Un piquete que vale la pena

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Médicos, científicos y expertos en salud respaldan vehementemente la vacunación de los niños contra el covid-19. Pero los padres no están tan seguros.

ABI HAMMOND difícilmente encaja en el perfil de las personas antivacunas. Esta mujer de 30 años, propietaria de un gimnasio, preparadora física y entrenadora no solo ha hecho que sus dos hijos de siete y 11 años de edad se mantengan al corriente con respecto a sus vacunas, sino que también se asegura de inocularlos cada año contra la influenza.

Sin embargo, no será la primera en anotar a sus hijos en la lista de niños menores de 12 años que se vacunarán contra el covid-19. De hecho, ni siquiera está segura de inscribirlos.

“Realmente tengo un conflicto”, dice. “¿El nivel de la enfermedad es significativo en los niños? No sé la respuesta. Inicialmente nos decían: ‘No es nada grave para los niños’. Y más tarde llegó el momento en que se aplicarán vacunas a los niños. Y yo pensé: ‘En realidad también es muy grave para los niños’. Pero después me dije: ‘Esperen un segundo…’ Este diálogo cambia constantemente. Es muy confuso. Y se ha convertido en algo muy político”.

En otras palabras, los padres no están muy convencidos de vacunar a sus hijos. De acuerdo con una encuesta realizada por la Fundación Kaiser Family, cuatro de cada diez padres con hijos de entre cinco y 11 años planean “esperar un poco para ver cómo van las cosas” antes de vacunar a sus hijos. Sus reservas son de todas clases: a algunos les preocupa que la vacuna no sea segura. Otros piensan que los gobiernos han exagerado la amenaza que plantea el covid-19 para los niños. Un pequeño porcentaje se opone a cualquier tipo de vacunas.

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Sin embargo, muchas personas, como Hammond, que planea “esperar hasta que el diálogo se estabilice un poco”, simplemente están confundidas por todo el ruido.

Portada de noviembre de 2021 de la revista Newsweek México.

Desde el inicio de la pandemia se ha producido una gran cantidad de ruido que va desde una honesta incertidumbre científica sobre cómo hacer frente a este fenómeno, hasta declaraciones contradictorias hechas por funcionarios de salud pública y la desinformación y las mentiras de los teóricos de las conspiraciones y de los oportunistas políticos. A dos años de iniciada la pandemia, el conocimiento médico acerca del virus ha avanzado a pasos agigantados, pero no ha ocurrido lo mismo con el conocimiento del público. Eliminar la confusión podría marcar la diferencia entre volver a algo parecido a la normalidad o continuar sufriendo olas periódicas de emergencia y confinamiento.

En el caso de la vacunación de los niños, gran parte de la confusión se debe a que existen dos argumentos médicos a favor de ella. Ambos tienen que ver con la difícil cuestión del riesgo.

El primero de esos argumentos, que ha sido divulgado desde hace tiempo por los expertos en salud pública, es que la vacunación infantil reduciría la propagación general del virus. Los niños tienen un riesgo mucho menor de enfermar gravemente o de morir que los adultos, pero al parecer tienen las mismas probabilidades de transmitir la enfermedad. Sin embargo, muchos padres desconfiados consideran que este argumento equivale a pedirles que arriesguen a sus hijos para proteger a alguien más.

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El segundo argumento, que ha adquirido fuerza con la propagación de la variante Delta y que podría resultar más atractivo para los padres desconfiados, es que, en medio de un reciente y pronunciado aumento en el número de casos, los riesgos para los niños son mayores que lo que se creía originalmente. ¿Qué tan altos? Para dar un poco de contexto, en un año típico, la enfermedad que provoca la muerte a más niños en Estados Unidos es el cáncer (alrededor de 1,800 muertes), seguido por las cardiopatías (alrededor de 600 muertes). Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) calculan que, en los últimos dos años, el covid-19 ha provocado la muerte de alrededor de 570 niños estadounidenses y ha enviado al hospital a alrededor de 22,000.

“Si bien esto no representa el mismo grado de mortalidad y hospitalización que se observan en los adultos, sí constituye una importante causa de muerte y de hospitalización en los niños”, afirma Yvonne Maldonado, experta en enfermedades infecciosas pediátricas de la Universidad de Stanford y presidenta del Comité de Enfermedades Infecciosas de la Academia Estadounidense de Pediatría (AAP), que ha asumido una función preponderante al instar a los padres a que vacunen a sus hijos si estos son elegibles. “La pregunta es: ¿queremos prevenir las muertes infantiles?”

Esa pregunta podría tener una respuesta fácil para los médicos y los expertos en salud pública. Sin embargo, no es tan clara para los padres como Hammond, y ellos son quienes necesitan ser convencidos para hacer que sus hijos se vacunen.

Alumnos asisten a clases virtuales en el Club Olivet para Niños y Niñas de Reading, Pennsylvania, en enero pasado. (Foto: Ben Hasty/Getty)

“TENSIÓN SIN PRECEDENTES”

El año pasado, el confinamiento, las clases en línea y otras medidas de mitigación pudieron haber disimulado la vulnerabilidad de los niños y ayudaron a crear la falsa impresión de que estaban protegidos. Sin embargo, los casos pediátricos aumentaron notablemente a finales del verano y principios del otoño, impulsados por la variante Delta y el regreso a las aulas. El número de niños y adolescentes hospitalizados por casos confirmados de covid-19 ya habían aumentado en agosto, debido en gran medida a la variante Delta. Cuando las escuelas abrieron en septiembre, el número de nuevos casos aumentó alarmantemente por semana, alcanzando niveles que superaban incluso a aquellos vistos durante el pico ocurrido en el invierno pasado.

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En agosto y septiembre, el covid-19 fue la principal causa de muerte para los estadounidenses de entre 35 y 54 años de edad, y la sexta o séptima causa principal de muerte en niños, de acuerdo con cifras recientes publicadas por la Fundación Kaiser Family. En un momento dado, la situación era tan grave que la Asociación de Hospitales Infantiles, que representa a 220 nosocomios, envió una carta al presidente estadounidense Joe Biden advirtiéndole que muchos hospitales estaban cerca de alcanzar el máximo de sus capacidades y experimentaban una “tensión sin precedentes”, por lo que solicitaban su ayuda.

En las últimas semanas, esas cifras en niños y adultos han comenzado a disminuir de manera importante, debido en parte a la creciente inmunidad natural de quienes ya han sido contagiados, a las nuevas restricciones y a los niveles de vacunación cada vez mayores en las áreas más golpeadas. Sin embargo, muchos proveedores de servicios de salud de primera línea señalan que lo que han visto en los hospitales no hace más que subrayar la importancia de la vacunación.

“Una de las cosas que aprendimos claramente en 2021, y que quizá no haya sido tan clara en 2020, es que los casos pediátricos de covid-19 se deben tomar en serio”, señala James Versalovic, patólogo en jefe del Hospital Infantil de Texas, en Houston, donde se ha hospitalizado a 1,400 niños por covid-19 desde el inicio de la pandemia. “He visto demasiados niños en nuestra unidad de cuidados intensivos, en nuestros centros de emergencia o conectados a ventiladores. Estos son graves descalabros para los niños”.

Michael Klatte, jefe de la división de enfermedades infecciosas del Hospital Infantil Dayton de Ohio, el cual cuenta con 182 camas, afirma que, de todos los niños que ha visto en los últimos meses, incluidos aquellos de más de 12 años, ninguno había sido vacunado. “Ojalá que la gente pudiera ponerse en mis zapatos durante un día y ver lo que estamos viendo aquí”, dice. “Tengo hijos, y para mí es muy duro ver a otros padres derrumbándose después de pasar muchas noches en vela con sus hijos en el hospital”. Añade que “llevé a vacunar a mi hijo de 12 años, pero también tengo una hija que tiene menos de 11. Puedes apostar a que, tan pronto como la vacuna sea autorizada para su uso con niños de cinco a 11 años, yo estaré en la fila con ella”.

RIESGOS REALES

Sin embargo, y a pesar del aumento en el número de infecciones entre los niños, muchos padres rehúyen a las vacunas porque temen los efectos secundarios o les preocupa que esos medicamentos hayan sido desarrollados con demasiada rapidez, por lo que no sabemos lo suficiente acerca de ellos.

Personal escolar revisa la temperatura de los niños antes de permitirles el paso al área de juegos. (Foto: Kali Nine/Getty)

Maldonado, del Comité de Enfermedades Infecciosas de la Academia Estadounidense de Pediatría, y quien dirige ensayos clínicos para niños de entre cinco y 11 años en el Centro Médico de la Universidad de Stanford, explica a sus pacientes que las tecnologías de ARN mensajero que se utilizan en las vacunas han estado con nosotros durante dos décadas. Afirma que la velocidad con la que las vacunas fueron desarrolladas y probadas se debió, en parte, a la cantidad de dinero disponible para financiar los estudios.

“Los fondos para acelerar los ensayos con las vacunas no estuvieron disponibles realmente para otras vacunas”, afirma. “Estas vacunas [contra el covid-19] se elaboraron con protocolos que son tan seguros como los ensayos con vacunas que se han realizado para otras enfermedades durante muchos años desde que se vacuna a los niños. Se trata de vacunas muy, muy bien estudiadas, probablemente más que cualquier otra vacuna de la historia”.

Los efectos secundarios observados hasta ahora en la gran mayoría de los diez millones de adolescentes de Estados Unidos que han recibido vacunas contra el covid-19 han sido leves, afirma Lee Savio Beers, pediatra y presidenta de la AAP. Los peores efectos secundarios para la mayoría de los niños consisten en una fiebre baja y síntomas leves parecidos a los de la influenza que desaparecen rápidamente.

“Los hemos supervisado continuamente después de haber sido vacunados como lo hicimos con los adultos y como lo hacemos con todas las vacunas”, dice. “Se trata de algo bastante rutinario, y seguimos observando que la vacuna es segura y efectiva”.

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Entre los adultos ha habido casos extremadamente infrecuentes de complicaciones peligrosas. De acuerdo con los CDC, del 14 de diciembre de 2020 hasta el 27 de septiembre de 2021 se han administrado más de 90 millones de dosis de vacunas en Estados Unidos. Entre las personas vacunadas se produjeron 8,164 informes de fallecimientos (0.0021 por ciento). En la inmensa mayoría de esos casos se descubrió, después de una inspección más detallada, que las muertes habían sido incidentales y no habían sido producidas por la vacuna. Las excepciones notables fueron los 47 informes confirmados de coágulos sanguíneos (de un total de aproximadamente 15 millones de dosis), producidos por el síndrome de trombosis con trombocitopenia (STT), un suceso adverso grave y poco común, tras la administración de la vacuna de Johnson & Johnson/Janssen. Existe una “relación causal plausible” entre esas complicaciones y algunos de los fallecimientos, señalan los CDC.

Otras complicaciones han sido atemorizantes, pero tratables. Aproximadamente entre dos y cinco personas vacunadas por millón en Estados Unidos han presentado una reacción alérgica grave conocida como anafilaxis. La mayoría de ellas fueron tratadas rápidamente. Algunas personas que recibieron la vacuna de J&J/Janssen han padecido el Síndrome de Guillain-Barré (SGB), una rara enfermedad en la que el sistema inmune del cuerpo daña a las células nerviosas, provocando debilidad muscular y, en ocasiones, parálisis. La mayoría de las personas se recupera totalmente del SGB, pero algunas quedan con un daño nervioso permanente.

En las personas jóvenes que han recibido las vacunas de Pfizer/BioNTech o Moderna lo más notable han sido los informes de miocarditis o pericarditis, que son peligrosas inflamaciones de los músculos cardiacos, entre varones de 30 años de edad o menos. Beers afirma que esos casos son “extraordinariamente infrecuentes”, aproximadamente 12 o 13 casos por millón, y que la mayor parte de ellos han sido “muy leves”. En el Hospital Infantil de Texas, Versalovic dice que no ha visto muchos casos de complicaciones debidas a la vacuna. Klatte, del Hospital Infantil Dayton, señala que tuvo un paciente hospitalizado, el cual fue dado de alta tres días después. “Si confrontamos este dato con los cientos de niños que han sido hospitalizados hasta la fecha en el Hospital Infantil Dayton por una infección aguda de covid-19 no hay punto de comparación”, dice.

Una visita al pediatra. (Foto: Viktor Cvetkovic/Gett)

En contraste, los niños tienen muchas más probabilidades de ser hospitalizados por miocarditis debida al covid-19 que por un efecto colateral de la vacunación, y esos casos han sido “mucho más graves”, con una probabilidad mucho mayor de hospitalización durante un periodo largo, afirma Beers.

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“Al ponderar todos esos riesgos y beneficios, el riesgo de infectarse con covid-19 supera con mucho el posible riesgo de la vacuna”, afirma Beers. “Muchos expertos en enfermedades infecciosas pediátricas, cardiología pediátrica y epidemiología han analizado muy cuidadosamente estos datos en la FDA y en los CDC, incluidos muchos de nuestros propios expertos, y confían abrumadoramente en que la vacuna es segura y efectiva para todos los grupos de edades para los que está autorizada”.

Maldonado añade: “Sabemos cómo funcionan las vacunas. Existen por lo menos cinco mecanismos federales y no federales para rastrear la aplicación y la seguridad de las vacunas de manera continua. Esos datos se vigilan con extremo cuidado. Y no hay señales que muestren que la vacunación provoque algún problema. Mientras tanto, ya hemos visto cuántas personas mueren o son hospitalizadas debido a esta enfermedad. ¿Realmente vale la pena esperar?”

MENSAJES MEZCLADOS

Jacqueline Becker, de 47 años y madre de dos niños de 12 y 14 años, respectivamente, de Sarasota, Florida, dice que se ha vuelto profundamente escéptica de las autoridades de atención a la salud. Becker, antigua periodista, comenzó a investigar estudios de vacunación después de que su cita para recibir la vacuna de J&J/Janssen de una sola dosis le fue cancelada la primavera pasada, cuando surgieron informes de efectos colaterales potencialmente mortales (el proceso de vacunación fue reanudado posteriormente).

Cuando comenzó a leer las publicaciones científicas le sorprendió encontrar varias pruebas contradictorias sobre la efectividad de las vacunas, y se alarmó al darse cuenta de la velocidad con que los médicos, científicos y periodistas que cuestionaban el punto de vista generalmente aceptado eran castigados y desacreditados. Señala que la narrativa sobre si la vacuna realmente puede evitar la transmisión ha cambiado constantemente. “Se ha convertido en un asunto de demócratas contra republicanos, de azul contra rojo, con la política impulsada por el pánico”, dice.

En julio pasado, Becker y sus dos hijos sufrieron casos leves de covid-19 y se recuperaron. Más o menos por esa época, según lo averiguado por Becker, el Comité Conjunto sobre Vacunación e Inmunización (JCVI) del Reino Unido, que asesora a los departamentos de salud de ese país en temas de inmunización, afirmó públicamente que los riesgos para la salud de los niños de entre 12 y 15 años de edad eran tan bajos, que la vacunación ofrecería únicamente una “ganancia marginal” y que, por esa razón, las pruebas basadas únicamente en el aspecto sanitario eran “insuficientes” para sugerir que debía ofrecerse la vacunación a todo ese grupo etario. (Los asesores sugirieron que los niños con enfermedades subyacentes debían ser vacunados).

En septiembre, los directores generales de salud de las cuatro naciones (Gran Bretaña, Escocia, Irlanda del Norte y Gales) determinaron que a los niños de entre 12 y 15 años de edad se les debía ofrecer una dosis de alguna vacuna contra el covid-19 para ayudar a reducir la transmisión de la enfermedad y los problemas en las escuelas. Los funcionarios de salud de Francia, Italia, Canadá, España, Israel y muchos otros países llegaron a una conclusión similar a la de Estados Unidos, donde los funcionarios de salud pública determinaron que los beneficios de proteger a los niños de más de 12 años “superaban con creces” los posibles riesgos.

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Sin embargo, para entonces Becker ya había decidido esperar con respecto a la vacunación. Ella piensa que las autoridades de salud pública restan importancia al poder de protección de la inmunidad adquirida después de una infección.

Algunos expertos acreditados afirman que podría tener razón. Marty Makary, catedrático de la Facultad de Medicina de la Universidad Johns Hopkins y colaborador de Fox News que ha hablado en favor de las vacunas, pero en contra de su obligatoriedad, señala que los datos no son tan claros como indican muchos funcionarios de salud pública cuando se trata de los niños.

“El covid-19 en los niños es una enfermedad que se puede prevenir mediante la vacunación, y las vacunas salvan vidas”, declara a Newsweek. “Lo que no se ha hecho es cuantificar los riesgos. Con frecuencia, hemos reducido la cuantificación de riesgos a un simple ‘tienen que’, ‘deben’ o ‘necesitan’ ser vacunados. Pero, ¿cuál es el riesgo real para un niño sano? ¿Qué porcentaje de los 570 niños que murieron de covid-19 en los últimos dos años estaban sanos, y cuántos de ellos tenían enfermedades preexistentes? Nadie tiene las respuestas a esas preguntas”.

En septiembre, Makary afirmó en un artículo de opinión publicado en The Washington Post que el gobierno estadounidense estaba dañando su credibilidad al no reconocer el poder de una infección previa para prevenir la enfermedad. Señaló varios estudios que indican que la vacunación podría no ser necesaria para las personas que ya habían sido infectadas, entre ellos, un estudio israelí donde participaron 700,000 personas y en el que se encontró que quienes ya habían sido infectados con covid-19 tenían 27 veces menos probabilidades de enfermarse de nuevo que quienes habían sido vacunados.

Examen a un paciente de 14 meses de edad en una carpa pediátrica, afuera del Centro Médico de Boston, en abril de 2020. (Foto: Erin Clark/The Boston Globe/Getty)

“En ocasiones, una política de vacunación universal indiscriminada para los niños no toma en cuenta la inmunidad previa y las consideraciones especiales; lo que faltan son los matices”, afirma Makary. “Pienso que hay consideraciones importantes basadas en situaciones individuales, y la mayoría de las personas deberían conversar con un pediatra que pueda evaluar esa relación riesgo-beneficio”.

Al menos, esa es una solución con la que quienes sostienen posturas opuestas acerca de las vacunas posiblemente estarían de acuerdo. En una encuesta reciente realizada por la Fundación Kaiser Family se encontró que 85 por ciento de los estadounidenses confían en los médicos de sus hijos. Esto en comparación con 71 por ciento que afirman confiar en los CDC, 69 por ciento que confían en la FDA, 58 por ciento que confían en el presidente Biden, y 57 por ciento que confían en el Dr. Anthony Fauci.

“NO SON PREGUNTAS POCO RAZONABLES”

Es probable que la confianza en las vacunas mismas y en quienes las promueven aumente cuando la FDA autorice totalmente su uso en los niños, en lugar de ofrecerlas mediante una autorización de uso de emergencia, afirma Kathleen Hall Jamieson, directora del Centro Annenberg de Políticas Públicas de la Universidad de Pennsylvania y coautora de artículos científicos sobre las dudas con respecto a las vacunas. Afirma que la mayoría de los niños han sido vacunados contra otras enfermedades, y se muestra optimista de que, una vez que sea totalmente aprobada, la vacunación contra el covid-19 encajará perfectamente en ese arsenal.

“En su mayor parte, esta es una cultura que acepta la vacunación en la infancia”, dice. “Una gran proporción de la población dijo, muy al inicio: ‘Yo solo quiero esperar y ver; no quiero ser la primera persona que se vacune’. Y esperaron y vieron que sus amigos se vacunaban. Tendremos que recorrer el mismo ciclo con la vacunación infantil, pues conforme surjan más pruebas de niños vacunados, las personas se sentirán más cómodas”.

La influencia de los demás es especialmente importante en las comunidades minoritarias, afirma Thomas LaVeist, decano de la Escuela de Salud Pública y Medicina Tropical de la Universidad de Tulane y copresidente del equipo especial del gobernador para la Equidad Sanitaria en el Covid-19 para el Estado de Louisiana. Afirma que gran parte de la resistencia en las comunidades minoritarias se reduce a una desconfianza más amplia en las instituciones de atención a la salud.

Dosis de la vacuna de Pfizer/BioNTech en el Hospital Infantil Rady, en San Diego. (Foto: Ariana Drehsler/AFP/Getty)

“Lo que ha producido esta desconfianza es una larga historia de muchas cosas distintas que han ocurrido en la atención a la salud”, dice. “Todas las personas de raza negra pueden contar cómo, al acudir a un hospital o centro de atención sanitaria, han sido tratadas en forma descortés. Todos tienen un vecino, un amigo o un familiar que puede contar lo que le ocurrió al no obtener la atención de calidad que debió haber recibido antes de acudir a la sala de emergencias. Y eso es lo que produce la desconfianza”.

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Para los escépticos de cualquier grupo étnico, el factor más importante es tomarse el tiempo para responder preguntas y desmentir teorías conspiratorias, afirma LaVeist. “No es muy normal que las personas sean antivacunas; la mayoría de los grupos van a vacunar a sus hijos”, continúa. “Pero muchas personas tienen preguntas legítimas. ‘Entonces, ¿es realmente segura? ¿Los estudios se hicieron correctamente? ¿Hicieron pruebas a los niños vacunados durante suficiente tiempo? ¿Cómo es que están seguros con respecto a la dosis y si esta es la correcta?’ No son preguntas poco razonables. Y pienso que son preguntas que se les deben responder y explicar a las personas. Asimismo, pienso que, en muchos casos, cuando las personas reciben una explicación razonable y hacen esas preguntas, optarán por vacunar a sus hijos”.

LaVeist añade: “Lo único que sé que funciona con las personas que tienen dudas es sentarse con ellas, tomarse el tiempo para responder sus preguntas y guiarlas durante todo el proceso. Y funciona, pero requiere mucho tiempo”.

Para hacer frente a las dudas, el estado de Louisiana ha puesto en marcha una serie de campañas de información a través de las redes sociales y de los medios de comunicación locales, con anuncios en vallas publicitarias, televisión, radio y medios de servicio público en los que aparecen personas famosas, como entrenadores de futbol americano. El estado ha ofrecido una lotería de un millón de dólares. En otros estados, se ha dado una compensación económica a las personas por vacunarse.

En la Universidad de Maryland, un grupo ha trabajado para educar a los barberos sobre los beneficios de la vacunación para que puedan transmitir ese conocimiento a sus clientes, una estrategia utilizada por los funcionarios de salud pública durante la crisis del sida para educar a las comunidades afroestadounidenses. También se ha recurrido a líderes identificados en las encuestas como “mensajeros confiables”, entre ellos, clérigos y otros líderes comunitarios. En Filadelfia, Jamieson y sus colegas han realizado acciones de verificación de datos sobre la vacunación, desmintiendo la desinformación a través de la Red de Radiodifusión iHeart, lo que les ha permitido llegar a las personas mientras conducen su automóvil.

Sin embargo, al final, las personas que defienden alguno de estos puntos de vista están de acuerdo en que habrá un grupo fundamental de personas que no pretenden vacunarse ni vacunar a sus hijos. Para ellas, la última herramienta del arsenal de salud pública es también la más controvertida: la obligatoriedad.

Un sitio de realización de pruebas y vacunación en el auto en Orlando, Florida, en agosto pasado. (Foto: Paul Hennessy/Getty)

Muchos funcionarios de salud pública prevén el inicio del año escolar de 2022, esperando que la mayoría de los niños estén vacunados para entonces, afirma Georges Benjamin, director ejecutivo de la Asociación Estadounidense de Salud Pública. Pero espera que el debate sobre la vacunación obligatoria se intensifique “de inmediato” y que se vuelva especialmente intenso cuando la mayoría de las legislaturas estatales entren en sesión inmediatamente después del primer día del año.

En algunas áreas, el debate ya ha comenzado. A principios de octubre, el gobernador de California, Gavin Newsom, anunció planes para añadir la vacuna contra el covid-19 en la lista de inmunizaciones requeridas para asistir de manera presencial a las escuelas de California una vez que las vacunas sean totalmente aprobadas por la FDA. El gobernador de Florida, Ron DeSantis, ha firmado decretos para evitar que las escuelas exijan el uso de cubrebocas, ha instruido a los organismos estatales para que se aseguren de que los protocolos de seguridad de las escuelas no interfieran con los derechos de los padres a tomar decisiones relacionadas con la atención a la salud de sus hijos, y autorizó al comisionado de educación del estado a retener la financiación a los distritos escolares que no cumplan con estos principios. “La vacuna contra el covid-19 es segura y efectiva, y es nuestra mejor defensa contra el virus, pero siempre debe seguir siendo voluntaria y nunca debe ser obligatoria”, dijo en un tuit donde anunciaba las órdenes.

De vuelta en Connecticut, Abi Hammond ha observado muy de cerca todo esto y aún no decide qué hacer.

“Si la presión crece y la escuela dice que tienen que hacerlo, lo haré”, dice. “Y probablemente no me sienta demasiado molesta al respecto. Pero es difícil saberlo. No es algo que me emocione particularmente ahora mismo”. N

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