Rebecca De Mornay, la villana de 'La mano que mece la cuna' que perdió su lugar en Hollywood al llegar a los 40

Cómo olvidar a la villana de La mano que mece la cuna, esa niñera con sed de venganza que se convirtió en la pesadilla de muchas madres de los años 90. Si es que nadie ha vuelto a comer manzanas con tanta malicia como ella.

Seguramente coincidas conmigo al creer que aquella película sigue siendo uno de nuestros placeres culposos de los 90, y de los thrillers femeninos más clásicos de la era (con perdón de Misery y Mujer soltera busca). Su protagonista, Rebecca De Mornay, fue de los rostros más habituales en el cine de engaños y traiciones con clichés de aquellos años, y tras ver de nuevo el filme por casualidad hace unos días y recordar que este jueves 29 de agosto cumple 60 años, recordé la cantidad de películas suyas que vi en aquella época y lo poco que la vimos desde entonces.

Rebecca De Mornay en La mano que mece la cuna (Warner Bros., 1992)

Rebecca De Mornay ilustró la portada de infinidad de VHS (y luego DVDs) entre 1983 y 1999. Todavía me acuerdo de ver su rostro en las portadas de varias películas en el pasillo de los thrillers en mi videoclub del barrio mientras me decidía por cuál llevarme cada sábado. A pesar de contar con un papel pequeño en Corazonada (1981) de Francis Ford Coppola, su salto a la fama llegó en 1983 como la prostituta que lleva por mal camino a Tom Cruise en Risky Business (1983). En ese momento, Rebecca se convirtió en la fantasía picarona de Hollywood y comenzó a abrirse camino a pasos agigantados. Aunque el halo de mujer seductora nunca logró quitárselo de encima.

En dos años ya protagonizaba sus propias películas como El tren al infierno (o Escape en tren en Hispanoamérica) junto a Jon Voight (nominada a tres premios Oscar), o Regreso a Bountiful (también conocida como En busca de la plenitud), que le valió la estatuilla a su compañera Geraldine Page. Su belleza natural la convirtió en la heroína de una adaptacion de La Bella y la Bestia de 1987, hasta que los directores comenzaron a ver en sus ojos y mirada decidida la oportunidad de darle papeles de mujeres fuertes, provocadoras o de villana perfecta. La primera fue en Y la creó para el escándalo (Y Dios creó a la mujer, 1988), repitiendo en Dealers: clan de ambiciosos (1989) o la miniserie sobre el escándalo del asesinato Bloomindgale, Secretos de sociedad (1991). Y tras un pequeño papel en Llamaradas (1991), llegaba La mano que mece la cuna.

Dirigida por el fallecido Curtis Hanson -que más tarde nos trajo la magnífica L.A. Confidential (Los ángeles al desnudo, 1997)- la película era el debut como guionista de Amanda Silver, la misma que más tarde nos traería otra historia de venganza en Ojo por ojo (1996) y ahora es responsable de blockbusteres tras haber escrito las dos últimas entregas de la saga de El planeta de los simios y Jurassic World (2015), y traernos próximamente el reboot de Mulan y haber colaborado con James Cameron en el guion de Avatar 3.

La película contaba la historia de venganza de una esposa que pierde a su bebé tras el suicido de su marido, un obstetra que se quita la vida cuando una paciente (Annabella Sciorra) lo acusa de abuso sexual durante una consulta médica. En el momento de su estreno fue todo un éxito. Fue recibida con el aplauso de la crítica y una aprobación del público que la hizo desbancar a Hook de la taquilla estadounidense.

El resto de niñeras obsesionadas que llegaron más tarde al cine jamás lograron estar a su altura.

El éxito expandió aún más la carrera de Rebecca, quién se pasó a los dramas legales de la mano de un director aclamado como Sidney Lumet con la terrible El abogado del diablo (Tan culpable como el pecado, 1993) y se convirtió en víctima de acoso junto a Antonio Banderas en la erótica y provocadora Nunca hables con extraños (1995).

Pero los clichés comenzaron a afincarse en su currículo y las historias parecían repetirse con papeles que siempre recaían en la seducción, para bien o para mal, como fue el caso de Entre ladrones (Honorables delincuente, 1999) o Vidas separadas (Sentencia para uno, 1999). Sin embargo, reconozco que en esa década que estuvo tan poblada de thrillers seductores y eróticos, el rostro de Rebecca era siempre bienvenido. Se había convertido en un equivalente o sinómino de este subgénero y verla en la portada de una película enseguida nos daba la pauta del tipo de cine que íbamos a ver en pantalla. Lo que sucedió es que esa seguridad le jugó en su contra, y su figura se acomodó en las estanterías de los videoclubs más que en la cartelera.

A medida que se acercaba el nuevo milenio, el rostro de Rebecca haciendo el mismo tipo de papeles fue cansando al público y la industria, pero sobre todo, al haber alcanzado los 40 se convirtió en otra de las artistas desechables de Hollywood. Llegó a las cuatro décadas en agosto de 1999, justo cuando su filmografía parece dar un giro completo, coincidiendo con una era en donde todavía solo unas pocas actrices lograban mantenerse en el candelero a su edad, Rebecca tuvo que conformarse con papeles secundarios de los que no pudo desligarse jamás. Sus días de protagonista seductora se habían terminado.

Tras una corta aparición en E.R., se asentó en el universo de las TV-Movies y en los personajes de relleno como en series como The Practice (2004), Law & Order (2006), Hawaii Five-O (2013) o películas com De boda en boda (Los rompebodas, 2005) o American Pie: El reencuentro (2012) como la madre seductora de Finch.

Prácticamente le perdimos la pista durante diez años, viendo su rostro de vez en cuando y por pura casualidad. En 2016 muy pocos la reconocieron en su papel de Penelope en dos episodios de Lucifer, y a más de uno le costó descubrir que era ella cuando debutó como la madre abusiva de la protagonista en Jessica Jones (2015-2019).

Rebecca De Mornay en el estreno de la segunda temporada de Jessica Jones en Nueva York (Autor: Marion Curtis / StarPix©2018 para Netflix)

Divorciada del novelista Bruce Wagner en 1990, Rebecca tuvo dos hijas con su exnovio Patrick O’Neal en 1997 y 2001. Quizás no supo o pudo capitalizar su éxito, muy a pesar de haber intentado diferentes facetas como la de productora (produjo a Banderas en Nunca hables con extraños) y directora (dirigió un capítulo de Más allá del límite en 1995), pero en su caso el exprimir tanto su poder de seducción le pasó factura.

Si se hubiera atrevido con un papel desafiante y diferente, quizás no hubiera perdido su lugar de privilegio en Hollywood al llegar a los 40 (como le pasó a muchas actrices). Y quizás hoy estaría a la par de su gran competencia en los 90, Julia Roberts.

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