Una película de Disney rompía el molde de verdad hace 20 años y nadie pestañeó, no como ahora

·9  min de lectura

Por desgracia se ha hecho habitual que con cada estreno de Disney o alguna de sus marcas asociadas (Star Wars, Pixar, Marvel), se genere una campaña de odio y boicot en contra del estudio, generalmente debido a algún detalle de inclusión o diversidad. La última en sufrir esta ola reaccionaria conservadora ha sido Lightyear, que ha levantado mucho revuelo y críticas homófobas por incluir el primer beso entre dos personas del mismo sexo en la historia de las películas animadas de Disney.

Pero hay muchos más casos. Recientemente, la saga Star Wars ha recibido mucha hostilidad por sus personajes femeninos o racializados. Y tres cuartos de lo mismo con Capitana Marvel, la primera película del UCM centrada en una mujer, o la nueva serie Ms. Marvel, protagonizada por la primera superheroína musulmana del estudio, todas ellas víctimas de review bombing (votos en masa organizados para bajar sus notas en Internet con la idea de perjudicar su rendimiento comercial). El machismo, la homofobia o el racismo no son nuevos, pero últimamente se ven legitimados de tal manera que han cobrado una fuerza inusitada, especialmente en Internet. Sin embargo, hace dos décadas, cuando todavía no existían las redes sociales, una película desafió la norma y se adelantó a su tiempo con elementos inclusivos y diferentes, pero nadie pestañeó. Fue Lilo y Stitch, que acaba de cumplir 20 años y sigue tan fresca, original y rompedora dentro de Disney como siempre.

'Lilo y Stitch' (Disney)
Imagen del póster de ‘Lilo y Stitch' (Disney)

Cualquier cosa que se aleje del patrón hegemónico de la sociedad occidental se lleva el calificativo despectivo de woke o se enfrenta a críticas por “inclusión forzada”. Hablo de protagonistas de color, mujeres al frente de grandes sagas de acción o personajes LGBTQ+, por muy secundarios que sean, y por mucho que existan en la vida real. Aunque hemos avanzado en muchas cosas, paradójicamente cada vez nos encontramos con más oposición a esos elementos, amplificada por unas redes sociales en las que, desgraciadamente, lo negativo hace más ruido que lo positivo.

Sin embargo, hace unos años, las cosas eran de otra manera. En 2002 se estrenaba Lilo y Stitch, el clásico número 42 de la factoría Disney, una película que rompía el molde del estudio con una propuesta que se alejaba considerablemente de los cuentos de hadas y princesas a los que siempre ha sido asociada. La película, escrita y dirigida por Dean DeBlois y Chris Sanders, no estaba basada en ningún cuento, sino que era una idea completamente original, y tampoco se ambientaba en el pasado lejano, como la mayoría de largometrajes animados de Disney, sino que era una historia moderna, ambientada además en un lugar inexplorado: Hawái.

Lilo y Stitch es una entrañable comedia de acción y ciencia ficción sobre un pequeño pero salvaje y poderoso alienígena que se refugia en la Tierra huyendo de su creador, donde conoce a una niña diferente que lo adopta creyendo que es un perro, encontrando con ella un nuevo hogar donde aprende lo que significa ser una familia. Stitch es una de las creaciones más originales e icónicas de la era moderna de Disney y la película fue un rotundo éxito de taquilla, dando lugar a varias secuelas directas a vídeo y series que continuaban la historia y expandían su universo dando a conocer a otros experimentos científicos como Stitch.

Echando la vista atrás, Lilo y Stitch está llena de detalles que hoy en día quizá habrían levantado mucha polvareda entre los sectores conservadores que gritan “¡woke!” a la primera de cambio. Veamos, la película está protagonizada por una familia nativa hawaiana racializada, muchos años antes de que Vaiana se alzara como la primera princesa polinesia de Disney. Los personajes se alejan del canon imposible de belleza asentado en el estudio, especialmente Nani, la hermana mayor y cuidadora de Lilo, que presenta un tipo de cuerpo más real sin darle importancia en la historia, normalizándolo sin más.

El film incorpora bastantes aspectos de la cultura hawaiana con respeto y cuenta con una protagonista femenina muy distinta a la clásica princesa Disney, una niña volátil y socialmente inadaptada, fan de Elvis Presley y con un toque bastante subversivo y pesimista dentro de ella. Pero si hay un aspecto por el que Lilo y Stitch destacó es por no centrarse en una historia de amor romántico, sino en la relación entre dos hermanas huérfanas. Lilo y Nani luchan por seguir adelante afrontando su enorme pérdida, mientras Nani trata de salir a flote en una situación económica difícil, que plantea retos diarios reales. Todo esto enriquece mucho una historia en la que Stitch no es solo un héroe improbable y divertidísimo, sino también una herramienta para hablar sobre una familia diferente y colocar en el frente a un tipo de personaje que apenas habíamos visto en el cine infantil y familiar.

Con motivo del vigésimo aniversario de la película, uno de sus directores, Chris Sanders, reflexionó sobre su éxito y legado en una entrevista reciente con The New York Times, en la que expresó su frustración con el fenómeno Frozen, a la que muchos alabaron por dar más importancia a una relación fraternal, en lugar del clásico romance, algo que Lilo y Stitch había hecho muchos años antes sin armar tanto revuelo. “Creo que Frozen es genial”, dice Sanders, “pero para mí fue un poco frustrante porque la gente decía, ‘por fin, una relación no romántica entre dos chicas’, y yo pensaba, ‘¡Nosotros lo hicimos! Es absolutamente algo que ya se ha hecho antes’”.

Efectivamente, Lilo y Stitch rompió el molde mucho antes de que Frozen se convirtiera en símbolo y estandarte de esta nueva era de Disney en la que el factor romántico pasaba a segundo plano, y mucho antes de que Vaiana, Raya (Raya y el último dragón) o Mirabel Madrigal (Encanto) nos ofrecieran otro tipo de protagonista femenina, racializada, heroica y en ningún caso definida por su relación con un contraparte masculino. Pero para ser justos, debemos señalar que Lilo y Stitch no está sola, ya que pertenece a una etapa de Disney caracterizada por la experimentación, las nuevas ideas y la voluntad de alejarse de la norma que el propio estudio había implantado a lo largo de los años.

Hablo de esa primera década del nuevo milenio en la que Disney probó cosas nuevas, con resultados mixtos, pero muy interesantes. En El emperador y sus locuras o El planeta del tesoro, el componente romántico ya no era central. En Hermano Oso, la historia se centraba, al igual que Lilo y Stitch, en una relación fraternal entre indígenas inuit. Y películas como Zafarrancho en el rancho, Chicken Little, Descubriendo a los Robinsons o Bolt no nos hablaban de historias de amor tradicionales, sino de amistades, familias y otros tipos de relaciones. Es decir, el cambio que vemos ahora en Disney y que tanto critican algunos como “forzado”, lleva años sucediendo sin que nadie le diera tanto peso.

Claro que, de entre todas ellas, Lilo y Stitch es quizá la que mejor representa ese cambio, y una de las que mejor han envejecido con el tiempo. Si se estrenara hoy, quizá se encontraría con críticas por sus protagonistas inclusivos, por sus cuerpos aleados del canon imposible de las princesas de cintura minúscula y ojos enormes (recordemos el revuelo causado por el rediseño de Lola Bunny en Space Jam: Nuevas Leyendas para hacerla menos sexy) o incluso por tener un personaje secundario que se viste de mujer. Y es que, aunque Pleakley no tiene sexualidad definida en la película, muchos han querido ver en ese personaje una alegoría queer o transgénero, de nuevo, algo que cierto sector de la audiencia rechazaría en nombre de la protección de los niños.

Pero es que los niños no le dan importancia a todas esas cosas. Son los adultos los que hacen que lo que los pequeños ven con normalidad e inocencia, como el amor entre dos personas del mismo sexo, los cuerpos alejados del canon normativo, la diversidad racial y cultural o las protagonistas independientes, se convierta en algo que temer o mirar con extrañeza, una amenaza contra la hegemonía que hasta ahora ha imperado y que, poco a poco, se va resquebrajando. En otras palabras, son los adultos los que pervierten la mirada de los niños, no las películas de animación con representación o valores inclusivos.

Hace 20 años, Disney estrenó una película transgresora y adelantada a su tiempo que conquistó al público y fue clave en la evolución de la compañía, que se alejaba poco a poco de los valores arcaicos y los clichés que la habían definido hasta hacía muy poco. Lilo y Stitch fue un éxito principalmente gracias a su preciosa historia, que enseñaba a todo el mundo lo que significaba la palabra ohana y las diferentes formas que podía tomar una familia, a su sentido del humor y su excelente fusión de acción, ciencia ficción y aventura, a su genial diseño y estilo, y sobre todo a esa inspiradisíma creación que es Stitch, un personaje inolvidable.

Desde entonces, han cambiado muchas cosas, para bien y para mal. Películas como Frozen, Vaiana o Encanto han llevado a Disney en un camino de reinvención y redención, uno que no existiría de no ser por precursoras como Lilo y Stich, que lo allanaron sin hacer apenas aspavientos. En 2022, nos encontramos con una fuerza regresiva que quiere impedir que el cine para toda la familia incluya diversidad y representación de colectivos que hasta hace poco no se habían visto en él. Se quejan de que hoy en día todo es “woke” o utilizan a los niños como excusa para propagar su odio, pero no se dan cuenta de que hace 20 años, un extraterrestre azul y una extraña niña hawaiana colaron en sus hogares una historia con todo eso que hoy en día tanto les molesta.

Lilo y Stitch está disponible en streaming a través de Disney+.

Más historias que te pueden interesar:

Nuestro objetivo es crear un lugar seguro y atractivo para que los usuarios se conecten en relación con sus intereses. Para mejorar la experiencia de nuestra comunidad, suspenderemos temporalmente los comentarios en los artículos.