Yoga y meditación en prisión, una ‘nueva esperanza’ para construir la paz y repensar la justicia

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Desde la primera vez que se subió al tapete de yoga, Juan José experimentó la sensación de ser libre y dejar atrás sus frustraciones y dolencias. Jamás lo había practicado y lo conoció estando encarcelado en el Reclusorio Oriente de la Ciudad de México.

“Estuve trece años preso, caí a la edad de 20 años y salí a los 34. Me gustó el yoga cuando estuve en prisión, es diferente a otras disciplinas deportivas que te hacen sentir alterado o a la defensiva… y pues estando en reclusión me ayudó mucho a reflexionar”, cuenta Juan José.

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Cuando llegaron por primera vez los instructores de yoga a la prisión donde estuvo recluido, él, al igual que sus compañeros, dudó en asistir a las clases por ideas como que era “algo para mujeres” o “para putos”. Fue un amigo que baila break dance quien lo convenció de que podía ser buena idea practicarlo. Y así fue.

Además de notar cambios emocionales y físicos positivos, pudo obtener beneficios en su proceso gracias a que acreditó que realizó actividades enfocadas en meditación y relajación. Fue encarcelado por cometer un delito con violencia, por lo que practicar box o pesas, otras opciones que tienen dentro de la prisión, no era tomado en cuenta por las autoridades para permitirle reducir su condena.

Aún después de abandonar la cárcel, Juan José considera que el yoga continúa siendo útil para sostener “que ya tienes otro pensamiento, que es verdad lo que decías allá adentro de haber cambiado”, pero también, dice, como un instrumento de supervivencia.

“En lo personal me gusta ver cada práctica como una reflexión, como un reto. A veces no te sale una postura y es un reto para la siguiente clase, esforzarte para que salga, y con el tiempo también el ir aceptando, que lo que digan de ti no importa, que las decisiones pasadas que tomaste son eso, decisiones… que puedes cambiar”.

Reconoce que “a veces todavía tengo pensamientos negativos, hay malas amistades que te van a decir que cuando salgas te necesitan para hacer un negocio, situaciones que a veces ocurren… a veces todavía piensas en tomar las mismas decisiones, pero practicar yoga me ayuda mucho a pensar en el sentido de mi vida”.

Él forma parte del grupo de instructores que da clases en varios centros penitenciarios del país como parte del Proyecto Yoga en Prisiones México, que entre 2017 y 2019 -antes de la pandemia- instruyó a 634 personas privadas de libertad en esta disciplina.

Actualmente trabaja como comerciante, y en su tiempo libre practica e instruye yoga. Por el momento, a través de videollamadas, aunque antes de la pandemia acudía directamente a los centros penitenciarios.

‘Karma yoga’ y justicia restaurativa

El Proyecto Yoga en Prisiones (Prison Yoga Project) nació en 2002 en San Quintin, en San Francisco, California, gracias a la labor de un empresario e instructor llamado James Fox, quien desarrolló una metodología especial, al percatarse de que trabajar con población penitenciaria era distinto a dar una clase al público general.

Actualmente tienen presencia en más de 200 prisiones estadounidenses, en Europa, y en México comenzó su labor en 2017, cuando Luisa Pérez, directora del proyecto en nuestro país, decidió acercarse con las autoridades para plantearles la posibilidad de impartir clases a personas privadas de libertad, con quienes había tenido contacto previo por su carrera como abogada.

“Yo estudié derecho. Soy abogada y me dediqué por más de 15 años a la defensa de los derechos humanos, y entrar a prisiones era una actividad habitual. Al salir siempre practicaba yoga. Para mí ese era mi refugio, en el que podía encontrar un poco de balance por toda la presión laboral, las angustias y los enojos con los que vivía” recuerda.

“Siempre al salir de prisión, al ir a algún contexto penitenciario me preguntaba ¿Por qué aquí la gente no practica yoga? Yo me voy a mi clase y podré dormir tranquila, descansar y relajarme. Tenía esa inquietud, de que algo tan sencillo, que solo necesita quien acompañe la práctica y un tapete -si acaso, porque antiguamente no se utilizaban- no se hiciera ahí, pero sí en centros exclusivos que pocos pueden pagar”, explica Luisa.

Por ello, se certificó como instructora de yoga, se especializó en la práctica con personas en contexto de encierro, y decidió abandonar la abogacía para dedicarse de tiempo completo a la labor en prisiones.

“Hace ya algunos años decidí dejar la abogacía, alejarme del mundo de los derechos humanos por salud mental, física y emocional. Conocí la justicia restaurativa, que para mí es como una nueva esperanza. Antes, como abogada, todo era estar en contra, peleando, principalmente con autoridades o personas con poder. Y con la justicia restaurativa descubrí que hay otras formas. Que las personas no solo podemos hacernos daño, sino también ayudar a repararnos mutuamente”, cuenta.

Hasta ahora el Proyecto Yoga en Prisiones ha trabajado en el centro federal de máxima seguridad del Altiplano, en el Estado de México; en el Centro de Rehabilitación Psicosocial de Morelos (CEFEREPSI); en el complejo penitenciario de las Islas Marías, y recientemente con el Centro Federal de Readaptación Social (CEFERESO) 5, en Veracruz, donde actualmente tienen clases en línea.

A nivel estatal, han trabajado en el Reclusorio Oriente, la prisión varonil de Santa Martha Acatitla, en el módulo de alta seguridad, así como en un centro de reclusión femenil en Nezahualcóyotl, y en el penal de Coatzacoalcos, Veracruz.

En las evaluaciones que realizan sobre la actividad, las personas privadas de libertad que han practicado yoga señalan que han tenido efectos como “respirar más relajadamente, desestresarme y pensar positivamente”.

Testimonio cortesía de Proyecto Yoga en Prisiones México.

Otros reportan que les “enriquece el alma”, o que cuando practican se sienten rodeados “por un campo de energía positiva protegido de las vibraciones negativas de la vida de la prisión”, y que se sienten más sanos, logran concentrarse mejor y presentan menos insomnio.

Testimonio cortesía de Proyecto Yoga en Prisiones México.

Además de dar clases de yoga en prisiones, el proyecto certifica a instructores, pero también a personas que estuvieron privadas de la libertad, en albergues, o cualquier contexto de encierro o de violencia, para que se dediquen a brindar acompañamiento en esta práctica a personas que han vivido situaciones de trauma.

En estas certificaciones, los instructores no solo enseñan los valores del “karma yoga”, o práctica “de servicio”, como apoyo comunitario, sino que reflexionan sobre los contextos de criminalización y población en prisiones, adiciones, clasismo, sexismo y salud mental.

Testimonio cortesía de Proyecto Yoga en Prisiones México.

Círculos de paz

Sergio está a punto de cumplir 50 años, de los cuales, la mitad, estuvo preso en varias cárceles de los Estados Unidos, y fue en una de ellas donde comenzó a practicar yoga y conoció la justicia restaurativa.

“Fue hermoso porque entendí que uno como persona puede decidir cosas saludables. Me di cuenta que muchos decimos que cometemos errores, pero tenemos que verlos como decisiones mal tomadas en su momento, sin excusas ni culpar a otros… y también trabajamos el tema del daño que se causó a las víctimas”, señala.

“Al principio está uno renuente, no quiere aceptar sus errores. Sin embargo, con las pláticas y los ejercicios que vamos haciendo vamos aprendiendo que cometimos crímenes, tomamos malas decisiones, pero nunca dejamos de ser humanos”, explica Sergio.

En estos conversatorios entre personas presas, y algunas que han obtenido su libertad, Sergio cuenta que se dio cuenta de “que quien estaba mal era yo, no las circunstancias. Que no fue la forma en que crecí ni las personas que estaban a mi alrededor. Fueron una influencia, pero las decisiones siempre fueron y son mías. Ahora asumo la completa responsabilidad y eso me ayuda a concientizarme, a saber el valor que tengo como persona y de quienes afecté”.

Al salir de prisión, dice que le ha costado trabajo retomar su vida en México y volver a encontrar un empleo, pero consiguió trabajo en el Hotel Hilton, como parte del servicio de meseros en fiestas, aunque este quedó suspendido por la pandemia, y desde entonces no ha conseguido otra fuente de ingresos estable. En casi todos lados le niegan la oportunidad por falta de documentos y cuando saben que estuvo preso.

“Ha sido complicado para mí, sin embargo”, -concluye- “el haber tomado la ayuda de los círculos de paz y el yoga me ayudaron a salir de prisión emocionalmente fortalecido, porque no me he dado por vencido. Es difícil, pero puedo salir adelante y sé que tarde o temprano se va a presentar una oportunidad de trabajo. Por ahora, hago esto voluntariamente, así me ayudo yo, y al mismo tiempo puedo influenciar a alguien”.

Si te interesa conocer más sobre esta iniciativa, consulta el manual “Yoga y meditación para personas privadas de la libertad en México”, publicado por la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), Proyecto Yoga en Prisiones México y la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana.

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