con aplastar a todo el que no siguiera los mandamientos de Carlos Marx y sus acólitos. Amenazas baldías: los pueblos latinoamericanos en su mayoría vieron a tiempo que ese “fantasma que recorre el mundo” era un espectro devastador e inclemente.

A dos años y medio del gobierno de López Obrador, México tiene estancada su economía y un récord nada envidiable en cuanto a los efectos del covid-19: más de 321,000 muertes y más de 2 millones 500,000 personas contagiadas en la actualidad.

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No podía ocurrir de otra manera: cuando el covid-19 apareció en su país, López lo minimizó, aun convocó a la población para que no abandonara las calles, para que continuara visitando restaurantes y otros sitios públicos y, como si fuera poco, en una de sus soporíferas apariciones en las que dizque son ruedas de prensa —una mañana tras otra de lunes a viernes en el Palacio Nacional—, bromeó al expresar que él tenía un “detente” —un resguardo, un aché— que lo amparaba de contraer el covid-19. Así, hoy no se podría calcular de cuántas muertes es responsable el señor presidente. Vale aclarar de pasada que, si esta actitud hubiese llegado desde un mandatario de los que llaman la “derecha”, aún en la actualidad estuvieran rompiendo vidrieras, bloqueando calles y avenidas, destrozando haberes diversos los representantes de lo que llaman “izquierda”.

Aunque, visto desde otro ángulo, si bien la pandemia será un punto negro en la gestión de López Obrador, la misma podría ayudarlo a la hora de justificar su posible mala gestión en lo económico; es decir, el saco donde se escondiera su ineptitud, su ánimo de improvisación.

De modo que no es posible precisar hasta dónde es responsabilidad del presidente y su equipo o de la pandemia el 8.2 por ciento que se contrajo la economía en 2020 —que ya en el 2019 había mostrado un decrecimiento de 0.1 por ciento—, el alza de los precios en 5.81 por ciento a tasa anual o el aumento hasta abril pasado de 574,000 desempleados más que en el mismo mes del año anterior.

De cualquier manera, no puede andar bien la economía de un país cuando su presidente se traza, entre sus tareas básicas, la rifa de un avión, la construcción de una refinería o la creación de una línea de ferrocarril. Algo, en verdad, patético.

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O sea, un ejercicio de la economía con visión de changarro en un país con casi 130 millones de habitantes, el más poblado de los hispanohablantes y el cual clasifica entre las 15 economías más grandes del mundo.

En su momento López, consternado en suma, recibió al llamado presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, con honores de jefe de Estado. Son sus amores imposibles de izquierda quienes lo llevan a darle crédito de presidente a un hombre por el que ningún cubano votó, a un señor puesto a dedo como mandatario del país caribeño. ¿Cómo será posible que alguien elegido presidente mediante las urnas, la democracia, respalde a un régimen totalitario? Sería interesante conocer cuál su argumento para justificar semejante vileza.

Si bien afirma que no se inmiscuye en la política de otros países, el lunes pasado López Obrador pidió al presidente Joe Biden, lo que no se le ocurrió exigirle a Donald Trump: el fin del “bloqueo” de Estados Unidos a Cuba. Sabe bien el presidente mexicano que Cuba —su gobierno— no es objeto de un bloqueo, sino de un embargo muy relativo. Él lo sabe, pero su actitud rastrera hacia el gobierno de la Isla lo lleva a tomar para sí determinadas imprecisiones.

Todo el que haya sido partícipe, de cerca, de una charla de Andrés Manuel López Obrador, podría dar fe de su actuar torvo, oblicuo, de chanfle, de costalazo —y los tantos sinónimos que podrían faltar— y de su hartazgo de odio reservado para las riquezas —de otro—, la opinión del otro, la individualidad, la real democracia.

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Agotado por el escarnio de tanto gobierno corrupto, de tanta injusticia social, en las elecciones presidenciales de 2018 una muy notable mayoría del pueblo de México dio su voto a Andrés Manuel López Obrador, principalmente porque es “honrado, no roba, como los gobernantes anteriores”. Mas, con que el presidente de un país no robe —lo cual aun se sobrentiende— no es suficiente; falta que además tenga talento, capacidad para ejercer su trabajo. Igual hunde a una nación un ladrón que un inepto.

Y posea la honestidad, la honradez necesarias en otros derroteros de su labor. N

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Félix Luis Viera (Cuba, 1945), poeta, cuentista y novelista, ciudadano mexicano por naturalización, reside en Miami. Sus obras más recientes son Irene y Teresa y La sangre del tequila. Los puntos de vista expresados en este artículo son responsabilidad del autor.

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