El regreso del autocine en tiempos de coronavirus: ventajas y limitaciones

Marcelo Stiletano
·5  min de lectura

Avant Premiere del Auto Cine de San Isidro

Por primera vez desde marzo es posible ver en la Argentina una película en una pantalla grande y en una función compartida con otras personas. La apertura del primer autocine en el Gran Buenos Aires en tiempos de pandemia aparece promisoria desde su mismo arranque. Hay genuina expectativa, interés en el público y perspectivas, al menos en el plazo inmediato, de un potencial éxito para sus organizadores. La mayoría de las funciones programadas para las próximas dos semanas tienen sus entradas agotadas o casi a punto de hacerlo.

Sin embargo, las primeras reacciones conocidas por quienes se animaron a vivir esta experiencia advierten al mismo tiempo cuáles son sus limitaciones. La convocatoria parece tener mucho más valor como salida nocturna y como experiencia compartida recuperada luego de un interminable aislamiento que como primer impulso para imaginar de aquí en adelante un paulatino regreso al maravilloso y tan añorado ritual de ver cine en el cine.

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Para que esto último se haga posible, la posibilidad del paseo y de la salida tiene que estar necesariamente asociada a otro factor, el de la novedad y el descubrimiento. Y también garantizarle a sus espectadores la tranquilidad, por ahora imposible de lograr, de que disfrutarán de una película sin preocuparse por los riesgos de contagio de Covid-19.

Por ahora, todos los títulos programados en el autocine que acaba de ponerse en marcha junto a la orilla del Río de la Plata, en Martínez, hace tiempo que pasaron por las salas e inclusive tienen ya amplio rodaje en el entretenimiento hogareño (cable, TV satelital, plataformas de streaming). Esa certeza no disminuyó el entusiasmo del público, que parece dispuesto a pagar una entrada por volver a ver una película que seguramente ya conoce. Las ganas de salir y de disfrutar un momento de esparcimiento fuera del aislamiento forzoso de estos meses supera a la conciencia de lo ya visto.

Más allá de eso, siempre es bienvenida la oportunidad de volver a ver largometrajes tan conocidos y familiares en pantalla grande, aunque al hacerse en DVD y Blu-Ray las proyecciones tengan las limitaciones propias del uso de esas herramientas. El 3D es una quimera, la alta definición de las pantallas digitales funciona como un recuerdo y el sonido envolvente es reemplazado por el audio tomado desde un teléfono celular.

Pero en este último caso también aparece algo destacable: la disposición de un sistema de audio que permite seguir las películas en idioma original con subtítulos. Algunos de los títulos que integran la programación llegaron a los cines del Gran Buenos Aires en el momento de sus respectivos estrenos sin esa opción. No deja de ser curioso que a través del autocine los tanques de Hollywood recuperen entre nosotros las voces originales que parecían completamente perdidas.

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Pero el efecto multiplicador de los reestrenos tendrá un límite muy cercano, por más que florezca el entusiasmo por volver a ver clásicos como las películas de Volver al futuro, que ya se anuncian como próximos agregados a la cartelera actual. Lo mismo pasa con títulos que hace muchísimo no se proyectan en una pantalla grande, como Gladiador y La guerra de los mundos. Ojalá lleguen muchos más en esa misma dirección. Pero cuando la novedad se agote y el estímulo a una salida como escapatoria de la rigidez de la cuarentena se transforme en rutina llegará el momento inevitable de la búsqueda de la novedad.

Y allí quedará completamente a la vista el condicionamiento que impone este tiempo dominado por el Covid-19 para el cine tal como lo entendemos. ¿Por qué se postergan una y otra vez en el mundo los lanzamientos más esperados de este año como Mulán, Mujer Maravilla 2, Black Widow, Rápidos y furiosos 9 o el regreso de James Bond? La mayoría de ellas enfrentan postergaciones indefinidas y en el mejor de los casos algunas ya tienen fechas programadas de estreno para el año que viene. No se pueden estrenar porque solamente podrían funcionar con las salas llenas y nadie puede garantizar en ese caso la seguridad para la salud de los espectadores. Más bien todo lo contrario: los espacios cerrados siguen siendo hoy en día las fuentes más propicias para los contagios.

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El cine no vuelve porque las reglas del distanciamiento social impiden y condicionan su funcionamiento desde una elemental estructura de funcionamiento basada en costos y beneficios. Lo mismo ocurre con el teatro, los grandes recitales y eventos masivos. Hasta que no puedan llenarse las salas no habrá nuevos y grandes estrenos.Y todavía en silencio muchos admiten que solo la llegada de la vacuna garantizará el regreso a la normalidad.

Al garantizar el distanciamiento social, con los asistentes protegidos dentro de sus vehículos (ocupados, además, por personas que viven bajo el mismo techo), el autocine es por ahora la única alternativa para recuperar la experiencia compartida de ver una película. Pero sus alcances son, por definición, modestos y limitados. Es posible, a partir de los primeros resultados de la experiencia que acaba de arrancar en San Isidro, que estos emprendimientos se multipliquen. Y esa posibilidad merece celebrarse. Lo que nadie podría plantear desde su sano juicio es creer que la opción del autocine terminará reemplazando al cine convencional. Eso nunca va a ocurrir.