Hablemos del trauma infantil que nos dejó 'Indiana Jones y el templo maldito'

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El cine actual está dominado por las franquicias y las sagas para todos los públicos. Disney, Marvel, Star Wars, Transformers, Harry Potter… Todas ellas ofrecen un tipo de entretenimiento para toda la familia bastante inocuo y por lo general son aptas para los más pequeños de la casa. Sin embargo, hace treinta años, el cine fantástico y de aventuras era muy distinto; mucho más oscuro y con elementos adultos que hoy en día serían impensables.

El cine familiar de los 80 y los 90 era otro rollo. No había tanta sobreprotección y los directores daban rienda suelta a sus ideas más salvajes sin importar que la película fuera dirigida a un público joven. Estoy hablando de títulos como Gremlins y su desmesurada secuela, Los Goonies, Cazafantasmas o la película número 1 en mi lista de traumas infantiles: Indiana Jones y el templo maldito, una secuela tan, tan, tan demencial que tuvieron que inventarse una nueva calificación por edades para ella.

Cartel de 'Indiana Jones y el templo maldito' (Lucasfilm)
Cartel de 'Indiana Jones y el templo maldito' (Lucasfilm)

Recientemente, la segunda parte de la saga creada por George Lucas y dirigida por Steven Spielberg cumplió 37 años, lo que me llevó a desenterrar de mi memoria sus imágenes más impactantes. No fue difícil, ya que sus escenas están grabadas a fuego desde que vi la película de niño (incontables veces), y de vez en cuando vuelven a mi cabeza como recuerdos de un pasado extraño que aun no me puedo creer que vivimos.

Sí, ya sé que suena dramático, pero es que lo de Indiana Jones y el templo maldito fue muy fuerte. Una auténtica locura en la que nadie supo -o se atrevió a- decirle a Lucas y Spielberg que estaban llevando las cosas demasiado lejos. Y menos mal, porque entonces no habríamos tenido una de las películas de aventuras más excesivas, surrealistas y sorprendentes de los 80, así como uno de los recuerdos cinéfilos más duraderos y levemente traumáticos de mi generación, la de los millennials ancianos.

Después del gran éxito cosechado por En busca del arca perdida en 1981, la segunda parte no tardó mucho en llegar, estrenándose en 1984 para arrasar de nuevo en taquilla. Lucas y Spielberg idearon en El templo maldito una secuela en la que todo era más grande, violento y terrorífico. La segunda misión del arqueólogo más famoso del cine nos llevaba hasta la India, donde Indy debía encontrar una poderosa piedra mística para ayudar a una aldea cuyos niños han sido secuestrados y esclavizados por un poderoso sacerdote con poderes de magia negra. Y a partir de ahí todo se volvía más oscuro y retorcido. Pero que mucho más.

Si bien En busca del arca perdida ya incluía escenas terroríficas que nos seguirán persiguiendo toda la vida (inolvidable el rostro del villano Arnold Toht derritiéndose), Lucas y Spielberg decidieron tomar un camino diferente e incluso más arriesgado para la continuación, introduciendo elementos más macabros, como la esclavitud infantil, el sacrificio humano o el vudú, elevando considerablemente las dosis de violencia gráfica e introduciendo escenas sangrientas rara vez vistas hasta ese momento en una película de aventuras supuestamente para todos los públicos -y que de hecho tenía un personaje infantil, Tapón, como uno de sus protagonistas-.

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Cuando cierro los ojos y pienso en El templo maldito, puedo ver con cristalina claridad sus escenas más extremas. Imágenes espeluznantes como el banquete en el que sirven platos de “alta cocina” como sesos de mono o sopa de ojos, o la escena en la que la compañera de aventuras y nuevo interés romántico de Indy, Willie (Kate Capshaw), mete la mano en un repugnante agujero lleno de insectos en una caverna y los protagonistas acaban cubiertos de cientos de bichos.

Y estamos hablando de los 80. Hoy en día, una escena así se haría indudablemente utilizando animación por ordenador, pero por aquel entonces, usaron insectos reales (al igual que en la primera parte emplearon serpientes reales), concretamente 50.000 cucarachas y 30.000 escarabajos procedentes de granjas de insectos de Londres (MentalFloss), que acabaron por todo el set de rodaje para el horror del equipo. La escena en sí resulta mucho más efectiva y asquerosa teniendo en cuenta que es real. De hecho, Capshaw estaba tan nerviosa que se tomó un Valium antes de hacer la escena. Da escalofríos y pica el cuerpo solo de pensarlo.

Pero la cosa no acaba ahí. El templo maldito nos reservaba lo más hardcore para su acto final. Muy icónicas son la persecución en las minas o la batalla en el puente colgante, pero igualmente memorables son el enfrentamiento a los guardias que acaba con uno de ellos aplastado con un rodillo de piedra (nunca olvidaré el sonido de sus alaridos mientras sus huesos son machacados y la imagen del rodillo girando ensangrentado); y sobre todo el clímax del sacrificio humano, en el que vemos al terrorífico villano Mola Ram sacándole el corazón con la mano a un hombre para a continuación mandarlo a un foso de lava para quemarlo vivo. Sádico es poco.

Por todo esto, Indiana Jones y el templo maldito marcó un antes y un después en el cine comercial, llevando junto a Gremlins a la creación en Estados Unidos de una nueva clasificación por edades intermedia, la PG-13, para advertir a los padres de que la película contenía escenas que podían no ser aptas para los niños. La creación de esta calificación fue sugerencia del propio Spielberg, a raíz de las quejas por la violencia y el gore en dichas películas, ambas producidas por él. Pero claro, eran los 80 y esto no significaba nada para nosotros, sobre todo en España, donde éramos mucho más laxos con el tema de las calificaciones y con lo que los niños veíamos en el cine y en la televisión. Por mucho que dichas escenas me dejaran marcado, yo no podía dejar de ver la película una y otra vez. Me fascinaba.

Y por eso, a pesar de estar considerada como la peor entrega de la trilogía original (de la cuarta parte no hablamos), a día de hoy, El templo maldito se ha revalorizado considerablemente gracias a la nostalgia, y somos muchos los que la reivindicamos precisamente por su carácter arrojado, reflejo de una época en la que el cine sobreprotegía mucho menos a su audiencia, y cualquier cosa, por muy loca o perturbadora que pareciese, era posible. Actualmente hemos mejorado y corregido muchas cosas, sobre todo en cuestiones de diversidad, representación y responsabilidad social, pero en otras nos hemos pasado al extremo de lo excesivamente prudente, dejando muy atrás el riesgo y la temeridad en el cine comercial de entonces.

Si nos ponemos exigentes, es cierto que el film llega a pasarse de la raya en muchas escenas y hoy en día sería duramente criticado por su representación de la India; incluso el propio Spielberg reconoció con el tiempo no estar nada contento con ella porque se pasaron con la oscuridad y el terror. Pero precisamente es gracias a eso que ahora muchos la recordamos con cariño, por su retorcida imaginación y su brutalidad hasta ese momento no vista en una película. Cuando echamos la vista atrás, nos preguntamos cómo es posible que dieran luz verde a algo así, y que nuestros inocentes ojos lo vieran una y otra vez. Pero esa es parte de su magia.

Con Disney como propietaria, Lucasfilm prepara una quinta parte de Indy protagonizada por Harrison Ford, con Mads Mikkelsen y Phoebe Waller-Bridge como compañeros de reparto y James Mangold (Logan) sustituyendo como director a Spielberg, que por primera vez no dirigirá una entrega de la saga. La secuela lleva años en desarrollo, y tras varios retrasos, se rueda este año y llegará a los cines en julio de 2022 (si todo va según lo previsto, claro). Para entonces habrán pasado 38 años desde el estreno de El templo maldito y 41 desde En busca del arca perdida. Con Disney al volante, sabemos que hacer ahora una película como las de entonces sería completamente imposible. Y eso es justamente lo que hace tan especial a El templo maldito, una secuela mítica que simboliza un extraño, inolvidable y ligeramente traumático tiempo pasado que no va a volver.

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