Rocío Flores ya puede dejar las caras largas en casa si quiere darnos show en 'Supervivientes’

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Una de las partes clave de cualquier reality son los debates que se generan en plató. Si lo que pasa, en este caso en Honduras con Supervivientes, no está bien complementado con lo que ocurre en las galas, la cosa flojea, y se nota. Por eso los fichajes de los colaboradores son un plus. En esta edición todos los ojos estaban puestos en Rocío Flores, quien finalmente accedió a formar parte del equipo. Llegó más tarde, como hacen las estrellas, pero llegó. Daba mucho morbo verla en algún momento frente a Jorge Javier Vázquez, detractor absoluto de su padre, y también ver cómo defendía a Ana Luque, la mejor amiga de Olga Moreno. Pero para sorpresa de muchos su labor ha sido una decepción inesperada, con una actitud que desde casa se siente a la defensiva, como si tuviera un guion aprendido.

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Aunque no se ha confirmado al cien por cien, hay quienes creen que Rocío Flores prefiere no coincidir con Jorge Javier Vázquez en un plató. El presentador, defensor absoluto de Rocío Carrasco, ha dado a su padre Antonio David hasta en el carné de identidad, así que por mucho interés que generara su encuentro, imaginábamos que no se iba a dar. Ahora, Jorge Javier también la ha incluido a ella en sus ataques, por lo tanto lo suyo va de mal en peor. Quién lo hubiera dicho hace unos años cuando la joven aparecía por primera vez en un plató para defender a su padre en Gran Hermano VIP. El de Badalona se convirtió en su principal apoyo, incluso me atrevería a decir, protector de aquella niña que temblaba al hablar.

Poco queda de aquella jovencita insegura ante las cámaras. Hoy se las come, habiendo adquirido experiencia en los últimos años. Pero esa espontaneidad inicial parece haberla perdido por completo y en cada una de sus intervenciones emana justo todo lo contrario. Además de una cara de constante cabreo e incomodidad, Rocío nos transmite la sensación de tener muy calculado su discurso. Aunque sus argumentos son sólidos y se expresa muy bien, da la sensación de estar más pendiente de cómo dice las cosas de lo que dice.

Si por algo se ha caracterizado Rocío es por ser bastante coherente en sus exposiciones, pero hay cosas que está haciendo en Supervivientes que no termino de comprender. Por ejemplo, la defensa de Kiko Matamoros. Todos sabemos que el colaborador de Sálvame es muy gracioso, picarón y pasota, ya conocemos su papel, pero quien diga que lo está haciendo bien está viendo otro programa. Para empezar está pidiendo a todos que le nominen porque dice que se quiere medir con el público y saber si le quieren. Además, asegura que le da adrenalina estar en la cuerda floja. Sí, suena muy gracioso cuando lo cuenta, a veces incluso despierta ternura, pero no cuela. Después de un mes parece estar más que listo para irse a casa y a su rutina. ¿Y qué está haciendo Rocío? Defenderle a toda costa. ¿Por qué? Pues, quizás, tenga algo que ver con la relación que les une detrás de las cámaras, o con su padre. No olvidemos que Kiko ha defendido a Antonio David durante y después de la emisión del la serie documental de Rocío Carrasco. De ser así, de basar su defensa en el amiguismo, la hace que pierda su esencia, su gracia y mucho del sentido común que nos transmitió hace tiempo.

A su vez, durante su intervención en Supervivientes es difícil verla esbozar una sonrisa y por eso no conecta. Es como si estuviera en una constante defensiva donde todos son sus enemigos. Hasta el pasado domingo tuvo un feo gesto con Ion Aramendi. Rocío, visiblemente enfadada, fue interrumpida por el vasco porque no había tiempo, además, la confusión de todos los colaboradores hablando a la vez fue la gota que colmó el vaso e hizo al presentador cortar el debate. "Pues nada, me callo y no hablo, que no me paguen por venir", expresó muy molesta. Un comportamiento que, al final, denota defensiva y una actitud altiva innecesaria en el formato. Y este domingo pasó lo mismo. Rocío empezó a hablar y Rubén, el concursante expulsado, dijo algo por debajo, a lo que ella añadió: "Gracias Rubén, estoy hablando". El novio de Enrique del Pozo le pidió disculpas por su interrupción e Ion, siempre muy atento contestó: "No, no, no, doy la palabra yo".

Sus intervenciones en Supervivientes sacan a la luz una faceta diferente a la que vemos en su paso por las tertulias mañaneras de la cadena. Es como si siempre quisiera llevar la razón y su tono, aunque no sube de decibelios, es retador en muchos casos. Para mí es como ver a una de estas estrellas de Hollywood que pone sus condiciones y a la que nadie puede mirar a los ojos. Quizás no es tan exagerado, pero da la sensación que está ahí manteniendo una coraza ante cualquier tipo de referencia que la haga protagonista, defendiendo a un concursante que no convence en la experiencia y, en consecuencia, parece llegar al plató con un discurso aprendido. Por eso es tan difícil creérsela.

Lo más curioso es que tiene mucha madera de colaboradora. Cuando habla siempre da argumentos interesantes y sabe cómo defender. El problema es que cada palabra que sale de su boca parece estar estudiada. Toda esa ternura que desprendía desde su timidez en el pasado se ha convertido en todo lo contrario. Ahora da igual si está diciendo algo bueno o malo, su cara es siempre la misma, sin expresión alguna. Igual con sus argumentos, no hay un ápice de emoción y sentimiento.

Sin embargo, a ese plató los colaboradores van a mojarse, a abrirse y dejarse el resto porque para eso es un reality. Pero el muro que Rocío pone ante sí y ante los demás se siente incluso desde el salón de casa. Sería bueno que dejase su papel a la defensiva fuera de plató y en cada gala hablase a corazón abierto de lo que siente y piensa.

Por otro lado, otro detalle que me demuestra el aparente nivel de cálculo es lo poco que habla sobre Ana Luque, la mejor amiga de Olga y participante del reality. Aunque de vez en cuanto se ha mencionado, ella interviene lo justo. Es como si no quisiera ir demasiado por ese camino a ver si de repente la van a preguntar por Olga. Como si prefiriera que nada le salpique, como si viviera en una constante tensión y necesidad de defenderse, sin separarlo de su papel de colaboradora. Esto no es El programa de Ana Rosa, eso debería de tenerlo muy presente, los protagonistas son los demás, no ella. Aquí no hay que medir tanto las palabras, hay que opinar, pero parece que no logra separar una cosa de la otra. Ana Luque lo está haciendo de maravilla, sea amiga de quien sea, y se merece una defensa digna. Si bien ya la defienden sus amigas que van a plató, resulta curioso que Rocío no le dedique unas palabras de apoyo de vez en cuando, incluso si no sale el tema, porque la mujer está siendo una sorpresa muy grata.

Pero no. Rocío habría decidido interpretar el papel de mujer comedida que solo habla de lo que le conviene y cómo le conviene. Sin embargo, en esta ocasión no se antoja como un fichaje estrella y el programa caminaría igual sin ella. Al final, su presencia aporta más incomodidad que otra cosa, pues todo con ella es seriedad y caras largas. Y, sinceramente, para dramas ya tenemos muchos en la vida real. Ya estamos aburridos de más de lo mismo, y esto es un reality y, como su propia palabra indica, nos merecemos más realidad incluso en los debates.

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