Opinión: Tuve mis dudas con respecto a los artículos para bebés hasta que me convertí en padre

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El temor a caer en un consumismo inútil no superó la alegría y el alivio que nos proporcionaron nuestros artículos para bebé. (Kelsey Dake/The New York Times)
El temor a caer en un consumismo inútil no superó la alegría y el alivio que nos proporcionaron nuestros artículos para bebé. (Kelsey Dake/The New York Times)

Cuando mi esposa tenía tres meses de embarazo (antes de contarles a la mayoría de nuestros amigos que estábamos esperando un hijo, pero después de que tuvimos la certeza de que el embarazo iba a prosperar) empezó a hacer una lista de artículos para el bebé.

En la lista figuraban los artículos básicos para su cuidado (pañales, biberones, toallitas) y algunos artículos de alta gama que habíamos incluido en la mesa de regalos: un juego de bote para desechar los pañales con una estación de cambio de la marca Ubbi, un elegante organizador para la carriola y una luz nocturna de Hatch de 70 dólares que podías controlar desde el iPhone con una aplicación y que “facilitaría mágicamente la hora de dormir”, según el sitio de internet de la empresa.

No me opuse a ninguna de las cosas que eligió mi esposa, pero, sin expresarlo, tenía mis dudas. ¿Acaso los bebés no han sobrevivido durante miles de años sin ninguna de estas cosas? ¿De verdad iba a sufrir nuestro hijo si le cambiábamos el pañal sobre una toalla vieja en lugar de usar el cambiador Keekaroo Peanut de 140 dólares, digno de mostrarse en Instagram?

Por un lado, soy tacaño, pero también me preocupaba que estuviéramos cayendo en un ardid de mercadotecnia de Big Baby, que se aprovechaba de la ansiedad de los padres primerizos al vendernos basura demasiado costosa que no necesitábamos y que, de todos modos, no usaríamos más que unos cuantos meses. Los padres estadounidenses gastan casi 30.000 millones de dólares al año en productos para bebés, según una estimación de Grand View Research, una empresa que monitorea este sector. Gran parte de ese dinero se destina a cubrir necesidades básicas como la comida y los pañales, pero cada vez más familias han empezado a gastar en lujos de nivel más alto, como suscripciones a juguetes de moda, calentadores de toallitas eléctricos y el Snoo, un controvertido moisés robótico de 1500 dólares que detecta el llanto y, en teoría, puede mecer con suavidad a un bebé inquieto para que se vuelva a dormir.

Antes de tener un hijo, siempre había puesto los artículos de gama alta para bebés en la misma categoría que los artículos de gama alta para mascotas: son cosas que la gente con ingresos extra compraba para presumir, pero que no les importaban en absoluto a los usuarios reales (las mascotas y los bebés). Mi carrera como columnista de tecnología me ha hecho dudar respecto a la mayoría de los aparatos de gama alta, en especial los que tienen una vida útil breve, y me preocupaba que, si nos excedíamos con los artículos para el bebé, acabaríamos con armarios llenos de objetos sin usar o, peor aún, con cosas caras a las que nuestro hijo se volvería adicto y que tendríamos que comprar de nuevo cuando estas se rompieran o desaparecieran, lo cual sucedería de manera inevitable.

Luego estaban los nombres de estos artículos que sonaban bobos y sacados de un libro de Dr. Seuss (Bumbo, Bugaboo, Woombie, WubbaNub, MamaRoo, DockATot), ninguno de los cuales me apetecía pronunciar en voz alta en mi propia casa.

“¿Y si nos decantamos por el estilo minimalista?”, le pregunté a mi esposa una noche. “Sin mesa de regalos, ni artículos de lujo. Solo ropa de segunda mano y lo que sea más barato, lo que de verdad necesitemos”.

Mi esposa fingió que me tomaba en serio, pero al final me ignoró educadamente. Y me alegro de que lo hiciera, porque hoy, como padre de un hijo de 4 meses, me he transformado en un papá equipado en toda regla.

Convertirme en padre me cambió de mil maneras, pero uno de los cambios más visibles es el siguiente: ahora me apasiona, tal vez demasiado, el equipamiento para bebés.

Puedo reconocer una carriola Uppababy Vista V2 a tres cuadras. Tengo opiniones sólidas respecto a los escurridores para biberones. (Tienes que elegir el vertical de OXO en lugar del de jardín de cactus de Boon, que se ve bonito pero ocupa demasiado espacio en la encimera).

Al principio, me preocupaba que mi obsesión por los artículos para bebés fuera un mecanismo de afrontamiento, un intento equivocado de canalizar mi ansiedad en algo que me pareciera productivo. Después de todo, mi esposa era la que iba a parir. Aunque yo no podía aliviar sus síntomas de embarazo ni acudir a las citas médicas en su lugar, sí podía buscar cientos de reseñas de carriolas de viaje. Concluí que si yo me encargaba del equipamiento, ella no tendría que preocuparse de eso.

Desde el nacimiento de nuestro hijo, me di cuenta de que mi interés por su equipamiento me ha convertido en un padre mejor y más capaz. Puedo responder con toda confianza a las preguntas de su pediatra sobre los tipos de leche de fórmula y los tamaños de los chupones del biberón, y sé con exactitud cuántos pañales debo llevar para un viaje de tres días. He leído los manuales de usuario y visto los tutoriales de YouTube, y puedo operar, limpiar y ajustar la gran mayoría de nuestro equipo para bebé sin ayuda. (¡No me pueden recriminar que no sepa hacerlo!).

También he aprendido a distinguir qué cosas no comprar. Por ejemplo, soy un firme creyente de que los padres deben gastar lo menos posible en ropa de bebé, y no gastar ni un quinto en cosas diseñadas para que las orinen, defequen, vomiten o les tiren alimentos encima, incluyendo baberos y trapitos para eructar (una toalla vieja de cocina funciona bien). Yo no compraría los juguetes sofisticados de madera estilo Montessori que causan furor en Brooklyn y Berkeley hoy en día, y, aunque no envidio a nadie por darle prioridad a la comodidad, creo que a los padres que pagan 300 dólares por la Baby Brezza Formula Pro Advanced (una máquina al estilo de una cafetera Keurig con conexión wifi que mezcla la leche de fórmula y calienta los biberones con solo pulsar un botón) les deberían de subir los impuestos.

Por supuesto, los artículos para bebés no pueden resolver todos los problemas de la crianza. No pueden calmar a un bebé con cólicos, ni enseñarle a caminar a un niño pequeño o ayudar a un niño quisquilloso a comerse todo lo de su plato, y las familias que no pueden darse el lujo de gastar en toneladas de artículos o que eligen gastar su dinero de otras maneras, sin duda criarán bebés perfectamente sanos y felices sin ellos.

No obstante, hay algo satisfactorio en ceder al deseo de comprar estos artículos, aunque sea un poco. Porque el equipamiento es, con toda honestidad, una maravilla. Representa nuestro progreso como especie: cada chupón, cada bote para pañales y cada cepillo para biberones es una expresión del ansia prometeica de aprovechar la tecnología para poner orden en un universo caótico, y para los padres primerizos (un grupo con mucho caos en su vida) tener el equipo adecuado puede ayudarnos a sentir que tenemos más control y estamos un poco menos a merced del destino.

¿Necesitas chupones WubbaNubs y mecedoras automáticas MamaRoos para ser un buen padre? Para nada. ¿Soy un bobo atraído por el complejo industrial de los productos para bebés? Es posible, pero he llegado a considerar nuestro equipamiento para bebés como un conjunto valioso de herramientas, para mantener a mi hijo entretenido y cómodo, por supuesto, pero también para ayudarme a ser el tipo de padre presente y considerado que quiero ser. Cuando mi hijo sea mayor, regalaré sus artículos de bebé a otros padres primerizos preocupados que buscan su propio camino en la paternidad.

© 2022 The New York Times Company