'Alguien tiene que morir'... del aburrimiento: crónica de tres horas perdidas en Netflix

Valeria Martínez
·6  min de lectura

Alguien tiene que morir… del aburrimiento. Así completaría el título de la última miniserie española de Netflix tras haber malgastado tres horas de mi tiempo viendo una propuesta que pretende tocar temas que ahondan en las aguas profundas del conservadurismo vivido durante el franquismo, pero sin saber nadar. Ni crol, ni a espalda, ni mariposa.

Alguien tiene que morir (imagen de Netflix)
Alguien tiene que morir (imagen de Netflix)

Pero antes vayamos por el principio. Esta miniserie nos traslada al año 1954, a una España hundida en la política conservadora impuesta por la época y el régimen franquista, poniendo su foco central en el seno de una familia en donde se fusionan la represión sobre la mujer y la homofobia con pinceladas de venganza, celos y romances forzados. Una apuesta que, en su conjunto, termina provocando mucha grima. Y no solo a mí, no hay más que hacer un repaso en redes sociales para descubrir la opinión generalizada del público. Alguien tiene que morir es una serie que peca de avaricia dando como resultado una apuesta floja y desordenada. Y paso a explicar por qué.

Después del éxito de La casa de las flores y de ver el tráiler de Alguien tiene que morir sospechaba que lo nuevo de Manolo Caro jugaría en la liga de las telenovelas, pero no imaginaba que tanto. Si bien es cierto que la telenovela es un género que sigue teniendo un público fiel que no se desprende del formato, el problema es que el director mexicano se atreve con temas muy difíciles de representar y en el camino se enmaraña tanto que termina cayendo en el cliché del melodrama al dividir sus personajes entre los malos malísimos y los románticos mártires, mientras pierde los hilos que tejen su trama.

Reconozco que no me encuentro entre los espectadores que se enamoraron perdidamente de La casa de las flores, más bien todo lo contrario. Me pasó lo mismo con La casa de papel, topándome con un fenómeno que no comparto pero comprendiendo que hay espectadores para todos los géneros, temáticas e historias. Pero lo de Alguien tiene que morir es otro cantar. Por ejemplo, me cuesta muchísimo comprender qué vió una actriz tan consagrada como Carmen Maura en las páginas del guion para entregarse a la idea. Sobre todo cuando su papel alcanza el clímax más ridículo de toda la trama.

Alguien tiene que morir (imagen de Netflix)
Alguien tiene que morir (imagen de Netflix)

Alguien tiene que morir se estrena en medio de un panorama compuesto por espectadores más exigentes que nos hemos acostumbrado a disfrutar de propuestas que tocan la realidad del pasado español con un tacto ejemplar, o que se arriesgan a exponer visiones que abren debate, como hicieron La trinchera infinita o Mientras dure la guerra en el caso de la Guerra Civil, así como Veneno o Patria tratando temas muy diferentes del pasado nacional con un mimo exquisito en la creación del relato. Por eso, el juego novelesco de Manolo Caro no solo resulta anticuado sino también desacertado.

Alguien tiene que morir es una serie que chirría por cada costado por culpa de planos melodramáticos exagerados y la resolución de historias de forma tan apresurada que rozan el sinsentido. Y muy a pesar de contar con un inicio prometedor. El primer episodio nos vende un thriller de época con tintes de drama familiar que no escatima en recursos para cada puesta en escena.

En su inicio somos testigos del retorno de Gabino (Alejandro Speitzer) después de pasar diez años en México, topándose con un hogar en donde nada ha cambiado: su padre Gregorio Falcón (Ernesto Alterio) sigue siendo el mismo hombre agresivo fiel al régimen, su madre Mina (Cecilia Suárez) sigue sometida al control de su marido sin tener escapatoria, mientras la abuela Amparo (Carmen Maura) se mantiene como la misma mujer manipuladora y desagradable de siempre. La mujer solo mira para ella misma y su hijo, el qué dirán y la imagen familiar. Por eso, cuando Gabino regresa acompañado de un amigo bailarín enseguida se disparan las alarmas ante la posibilidad de una relación homosexual que “ataque” el orden familiar.

Por otro lado conocemos a la familia Aldama con dos hermanos rivales interpretados por Ester Expósito y Carlos Cuevas que comparten momentos que a mí me recordaron mucho a los hermanastros de Crueles intenciones. Ella, Cayetana, tiene su futuro organizado con ambas familias pensando en su futura boda con Gabino, mientras él, Alonso, desahoga su frustración al tener que esconder su condición homosexual en pura violencia. Pero la llegada de Gabino y su amigo bailarín hacen tambalear toda la fachada sostenida frágilmente hasta entonces, despertando rabia e impotencia en el hermano y celos en la hermana. Unos celos que la llevan a delatar a la supuesta pareja a las autoridades, con el consecuente arresto y desmoronamiento familiar de los Falcón.

Si analizamos que todo esto ocurre a lo largo de tres horas, incluyendo otras tramas secundarias y hasta un affaire entre el dichoso bailarín y la madre reprimida a través del uso de escenas que pretenden incitar una fantasía tan melodramática que más bien parece salida de las páginas de una novela de Danielle Steel (o una copia poco acertada del cine de Almodóvar), entonces podemos comprender por qué Alguien tiene que morir nos provoca tal agobio. No hay tiempo suficiente para contar tantas historias, desarrollarlas cuidando los detalles y llegar a un final redondo. Más bien todo lo contrario.

Alguien tiene que morir (imagen de Netflix)
Alguien tiene que morir (imagen de Netflix)

Manolo Caro pretende tocar tantos temas que termina yéndose por la tangente y, en consecuencia, cae en el cliché de la telenovela fácil. Es decir, el personaje violento lo es y mucho. La chica caprichosa también, mirándose al espejo como si fuera Regina George de Chicas malas, mientras las víctimas llegan a un final que los victimiza aun más todavía. Y en el proceso nos pierde por completo.

Alguien tiene que morir tiene un arranque prometedor y es gracias a ese capítulo que terminamos perdiendo las tres horas que comentaba al principio de este artículo. Sin embargo, ya en el segundo se revela como un drama que se pierde entre la maraña de ideas que quiere contar para llegar a un clímax absurdo con una Carmen Maura que más que abuela desquiciada parece su bruja de Zugarramurdi.

Teniendo en cuenta los temas que trata, Alguien tiene que morir podría haberse convertido en una serie más profunda. Hablar del arresto y tortura sobre homosexuales o del sometimiento femenino al yugo de hombres machistas escudados en un régimen que los protegía, me resulta un escenario de lo más interesante para ahondar en dicha realidad o exponer un drama familiar con connotaciones más críticas o que, al menos, llamen al análisis. Pero aquí, los celos, la culpa y la venganza terminan cobrando protagonismo como en una telenovela de tarde y, en el camino, se pierde todo lo que podría haber sido.

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