Cómo vivir hasta los cien años

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Natalie Harley, en el centro, con su hija, Tania Badiyi, a la derecha, y sus nietas Natasha Badiyi, a la izquierda, y Alexis Badiyi, en Brooklyn, el 11 de marzo de 2022. (Raphael Gaultier/The New York Times)
Natalie Harley, en el centro, con su hija, Tania Badiyi, a la derecha, y sus nietas Natasha Badiyi, a la izquierda, y Alexis Badiyi, en Brooklyn, el 11 de marzo de 2022. (Raphael Gaultier/The New York Times)

A Natalie Harley le gusta contar que a finales de la década de 1960 apareció en el programa de Johnny Carson. La sociable presentadora y empresaria que, junto con su marido, dirigía una empresa de envoltorios de lujo, tenía un ingenio con la cinta y las tijeras que había despertado la curiosidad de Carson.

Su reto, le dijo, sería envolver para regalo un balón de fútbol, algo complicado en circunstancias normales, pero desalentador con un público en vivo.

“Necesitaré algo personal”, le dijo a su anfitrión y, sin preámbulos, se lanzó hacia él. “Entonces le corté la corbata”, recordó con una carcajada.

Mientras contaba la historia, su hija Tania Badiyi y una de sus dos nietas, Natasha, estaban sentadas a su lado, animándola en silencio. Sí, ya lo han oído antes, tantas veces que parece una fábula, una de las muchas aventuras que componen el mosaico del primer siglo de Harley.

Harley, que cumplió 100 años en enero, se mostró divertida en una llamada de Zoom a principios de este mes. ¿Sentía sus años? Ni un poco. “En mi mente sigo teniendo 24 años”, comentó. Su lema ahora, como en su juventud, es este: “Donde sople el viento, toma un cepillo de dientes y ve por ahí”.

Mientras charlaba, su pasado, a veces tan duro, le parecía tan vívido como la cena de la noche anterior, y su historia sugería que, en tiempos de paz o de obstáculos, vivir de manera intensa es la mejor venganza.

Harley, hija de emigrantes rusos (su padre, Abram Raphaelovich Hourvitch, era un destacado productor de cine), nació en Berlín y pasó su infancia esquivando las bombas alemanas en París y en los campos cercanos. Fue testigo de las filas para conseguir pan y vio a sus compatriotas huir de la ciudad. Mientras la guerra hacía estragos, escapó a Estados Unidos y, con unos ahorros mínimos, construyó un floreciente negocio; esos tumultuosos años no han servido para frenar su capacidad de adaptación, su espíritu disparatado o su sentido de la ironía.

“Vivíamos de forma lujosa”, relató Harley, consciente de que sus cómodas circunstancias la distinguían. En París, su madre visitaba semestralmente Hermès, Lanvin y otras casas de moda de renombre. Las cenas eran frecuentes, rodeadas del estrecho círculo de artistas y amigos de la alta sociedad de su abuelo, y los viajes eran abundantes, un estilo de vida que Harley luchó por mantener cuando, a principios de la década de 1940, se trasladó con su familia a Nueva York.

En 1946 se casó con Andre Harley, un empresario de origen ruso con el que fundó House of Harley, una empresa de envasado de fragancias y cosméticos de alta gama. La pareja cultivó la amistad con Rudolf Nureyev, la eminente filántropa Judith Peabody y sus ilustres afines.

“Tú también eres famosa”, bromeó Badiyi, a lo que su madre respondió con una carcajada estridente. Pero Harley no discutiría que su caso fue poco común; sus historias ofrecen una visión de primera mano de una cultura casi desaparecida, los gustos y debilidades de una élite del Viejo Mundo filtrados a través de su agria sensibilidad.

Cuando tenía 8 o 9 años, Marc Chagall fue invitado a cenar con la familia. El artista le había rogado que lo dejara pintarla, y se mandó a hacer un vestido para la ocasión. “Era azul claro, con botones desde el cuello hasta el suelo”, cuenta. Pero el plan se desbarató cuando su madre anunció: “Mi hija no va a ser pintada volando por el cielo con escobas y perros”.

El vestido sobrevivió, reutilizado para una noche en la ópera. “'El barbero de Sevilla', cantaba Chaliapin”, dijo Harley, recordando al famoso cantante de la ópera rusa.

La familia viajaba de manera espontánea. “Nos olvidábamos de la escuela y simplemente nos íbamos”, aseguró. Una de las mejores aventuras fue el viaje en el Normandie desde El Havre, Francia, hasta Southampton, Inglaterra, en su primera travesía. “Lo hicimos para divertirnos”, contó Harley.

En retrospectiva, esas escapadas pueden parecer despilfarros. Tant pis. El vestuario, los viajes por carretera y las cenas opulentas eran amortiguadores contra la incertidumbre... y más. “Para mi familia, estas cosas eran una expresión de amor”, señaló.

Muy pronto, la guerra amenazó con arrasar ese estilo de vida tan opulento.

“Abandonamos la ciudad y nos fuimos a Étampes para estar en nuestro castillo”, dijo sobre el refugio de dieciocho habitaciones al sur de París que albergaba a la familia y a un flujo constante de visitantes. Había un aeropuerto cerca, y los aviones rugían con frecuencia. “Todo eso daba mucho miedo”, afirmó. Sin embargo, se sintió lo suficientemente segura bajo el cuidado de su familia que heredó la valentía de su padre y, con ella, su sentido del absurdo.

La gente abandonaba la ciudad en riadas con todo lo que podía llevar. Perversamente, en medio del éxodo desesperado, una imagen se quedó con ella. “Entre la multitud”, recordó, “había una mujer que tomaba un cuenco lleno de pescado”.

Cuando los asaltos alemanes se intensificaron, su padre decidió llevar a su prole, y a tres perros de la familia, a la relativa seguridad de Lisboa, Portugal. “Tomaremos el auto que tenga más gasolina”, ordenó, y se pusieron en marcha.

“Papá hacía que todo pareciera una aventura”, comentó Harley.

En 1941, se trasladaron a Nueva York, donde Harley encontró trabajo cosiendo estrellas en los uniformes estadounidenses. Su aspecto majestuoso y su facilidad para relacionarse con los clientes le otorgaban una autoridad poco habitual para una mujer en aquella época.

¿Fue así? Harley se encogió de hombros y atribuyó su éxito a una chamarra de la suerte. “Era de Schiaparelli”, dijo. “Siempre me la ponía. No importaba el calor que hiciera o lo mucho que sudara, me la ponía”.

En la empresa conoció a su marido, con el que se casó en 1946 y con el que acabó marchándose para crear su propia empresa. Durante un tiempo, criaron gallinas de Guinea en Putnam, Connecticut, y luego, con ahorros de 1000 dólares y el crédito de algunos clientes corporativos, fundaron House of Harley.

En la década de 1970, la empresa facturaba un millón de dólares al año, según la prensa especializada de la época, y atendía a clientes como Lanvin, Yves Saint Laurent, Elizabeth Arden, Houbigant y Revlon, empresas familiares dirigidas en aquellos años por la primera generación.

En aquella época, ella y su marido trabajaban como locos, afirmó, “pero nos divertíamos”. Una noche en París, antes de ir a cenar a Maxim's, fueron corriendo a Lanvin para que Harley pudiera elegir un vestido. “Era una gasa azul y verde arrebatada de la sala de muestras del modisto. Debía tenerlo”, dijo, sin importarle que apenas le quedara bien.

Tuvo razones para arrepentirse de su decisión impetuosa. “Cuando empezamos a cenar, de repente no podía respirar”, relató. “Le dije a André: ‘Si no me bajas la cremallera de inmediato, me voy a desmayar’”. Él accedió, abriendo el vestido de un tirón y dejando su espalda totalmente expuesta. ¿Cómo iban a salir? No hay problema, le aseguró su marido. Tomando un mantel, se hizo una capa y la pareja salió con estilo.

La tragedia familiar puso fin a esas aventuras. En 1968, ella y su marido estaban en casa cuando sonó el teléfono. Ella tomó el teléfono y le dijeron con una brusquedad impresionante que Mara, su hija de 19 años, había muerto en un accidente de auto. “Es un día que nunca olvidaré”, dice Harley, secándose los ojos con un pañuelo. “Después de eso, todo se veía en cámara lenta”.

Andre Harley, su gran compañero de trabajo y travesuras, murió a los 67 años en 1978.

En ocasiones siente nostalgia por los viejos tiempos. En París, siempre había un auto disponible, dice, esperando para llevarla a Givenchy, su diseñador favorito. “Necesito un vestido para esta noche”, decía al llegar. “Y el personal lo cortaba, lo unía con alfileres y me lo ponía”.

“Los diseños de Givenchy siempre me hacían sentir en la cima del mundo”, dice. “Me gustaría poder volver. Pero no sé qué encontraría allí ahora”.

© 2022 The New York Times Company

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