¿Es moral premiar a un abusador? Roman Polanski aviva el debate tras lograr una estatuilla en el Festival de Venecia

La polémica está servida, señores. ¿Dónde empieza la persona y acaba el personaje? Es la pregunta que ha retomado fuerza en los últimos años tras la debacle de escándalos sexuales que puso en la mira a la moralidad hollywoodense, y que ahora toma más relevancia debido al reconocimiento que hizo la 76ª edición del Festival de Venecia a Roman Polanski por su película El oficial y el espía. El cineasta francés se llevó a casa el Gran Premio del Jurado para felicidad de muchos y contra la voluntad de otros, a pesar de contar con un currículum marcado por el abuso sexual.

(Autor: Francois Mori; Gtres)

Mientras Pedro Almodóvar recogía orgulloso el León de Oro de Honor por su carrera y el Joker se convertía en el tema de conversación de la Mostra, el festival era señalado por incluir en sus listas la película de un hombre acusado y condenado de violación a una joven de 13 años. Lo que para unos es algo moralmente inaceptable, para otros lo más normal es que una muestra de cine no se convierta en un tribunal moral. Pero para entenderlo todo, recapitulemos. Los hechos se remontan a 1977, cuando el entonces incipiente director de origen polaco se declaraba culpable de haber tenido relaciones sexuales con una menor de nombre Samantha Geimer.

Lo confirmó él mismo, la droga y el alcohol le jugaron una mala pasada, y hasta pidió disculpas en privado a la víctima, que aseguró haberlas aceptado tras publicar sus memorias años después. La idea era firmar un acuerdo legal con la joven y colorín colorado, este cuento se ha acabado. Pero al ver que el juez del caso en Estados Unidos no entraba por el aro, hizo sus maletas y salió pitando rumbo a Europa donde ha vivido en libertad durante casi 40 años, salvo el lapsus de 2009, año en el que durante un viaje a Zúrich para recoger un premio honorífico fue arrestado, encarcelado dos meses y mantenido bajo arresto domiciliario en su lujoso chalet de Gstaad, en dicho país, siete meses más.

Cumplió su pena, al menos en Europa, pues jamás volvió a pisar Estados Unidos para evitar una condena aún mayor. ¿Quiere decir esto que ya tiene carta blanca para volver a ejercer una vida profesional normal corriente? Según muchos sí. Defensores a ultranza como Anjelica Huston, Woody Allen o David Lynch le han tendido su mano públicamente. Sin embargo, hay quienes han dado un golpe sobre la mesa para recriminar que alguien, por muy talentoso que sea, reciba tal reconocimiento.

Mismamente Lucrecia Martel, cineasta argentina y presidenta del jurado del famoso Festival de Venecia. Para ella una cosa es indisociable de la otra, por eso se negó a aplaudir y ser cómplice de la entrega de ese premio como muestra de solidaridad a las víctimas de acoso y abuso sexual. “Yo no separo al hombre de la obra. La presencia de Polanski me ha resultado muy incómoda”, explicaba a los medios en el marco del famoso festival. “No voy a asistir a la proyección del señor Polanski porque yo represento a muchas mujeres que en Argentina luchan por cuestiones como esta y no querría levantarme para aplaudirme”, dijo rotunda.

Al igual que ella, otros muchos, mujeres y hombres, respaldaron el movimiento #MeToo nacido en el 2017 en las redes sociales como plataforma para denunciar los abusos sexuales callados y silenciados. Era el caso de Harvey Weinstein lo que producía el feroz nacimiento de un hashtag que animó a muchas mujeres a dar su testimonio y luchar contra un secretismo y castración de sus libertades por miedo al qué dirán.

Imagen promocional de El oficial y el espía

Pero no olvidemos que apenas un año antes, en 2016, Donald Trump, un hombre con 15 acusaciones de abuso en sus espaldas de diferentes mujeres, entre las que se incluye su ex esposa Ivana Trump, logró convertirse en el presidente de Estados Unidos. Ni siquiera su polémico comentario antes de llegar a la Casa Blanca a un presentador donde decía “cuando eres famoso puedes hacer lo que quieras, agarrarlas por el coñ… Puedes hacer de todo”, evitó su ascenso a la oficina oval.

Ironías de la vida, Polanski, expulsado de la Academia de Cine, Arte y Ciencias de Hollywood, vuelve a estar en la palestra y con una película que según ha indicado el propio director tiene paralelismos con su propia vida. La premiada cinta nos acerca al caso de Dreyfus de 1984, un oficial francés de origen judío al que acusaron de entregar documentos secretos a los alemanes. “La historia de un injustamente acusado siempre es fascinante, ha dicho el creador de La semilla del diablo en una entrevista exclusiva al escritor francés Pascal Bruckner. Debo admitir que estoy familiarizado con los mecanismos de persecución que se muestran en la película, y eso claramente me ha inspirado”.

A sus 86 años, Polanski sigue dando de qué hablar, se debate entre el amor y el odio, lo justo y lo injusto. Ni su cine, ni su vida, ni tampoco su pasado con Sharon Tate, pasan desapercibidos, como si uno de sus propios guiones se tratara. El hecho de que la Mostra de Venecia aceptara contar en su competición oficial con este director prófugo de la justifica por violación a una menor, demostró que el certamen italiano sigue apartado del mundo hollywoodense donde #MeToo y Time’s Up han conseguido abrir los ojos a la industria y el mundo. Van a su bola, nos guste o no. Menos espacio a las mujeres, pero sí para dos hombres acusados de violación -Nate Parker también estuvo presentando su nueva película en otra sección, quien ya vivió el rechazo de Hollywood cuando casi lleva El nacimiento de una nación a los Oscar hasta que el mundo recordó su pasado (aunque fue absuelto)-. La excusa del festival para aceptar a Polanski en competencia era que “debería distinguirse el hombre del artista”. Y van y lo premian.

Entonces nos preguntamos ¿es moralmente correcto premiar a un director prófugo de semejante delito por muy buena que sea su película? ¿Es el arte un mundo paralelo donde los crímenes prescriben? ¿Todo vale cuando se trata de una buena película o de un director convertido en leyenda por sus películas pasadas? ¿El premiarlo no es una forma de perdón?

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