¿El peso argentino puede desaparecer?: crónica de los cambios de moneda que debió soportar la Argentina

Pilar Wolffelt
·12  min de lectura

Hace unas semanas un exviceministro de Economía reavivó el fantasma de un posible cambio monetario, algo que ya pasó muchas veces en la Argentina.

Es que la constante devaluación que sufre la moneda argentina -ya sea por "goteo" o mediante los temidos saltos del dólar- hacen que la emisión de billetes de mayor denominación parezca un paso lógico.

Frente a ello, el economista y consultor Orlando Ferreres advirtió que eso aceleraría el camino hacia un nuevo "cambio de moneda" en la Argentina. Es decir, dejaría de existir el peso.

Esto, como se señaló, no sería nuevo: nuestra moneda ha tenido una vida agitada y, al estilo de los camaleones, modificó su signo monetario reiteradamente a través de los años para adaptarse al contexto.

Como un mecanismo de reseteo defensivo, ante escenarios económicos complejos y signados por altos niveles de inflación, diversos gobiernos han implementado sucesivas estrategias monetarias, que se caracterizaron por la quita de dígitos en reiteradas ocasiones para volver a empezar. Cuatro veces se modificó el nombre de nuestra moneda y 13 ceros perdió nuestra principal herramienta de intercambio económico en los 22 años que van desde 1970 y a 1992 (último cambio por el peso, que dura hasta hoy).

"A partir de los años 70, entramos en un ciclo de decadencia sostenida hasta la actualidad, arrastrando a la moneda argentina, que fue cambiando de nombre a medida que había que borrarle los ceros que dejaban las hiperinflaciones", describe en diálogo con iProfesional Silvio Santamarina, periodista, licenciado en Letras y autor del libro "Historia de la Guita. La cultura del dinero en la Argentina".

Por su parte, el economista Fabián Medina explica que "cada cambio de moneda es el mismo punto de inicio, pero dos pisos arriba". Es decir, que no se vuelve nunca al punto cero, sino que se alcanzó un nivel límite de inflación, se cambió el número, el billete y la moneda, pero se acumula la inflación previa. "En el fondo, sigo comprando lo mismo con lo mismo, pero es una ilusión el hecho de restar ceros. No cumple un efecto económico efectivo en sí mismo", resume.

La inflación mundial promedio es de un dígito, pero los argentinos estamos acostumbrados a convivir con niveles mucho más elevados. He aquí el origen del problema. "Los cambios de signo monetario se originan cuando la moneda pierde la característica de reserva de valor. Esto la convierte en una herramienta formal de intercambio. Muchos piensan que solo una convertibilidad o una dolarización, que en algún sentido son similares, son soluciones posibles para estas situaciones, pero a largo plazo generan una depresión del sistema económico, como pasó entre 1999 y 2001", advierte Medina.

Así, llegamos a tener el famoso billete de un millón de pesos, sobre el final de la dictadura militar, que se usaba para compras cotidianas, luego tuvimos el Austral del alfonsinismo, que también borró varios ceros del billete y el peso convertible "uno a uno" del menemismo volvió la cuenta inflacionaria a cero hasta que el crack del 2001 sinceró nuestra realidad monetaria.

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En el siglo XIX, las autoridades argentinas pidiendo créditos a Gran Bretaña para acumular reservas de oro

Origen monetario

Es así como Santamarina cuenta que "el trauma argentino con su moneda es caso de estudio en todo el mundo desde hace años y que la inestabilidad monetaria nos define como sociedad, respecto de las normas escritas y la legitimidad que le atribuimos a los gobiernos que supuestamente nos representan". Por eso, vale la pena analizar el camino previo que nos llevó a esta vorágine de cambios de signos monetarios que se dio en los últimos 50 años.

"El origen de la moneda coincide con el nacimiento de la nación. La célebre Asamblea del año XIII ordenó acuñar moneda, y los billetes vinieron unos años después", cuenta Santamarina. Tal como él lo anticipa, esos primeros papeles argentinos de circulación pertenecían al signo monetario Peso Moneda Corriente y estuvieron vigentes desde 1826 hasta 1881. Se fabricaban en Inglaterra, no eran convertibles y algunos incluían los rostros de figuras de la independencia americana. En esos años, la Argentina tenía múltiples monedas, algunas provinciales y otras nacionales, como el peso fuerte.

Según el estudioso de la historia monetaria, durante todo el siglo XIX, las autoridades argentinas se la pasaron pidiendo créditos a Gran Bretaña para acumular reservas de oro con las que respaldar las emisiones de dinero local, pero las corridas cambiarias y las fugas de capitales creaban crisis recurrentes. El caos reinaba por esos años, dado que bancos, provincias, municipios, fábricas y hasta peluquerías y cafeterías emitían sus propios vales y billetes para cubrir la falta de circulante. "Teníamos monedas totalmente descoordinadas y eran acuñadas en el exterior", acota Medina.

Recién sobre finales del siglo XIX se logró unificar la emisión en todo el territorio. Eso sucedió durante la primera presidencia de Julio Argentino Roca, en noviembre de 1881, cuando se sancionó la Ley 1.130 de Unificación Monetaria Nacional, que instituyó el Peso Moneda Nacional como signo único y federal. "Fue muy exitoso porque duró casi un siglo, hasta comienzos de la década de 1970", resalta el especialista.

Esos años, sin embargo, no pasaron sin novedades: un hito a destacar fue la creación, en 1890, de la Caja de Conversión, durante el gobierno de Carlos Pellegrini, que unificó la emisión de la moneda nacional, ya que -hasta ese momento-todos los bancos estaban autorizados a emitir billetes siempre que realizaran un depósito en oro en el tesoro nacional, que funcionara como respaldo. Y, tiempo después, en 1935, se creó el Banco Central (BCRA), que reemplazó a la Caja de Conversión en su rol de autoridad monetaria.

Unificación de la base monetaria

Tal como lo cuenta Alexandre Roig, doctor en sociología económica del desarrollo, investigador del CONICET y secretario Académico de la Universidad Nacional de San Martín, "durante el siglo XIX y comienzos del XX, se dio un proceso histórico de unificación de la base monetaria que culminó con la creación del BCRA". Cuenta que esto llevó a una faceta de moneda única, pero signada por tres características:

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Con la unificación de la base monetaria, se incluyó el uso del dólar como moneda de intercambio cotidiano

1. Una constante tensión subyacente con múltiples formas monetarias. "La historia monetaria argentina es federal y una de sus primeras características es una tensión entre una moneda única y otras provinciales", indica.

2. La inclusión del uso del dólar como moneda de intercambio cotidiano, que da lugar a otra serie de tensiones estructurales.

3. Y el tercer gran eje es que lo monetario es uno de los lugares de la disputa política del país. "Es un espacio de pelea por el poder y no hay acuerdo respecto de cómo se cuentan las cosas", señala.

Por eso, Roig observa que los distintos cambios de signo son intentos de estabilizar o estas tensiones y considera que "la discusión no debe centrarse en si cambiamos el nombre, sino que lo importante es tener una institucionalidad monetaria que esté vinculada con un sistema de crédito, ahorro y consumo distinto".

Explica que hoy sólo se apunta al consumo porque se pone el foco en el consumo, pero que inflación no es una enfermedad en sí misma, sino un síntoma. "De nada sirve cambiar la moneda si no expresa lo central de lo social, que es el crédito, el trabajo, el ahorro y la producción", dice.

El primer borrón: dos ceros menos

Santamarina explica que el largo período de relativa estabilidad monetaria que se dio entre 1881 y 1970 coincide con la Argentina que mantenía aspiraciones de potencia económica entre los países desarrollados. Pero, tras varios años de existencia, el Peso Moneda Nacional fue perdiendo poder de compra a medida que fueron creciendo los índices inflacionarios de la economía nacional y eso llevó a que, en abril de 1969, se resolviera reemplazar el signo monetario a través de la Ley 18.188, que entró en vigencia en 1970.

Ese fue el primer antecedente de una tendencia que se haría mucho más frecuente años después dado que se dispuso la supresión de dos ceros en las monedas y billetes. Es decir que 1 peso Ley 18.188 equivalía a 100 pesos Moneda Nacional. "Hasta ese momento, hubo cierta estabilidad y, desde ahí, se empieza a acelerar el proceso", explica Media.

Riog asegura que, si bien este tipo de medidas es común en las historias monetarias de los países, en el caso argentino lo que se destaca es que las teoría y los imaginarios que inspiran los cambios de signo monetario es que se interpretan, desde 1970 en adelante, es la pérdida de confianza en la moneda. "En los años 70 se construye este fundamento teórico que estará detrás del Plan Austral y de la Convertibilidad", destaca. Por eso, resalta la importancia de cambiar este concepto para que la confianza se construya durante un proceso y no sea vista como punto de partida.

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La convertivilidad determinó la equivalencia entre un peso y un dólar

El fugaz peso argentino y el Plan Austral: siete ceros menos

Trece años vivió el peso Ley 18.188 porque en 1983, por medio del Decreto 22.707, se reemplazó por el Peso Argentino (le sacaron cuatro ceros y 10.000 Pesos Ley 18.188 equivalían a cada peso argentino). Sin embargo, la inflación fue en promedio de 650% anual y el Peso Argentino perdió su valor.

Ante esta situación, en 1985, durante el gobierno que marcó el regreso a la democracia, se implementó el Plan Austral, un programa de estabilización monetaria que ejecutó el segundo ministro de economía del gobierno de Raúl Alfonsín, Juan Sourrouille. Así, el signo monetario nacional pasó a ser el Austral.

El objetivo principal de esta medida, una vez más fue contener la inflación en miras de la alta variación de precios registrada entre 1975 y 1982, años en los que el tipo de cambio respecto al dólar se devaluó en más de 200.000%. Así, la medida central de este programa fue el cambio del signo monetario. Se le quitaron tres ceros al Peso Moneda Nacional (un austral equivalía a 1000 pesos argentinos) y esto fue acompañado de un fuerte control de precios.

Aunque el Plan Austral logró inicialmente el objetivo de reducir la inflación, que en los primeros meses de aplicación rondó el 2% mensual, en 1986, se le introdujeron algunos ajustes y las empresas fueron autorizadas a subir los precios para compensar los aumentos de salarios. En 1988, la economía argentina acentuó la inflación. El país había interrumpido el pago de su deuda externa y los bancos internacionales se negaban a prestarle fondos. Ante esta situación, Sourrouille renunció a su cargo en marzo de 1989 y asumió Juan Carlos Pugliese en el Ministerio de Economía, quien solo duró 40 días y lo reemplazó Jesús Rodríguez.

Alfonsín resuelve adelantar la convocatoria a elecciones y ganó Carlos Saúl Menem y, tras el resultado electoral, se acentuó la inflación, dando inicio a una etapa de hiperinflación, que alcanzó índices de 764% en mayo de 1989. La hiperinflación continuó y en 1989 el Austral se desvalorizó un 4700% respecto al dólar.

La Convertibilidad: cuatro ceros menos

En 1991, el gobierno de Carlos Menem repite la fórmula de cambiar el signo monetario y sacarle ceros, aunque con nuevos componentes. Así, se instauró el Peso en reemplazo del Austral. El Decreto 2.128 estableció el llamado Plan de Convertibilidad, que estableció que 10.000 australes equivaldrían a un peso (se le quitaron cuatro ceros). La Ley de Convertibilidad (Ley 23.928) determinó, además, la equivalencia entre un peso y un dólar.

El futuro de nuestra moneda sólo podría ser distinto si el país da un giro realmente importante
El futuro de nuestra moneda sólo podría ser distinto si el país da un giro realmente importante

El futuro de nuestra moneda sólo podría ser distinto si el país da un giro realmente importante

Lo que hizo el ministro de Economía de ese momento, Domingo Cavallo, fue apostar a la confianza que los argentinos tenían en el dólar y, con el aval del Fondo Monetario Internacional (FMI), logró así una estabilidad monetaria y cambiaria que duró menos de 10 años.

Más allá de los cambios económicos que se sucedieron después, ese mismo peso es el que tenemos hoy en día. Sin embargo, no vale lo mismo. "Entre 1991 volvimos a usar las monedas pequeñas, de 1, 5 y 10 centavos porque teníamos un dólar a un valor relativamente bajo aún, todavía valía el centavo. Hoy, ya tenemos monedas de hasta 10 pesos y, seguramente, veremos las de 20", acota Medina para ilustrar el proceso devaluatorio de nuestro signo monetario. Y detalla que el papel se rompe y la moneda no, entonces, debido al alto nivel de circulación, en nuestro caso por la inflación, se opta por la pieza metálica.

Es así, como, si existiera una equivalencia entre el Peso Moneda Nacional de 1881 y el Peso vigente en la actualidad, equivaldría a $0,0000000000001. Santamarina advierte que la pérdida de valor de la moneda tiene consecuencias muy evidentes porque la definición clásica del dinero establece que es reserva de valor, unidad de cuenta y medio de transacción.

"Si esas tres funciones se deshacen en un país, inevitablemente impacta en el tejido social, afectando las relaciones personales, comerciales y productivas por la falta de parámetros comunes. Es como andar sin brújula. Ya no es una promesa de pago, en realidad, es apenas una convención cultural de una supuesta acumulación de valor social que cada tenedor de billetes aportó a la comunidad", señala.

Así, anticipa que el futuro de nuestra moneda sólo podría ser distinto si el país da un giro realmente importante en su modo de organizarse en torno a valores básicos que justifiquen nuestra convivencia en un mismo territorio y bajo la misma bandera, pero confiesa que no vislumbra que eso sea posible en un horizonte cercano.

Medina, en tanto, señala que, "cada vez que la Argentina hace esos cambios, atraviesa devaluaciones muy fuerte y se termina enredando en su propio carretel". Por eso, asegura que lo que se debe hacer es "dejar de implementar fórmulas repetidas y desarrollar una política económica acorde para la nuestro país".

Para Roig, lo que hace falta una propuesta de una nueva estabilidad de la moneda que salga del debate en términos dicotómicos. "Deberíamos dejar de pensar la moneda como un instrumento. Es una institución y tememos que hallar las formas monetarias que nos permitan regular el conflicto institucionalmente, lo que implica que las reglas monetarias correspondan al conjunto de la sociedad, ya que lo monetario es un fenómeno total y la moneda debe dejar de expresar intereses parciales, algo difícil en un país tan grande y heterogéneo, pero no imposible", concluye Roig.