Los trapos sucios tras el éxito de Kirk Douglas en 'Espartaco'

Valeria Martínez
·8  min de lectura

Si hay un cine que conectamos con Semana Santa es el de las espadas y sandalias. Películas como Los diez mandamientos, Ben-Hur, Quo-Vadis o La vida de Brian se convirtieron en sinónimo cinematográfico de la Pascua tras ser emitidas religiosamente por las cadenas de televisión durante muchos años. Sobre todo en La1 de RTVE. Y si bien las dos primeras cintas mencionadas fueron las que mayor éxito cosecharon en la taquilla mundial a finales de los años 50s, existe una que quedó grabada a fuego entre los espectadores amantes del cine clásico: Espartaco.

Y es que aquella película péplum sobre un esclavo que lucha por la abolición de la esclavitud en Roma fue mucho más que un espectáculo visual de miles de extras, batallas y los pectorales bronceados de Kirk Douglas. Espartaco contenía un mensaje sociopolítico contra su era y consiguió ser un éxito contra todo pronóstico, sin embargo sus trapos sucios la convertían en uno de los mayores riesgos para el estudio y sus productores.

Kirk Douglas en Espartaco (RadialRP, Gtres)'
Kirk Douglas en Espartaco (RadialRP, Gtres)'

Cuando Kirk Douglas se puso manos a la obra con Espartaco ya era una de las figuras más influyentes de Hollywood. Había sido nominado tres veces a los Óscar como protagonista, sus películas atraían al público en masa alrededor del mundo, y había fundado su propia productora para tener voz y voto en las decisiones de cada proyecto. Hoy en día prácticamente todas las estrellas tienen sus propias empresas productoras para decidir y sacar más tajada a los éxitos, pero fueron Kirk y Burt Lancaster los pioneros en esta táctica.

Y si a alguien tenemos que agradecer la existencia de Espartaco como película es al padre de Michael Douglas. Fue él quien tras leer la novela de Howard Fast movió cielo y tierra para hacerla. Cuenta la leyenda que el actor estaba rabioso porque William Wyler le había dado el papel de Ben-Hur a su rival en el género péplum, Charlton Heston, y que decidió darle luz verde a Espartaco de pura venganza. Pagó los derechos de la novela de su propio bolsillo y consiguió que Universal financiara el proyecto a gran escala. La única condición del estudio fue que leyendas como Laurence Olivier, Charles Laughton y Peter Ustinov estuvieran en la película.

Sin embargo, la producción arrancaba con el pie izquierdo y con unos cuantos trapos sucios por ventilar.

Espartaco se desarrolló cerca del final de la famosa lista negra de Hollywood. La persecución del comunismo en la industria del cine por parte del senador Joseph McCarthy desencadenó una serie de procesos irregulares, y desembocó en una lista negra de personajes del panorama artístico acusados de obstrucción por negarse a declarar ante el Comité de Actividades Antiestadounidenses (llevando más de uno a prisión). En esa lista negra se encontraba el autor de la novela y el guionista que la terminó adaptando.

El escritor Howard Fast escribió la historia mientras cumplía tres meses en prisión por su relación con el Partido Comunista. Se había negado a dar nombres de colaboradores del partido que habían aportado dinero para construir un hogar para huérfanos de veteranos americanos en la Guerra Civil española. Y fue debido a la lista negra que se vio obligado a publicar la novela él mismo en 1951. Ninguna editorial quería trabajar con él.

Avanzamos en el tiempo hacia finales de la década cuando Kirk Douglas compra los derechos y ni corto ni perezoso, le pide a Dalton Trumbo que escriba el guion, uno de los personajes que formaban parte de la famosa lista de los Diez de Hollywood: guionistas y directores acusados de obstrucción al negarse a declarar ante el Comité de Actividades Antiestadounidenses y que también habían sido desterrados por completo. Trumbo, que pasó diez meses en prisión, se ganaba el pan trabajando bajo diferentes seudónimos, incluso cuando fue el guionista de otros clásicos de la era como El demonio de las armas, Éxodo y Vacaciones en Roma (por esta última ganó el Óscar sin poder gritar su nombre a los cuatro vientos, fue recién en 2011 -a 35 años de su muerte- que el Sindicato de Guionistas se lo dio por completo).

Contar con una novela y un guion escritos por dos personajes incluidos en la lista negra era un riesgo enorme para Douglas. Y si bien corría el año 1958 y dicha lista comenzaba a tener menos relevancia, la complicidad de Hollywood con el destierro político se mantenía vigente. Pero él siguió adelante y en su biografía contó que fue él mismo quien decidió que Trumbo no firmara con un seudónimo, sino que la película le diera el crédito que merecía. Era la primera vez que le daban crédito con su nombre real en nueve años y al momento del estreno de la película en 1960, tras anunciar la asociación de Trumbo con el filme, llegó el fin de la lista negra.

Pero aún hay más trapos sucios por ventilar. El proyecto comenzó con Anthony Mann como director, pero después de una semana de rodaje, Douglas lo despidió porque le parecía que tenía miedo a la grandiosidad que requería el proyecto (según reveló en su biografía). Stanley Kubrick tomó su lugar. Sin embargo, su elección fue cuanto menos curiosa. Y es que Espartaco fue la única película donde el cineasta no tuvo completo control creativo a lo largo de su carrera, y jamás había rodado un proyecto con un presupuesto tan grande como el de Espartaco: hablamos de un rodaje con más de 10.000 extras (tan solo las escenas de batalla contaron con 8.000 soldados de infantería españoles al rodarse en las afueras de Madrid) y un coste estimado en $12 millones ($105 millones al calcular la inflación). Su película más cara hasta el momento había sido Senderos de gloria con un presupuesto de menos de un millón. Pero Kirk ya lo conocía tras rodar juntos la cinta mencionada, lo llamó directamente para ofrecerle el puesto y depositó en él toda su confianza.

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La tarea no fue fácil. Kubrick era muy meticuloso y su afán de perfeccionismo lo hacían insufrible para más de uno. Por ejemplo, llegó a dar directrices a los extras que representaban los cadáveres en el campo de batalla. A cada uno de cientos de ellos. Se rumoreó que discutía continuamente con Trumbo porque no estaba de acuerdo con que el guion mostrara a Espartaco tan perfecto y sin defectos, mientras que el director de fotografía Russell Metty se habría enfrentado a él varias veces al sentir que el cineasta hacía su trabajo. No estaba de acuerdo con sus exigencias, directrices y el uso de la luz, y llegó a amenazar con la renuncia pero tuvo que cerrar la boca cuando ganó el Óscar a la mejor fotografía.

La historia de Espartaco estaba inspirada en el esclavo de la vida real que dirigió una rebelión contra la República romana entre 73 a.C. y 71 a.C., conocida como la tercera guerra servil (o guerra de los Gladiadores). Pero más allá del contexto histórico real, a nivel cinematográfico a finales de los años 50s, fue mucho más que una película de espadas y sandalias. Era una apuesta cargada de intenciones sociopolíticas.

Tanto la novela, como la película en consecuencia, sirven de reflejo a dos panoramas. El primero, contra la persecución de Joseph McCarthy. El clímax emblemático de la película, cuando el general romano Crassus (Laurence Olivier) pide a los esclavos que den el nombre del líder detrás de la revuelta, es el ejemplo más evidente de ello. Todos ellos se levantan y gritan “¡Soy Espartaco!”, defendiendo sus ideales ante la autoridad máxima. Lo mismo que hicieron los artistas que cayeron en la lista negra del Macarthismo.

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Segundo, el peso de la esclavitud en la historia norteamericana y la lucha de los derechos civiles. Este mensaje queda latente a lo largo de toda la cinta, desde la lucha de Espartaco y el resto de esclavos por conseguir la abolición, al trato cruel y sus sacrificios por terminar con la segregación.

La valentía de Kirk Douglas por lanzar una película con un mensaje tan poderoso y candente enmascarada de espectáculo épico, es de reconocer más de 60 años después. Espartaco fue un éxito de crítica y taquilla, recibió el aplauso de activistas y fue el centro de protestas de grupos anticomunistas, pero sirvió para poner fin a una era de persecución con el propio presidente electo, John F. Kennedy, cruzando la línea marcada por las protestas para ir a ver la película.

Kirk Douglas no consiguió vengarse de Ben Hur económicamente ni a nivel de reconocimientos. La cinta de 1959 fue la más premiada de la historia con 11 premios Óscar, hasta que fue igualada por Titanic y El señor de los anillos: el retorno del rey, y fue la más exitosa de todas las películas del género por aquellos años con una taquilla de $146.9 millones (luego llegó Gladiator con sus $457 millones en el año 2000); pero Espartaco fue mucho más que eso. Una película de más de tres horas que todavía se disfruta a pesar del paso del tiempo, que aun contagia su grandiosidad pero sobre todo, su mensaje.

Fuentes: New York Times, Wikipedia, How the Film and Television Blacklists Worked, History

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