'Oliver y su pandilla', una de las joyas de la etapa más oscura de Disney cumple 30 años

No cabe duda de que actualmente Disney está en la cima de la industria del entretenimiento. Además de la irrupción de Disney+ en el cada vez más competitivo mundo del streaming, la todopoderosa compañía creada por Walt Disney está viviendo uno de sus mejores años en la taquilla de cine batiendo récords de recaudación. Con Marvel, Pixar y Star Wars en su abanico de propiedades, sumado a sus películas de animación originales y los populares remakes en acción real de su catálogo de clásicos, el estudio se ha vuelto completamente imbatible. Solo en 2019, ya lleva cinco películas que han superado la ansiada barrera de los mil millones de dólares de recaudación: Capitana Marvel, Vengadores: Endgame, Aladdin, Toy Story 4 y El rey león. Y casi con toda seguridad, esa cifra aumentará a siete en las próximas semanas gracias a Frozen 2 y Star Wars: El ascenso de Skywalker.

Pero aunque hoy en día domine el panorama audiovisual, las cosas no siempre le fueron bien, llegando incluso a atravesar épocas de auténtica penuria comercial.

© 1988 Walt Disney Pictures

La trayectoria de Disney desde su fundación en 1923 ha sido como una de las montañas rusas de sus parques temáticos, llena de momentos en lo más alto, pero también caídas en picado que la han hecho peligrar. Tras experimentar un impresionante renacimiento en los 90 gracias a clásicos como La sirenita, La bella y la bestia, Aladdin y El rey león, no logró mantenerse a flote durante la transición de la animación tradicional a la generada por ordenador, encadenando estrenos cada vez más decepcionantes como Atlantis: El imperio perdido, Dinosaurio, El planeta del tesoro, Hermano oso, Chicken Little, Salvaje o Zafarrancho en el rancho. Esta última fue la que llevó al por aquel entonces presidente de Disney, Michael Eisner, a cerrar definitivamente su estudio de animación tradicional para reenfocar la compañía hacia la animación por ordenador.

Y si esta época de fracaso e incertidumbre suena mal, Disney había vivido momentos incluso peores unas cuantas décadas atrás. Después de una primera época dorada entre los años 30 y los 60, la muerte de Walt Disney el 15 de diciembre de 1966 marcó el inicio de un declive que tocó fondo en los 80, denominada la era oscura de Disney.

Estos años se caracterizaron por una mayor experimentación en los largometrajes animados, manifestando una tendencia a lo tenebroso que no era sino reflejo de lo que estaba ocurriendo en el resto de cine familiar de la época y en la animación en concreto. Fue precisamente un antiguo animador de Disney, Don Bluth (que trabajó en la compañía entre los 50 y los 70), quien definió el cine animado de los 80 con películas como Nimh: El mundo secreto de la señora Brisby, Fievel y el nuevo mundo o En busca del valle encantado, títulos que se alejaban de los luminosos cuentos de hadas infantiles con canciones para adentrarse en las sombras.

OLIVER Y SU PANDILLA, O EL INTENTO DESESPERADO DE DISNEY POR SER MODERNA

En este marco temporal se desarrollan algunas de las películas más olvidadas de la Disney: la deprimente Tod y Toby, la versión ratonil de Sherlock Holmes Basil, el ratón superdetective, la épica fantástica con toques de terror Taron y el caldero mágico, y el título que nos ocupa hoy, Oliver y su pandilla.

Después de varios estrenos que no habían convencido a las familias por su tono más triste, incluso funesto y violento, Disney decidió proyectar algo de luz con esta película, que llegaba a los cines españoles hace justo treinta años, el 28 de noviembre de 1988, un año más tarde que en Estados Unidos, cuando todavía teníamos que esperar largas temporadas para que nos llegasen muchos estrenos de Hollywood.

Cartel de Oliver y su pandilla (©Walt Disney Pictures)

Dirigida por George Scribner, Oliver y su pandilla continuaba la tradición de Disney de adaptar relatos existentes. Si Peter Pan, Alicia en el País de las Maravillas, El libro de la selva o Robin Hood planteaban versiones muy distintas de conocidos clásicos de la literatura, con Oliver y su pandilla Disney daba un paso más, adaptando muy libremente la novela de Charles Dickens Oliver Twist con perros y gatos como protagonistas de una aventura musical ambientada en Nueva York. En ella, el pequeño gatito huérfano Oliver se une a una banda de perros callejeros que se dedican a robar por la ciudad, hasta que un día es adoptado por Jenny, una niña rica que acaba siendo secuestrada por un malvado mafioso. Mezclando comedia, acción y musical, la película nacía como punto de inflexión, rompiendo con lo visto hasta la fecha.

Oliver y su pandilla es una película de transición para Disney. Fue la primera del estudio que hizo uso generalizado de la animación por ordenador, utilizada para crear el entorno de la ciudad de Nueva York, sus rascacielos y sus vehículos, además de la escena de la persecución en el metro. De hecho, este fue el primer proyecto de Disney con un departamento creado específicamente para el desarrollo del CGI (via Disney Fandome). Por otro lado, Oliver suponía el regreso de la compañía a las películas musicales, marcando el camino a seguir para sus siguientes largometrajes de los 90 y por tanto sirviendo como puente entre la era oscura y el renacimiento de Disney.

Una característica que diferencia la película de prácticamente todos los títulos de la compañía hasta ese momento era su ambientación contemporánea. Oliver y su pandilla cambiaba el Londres del siglo XIX de la novela de Dickens por el Nueva York de los 80, brindando así una oportunidad al estudio para modernizarse. El entorno urbano y realista de la película contrastaba con las tierras lejanas en las que solían transcurrir las películas de Disney y su cualidad de producto del momento era acentuado por la presencia de marcas como Cola Cola, Sony o el periódico USA Today (porque no sería Nueva York sin la publicidad) y una banda sonora que incluía temas rock de Billy Joel, Barry Manilow o Huey Lewis, artistas por aquel entonces muy populares.

Joel además ponía voz al canalla y carismático Dodger, que protagonizaba uno de los números musicales estrella, No me preocupo. La legendaria Bette Midler, por su parte, era la voz en inglés de la pretenciosa y ricachona caniche Georgette, que también brillaba en un divertido número digno de Broadway, La perfección soy yo. Con este casting original y banda sonora saltaba a la vista que esta vez, Disney no solo se dirigía al público infantil, sino que también quería atraer a los adultos, una estrategia que iría perfeccionando con el paso de los años (y con el ejemplo de Pixar) hasta culminar en películas como Frozen, Zootrópolis o Vaiana, tan queridas por los niños como por los mayores.

Oliver y su pandilla fue un relativo éxito de taquilla en Estados Unidos con 48 millones de euros recaudados (sin contar inflación), pero la crítica no la recibió con demasiado entusiasmo, declarando en algunos casos que carecía de la magia del Disney de antaño. Aunque los fans de la animación y en especial aquellos que crecieron en los 80 la recuerdan con cariño junto a clásicos Disney de menor calado como Tod y Toby, Taron y Los rescatadores, es considerada como uno de los exponentes de una época de confusión creativa para Disney, marcada por dudosos hitos como ser la primera película del estudio en la que un personaje empuñaba una pistola moderna (y además en presencia de un menor). Sin embargo, lo que no se puede negar es que su existencia es capital en la evolución de Disney, ya que delimita el final de su época más oscura y a la vez el inicio de la etapa que la llevaría de nuevo a lo más alto.

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