Opinión: Las universidades de Hong Kong están en crisis y puede que no se recuperen

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Las universidades de Hong Kong están en crisis y puede que no se recuperen. (Lam Yik Fei para The New York Times)
Las universidades de Hong Kong están en crisis y puede que no se recuperen. (Lam Yik Fei para The New York Times)

LA REDUCCIÓN DEL ESPACIO PÚBLICO QUE PRESERVA LA MEMORIA DEL LEVANTAMIENTO DE PEKÍN DE 1989 HA CONVERTIDO A HONG KONG EN OTRA CIUDAD CONTINENTAL SILENCIOSA.

Durante casi veinticinco años, la Columna de la Vergüenza—un pilar de casi 8 metros de altura para recordar a las víctimas de la masacre de Tiananmén—, al que también se le conoce como el Pilar de la Infamia, había permanecido en el campus de la Universidad de Hong Kong. El mes pasado, la universidad ordenó retirarla.

La orden es un golpe contundente en la actual campaña del gobierno para borrar la memoria de la atrocidad de 1989: primero, prohibió la vigilia con velas que se celebra cada 4 de junio, arrestó a sus organizadores y saqueó un museo que documenta la historia de la masacre. Pero lo que está en juego es mucho más que una estatua.

Junto con la remoción de la Columna de la Vergüenza, la presión política del gobierno y las administraciones universitarias, incapacitó a dos importantes organizaciones de estudiantes universitarios. La organización estudiantil de la Universidad China de Hong Kong se vio obligada a disolverse y los administradores de la Universidad de Hong Kong le retiraron el reconocimiento a su organización estudiantil y prohibieron a algunos de sus miembros entrar en el campus.

Estas acciones marcan un punto de inflexión que tal vez sea irreversible en la represión que Pekín ejerce sobre Hong Kong. Mientras que las fases anteriores apuntaban a las ramas de la disidencia, estas medidas atacan las raíces: las universidades y las organizaciones de estudiantes alimentan el activismo y pueden motivar futuras movilizaciones de masas contra una China autoritaria.

Al ordenar la retirada de la Columna de la Vergüenza del campus, la administración universitaria demostró que las autoridades de educación superior de Hong Kong parecen estar cumpliendo las órdenes del gobierno de Pekín, que se propone eliminar el potencial para cultivar futuros líderes políticos que desafíen el dominio de China.

El desarraigo de las organizaciones civiles y la reducción del espacio público que preserva la memoria y el trauma de la revuelta de Pekín de 1989 han convertido a Hong Kong en otra ciudad continental silenciosa.

Como educadores y académicos-activistas de la diáspora de Hong Kong, comprendemos las graves implicaciones de estas medidas.

El pilar ha simbolizado la libertad de expresión y la ausencia de miedo para los estudiantes, profesores y ciudadanos de Hong Kong durante décadas. Se erigió por primera vez en el Parque Victoria en 1997 para conmemorar el octavo aniversario de la masacre de Tiananmén; el mismo año en que se devolvió la soberanía de Hong Kong a Pekín, lo cual dio inicio a un estira y afloja entre los isleños y los autócratas continentales sobre cómo se narraría la historia del movimiento prodemocrático de 1989 y de Hong Kong.

Tras su exposición inicial, varias universidades de Hong Kong albergaron el pilar hasta que se instaló de manera permanente en el campus de la Universidad de Hong Kong en 1998.

Desde hace años, los activistas prodemocracia se han congregado en torno a esta columna para preservar la memoria colectiva, el dolor y la pena de la masacre de Tiananmén. Antes de la aprobación de la Ley de Seguridad Nacional en junio de 2020, Hong Kong era el único lugar de China donde se permitían ese tipo de actos conmemorativos.

El pilar tiene un significado especial desde la perspectiva histórica, política y cultural para los estudiantes de Hong Kong, para quienes la conmemoración colectiva del 4 de junio es una parte integral del futuro democrático de Hong Kong.

A lo largo de la historia, las universidades de Hong Kong han defendido el pensamiento crítico, dando a los estudiantes y al profesorado el espacio para debatir de manera abierta cuestiones políticas y morales controvertidas y analizar las ideas y los valores autorizados oficialmente por el Estado. De ellas han salido grandes intelectuales, activistas y organizadores con un fuerte compromiso con la creación de un futuro político más democrático (incluido uno de nosotros, Alex Chow, quien fue encarcelado por su participación en las manifestaciones prodemocráticas del Movimiento de los Paraguas de 2014).

Todos los años, los estudiantes de la Universidad de Hong Kong limpiaban el pilar, con especial atención en las palabras grabadas en su base: “Los viejos no pueden matar a los jóvenes para siempre”.

Las organizaciones estudiantiles han sido un semillero importante para el activismo.

Desde siempre, se reconoce su fuerza: durante las negociaciones chino-británicas sobre el futuro de Hong Kong en la década de 1980, el Partido Comunista de China consideró que las organizaciones estudiantiles eran un recurso que ayudaba a difundir la idea de devolver Hong Kong a su patria. Después de la masacre de Tiananmén de 1989, fueron las organizaciones de estudiantes las que encabezaron la ofensiva para cortar los lazos con Pekín. Tan solo en los últimos diez años, los grupos estudiantiles lideraron el movimiento contra la educación nacional de 2012, el Movimiento de los Paraguas de 2014 y el movimiento contra la ley de extradición de 2019.

Ahora, los gestores universitarios en Hong Kong castigan a los estudiantes por manifestar opiniones disidentes en el campus. Al abandonar su papel neutral y su dedicación a la libertad de expresión, las universidades han pasado de ser reinos de iluminación política a teatros de vigilancia y control estatal.

En conjunto, la remoción de la columna y la inhabilitación de las organizaciones estudiantiles suponen en la práctica el desmantelamiento de la sociedad civil de Hong Kong. Las libertades académica y política sufren con su ausencia forzada.

Aunque era solo cuestión de tiempo para que el gobierno atacara los fundamentos del movimiento democrático, no deja de ser sorprendente comprobar la fragilidad de las infraestructuras institucionales y la integridad de las instituciones públicas ante la presión del gobierno chino.

Las organizaciones estudiantiles de otras universidades de la isla están ahora entre la espada y la pared: si se pronuncian sobre los acontecimientos políticos de Hong Kong, se arriesgan a sufrir consecuencias, entre ellas la de ir a la cárcel. El silencio significa que las organizaciones estudiantiles pueden no sobrevivir un año más. Ante el riesgo de encarcelamiento inmediato o de suspensión de los estudios, muchos líderes estudiantiles renunciaron a sus cargos, lo cual paralizó a las organizaciones.

Esto no puede significar el fin de la sociedad civil de Hong Kong.

Debería ser una advertencia para el mundo académico mundial.

Las universidades de otros países deberían crear programas de estudios sobre Hong Kong y ofrecer refugio a los académicos y estudiantes que esperan estudiar Hong Kong desde lejos. Dada la amplia vigilancia mundial de Pekín, los investigadores y los académicos deberían mejorar los protocolos para comunicarse de manera segura con colegas y estudiantes de Hong Kong.

Estos acontecimientos preocupantes también deberían impulsar un replanteamiento del propio movimiento. Tenemos que buscar en otra parte para reconstruir la sociedad civil de Hong Kong, aunque sea de forma diferente.

La semana pasada, el presidente estadounidense, Joe Biden, manifestó su preocupación por las prácticas del gobierno chino en Hong Kong en una reunión con el presidente Xi Jinping. Biden ofreció refugio temporal a los hongkoneses en Estados Unidos. El congreso está considerando vías humanitarias, como la Ley de Puerto Seguro de Hong Kong y la Ley de Libertad y Elección del Pueblo de Hong Kong. Ambas leyes pueden ofrecer refugio en el extranjero a los miembros de la sociedad civil.

Puede resultar difícil estar atento a las muchas maneras en que China reprime a Hong Kong. Pero esta última medida no puede ser ignorada. Lo que está en juego —los futuros líderes, la libertad y la rendición de cuentas— es demasiado valioso.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

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