Alfredo Adame vuelve a pelear y confirma que su negocio es hacer el ridículo

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Alfredo Adame durante una aparición pública. (Adrián Monroy/Medios y Media/Getty Images)
Alfredo Adame durante una aparición pública. (Adrián Monroy/Medios y Media/Getty Images)

Alfredo Adame hizo el ridículo de nuevo, para sorpresa de nadie. El actor milusos de la farándula mexicana se ha convertido en el conejillo de indias perfecto para todas las vergüenzas imaginables. Ahora fue un intento de pelea contra el abogado de Carlos Trejo. El impulsivo Adame quiso golpearlo y terminó en el piso. Un episodio más al compendio de humillaciones públicas que parece disfrutar como pocos.

Ya es imposible distinguir la ficción de la realidad. Al principio, los arrebatos de Alfredo Adame eran sorprendentes por novedosos. No es que hicieran falta payasos, que siempre los ha habido, pero el tono y la desfachatez usados por un hombre que se jactaba de su corrección reventó todas las pantallas. En tiempos de la virulencia del ridículo, Adame no tardó mucho tiempo en consolidarse como un esteta del nuevo orden.

Su presunta rivalidad con Carlos Trejo llevó el circo a otro nivel. Las groserías sacadas del siglo pasado, el tono fanfarrón utilizado en cada frase, y un histrionismo que de tan malo resulta divertido. La pelea no se llevó a cabo, quién sabe si por fortuna o por desgracia. Todo el revuelo se sintetizó en unos cuantos encuentros públicos en los que ambos hicieron lo que la gente quería ver: denigrarse y lanzarse algunos objetos para calentar el magno combate. Trejo incluso acusó de asesinato a Adame. Si era verdad o no, a nadie le importó porque lo divertido era verlos humillándose mutuamente.

A estas alturas, tomar en serio a Alfredo Adame resulta tan imposible como creer que algún día ejemplificó el arquetipo del conductor ideal de televisión. En la industria del entretenimiento, se puede pasar de un bando al otro sin mucho escándalo porque la finalidad es la misma: divertir y atraer miradas. Y en eso hay pocos con la eficacia del maestro karateka Adame, que un día insulta a Laura Bozzo en su programa y al otro protagoniza una grotesca pelea en vía pública.

Los partidos políticos, con la lucidez que les caracteriza, vieron en Adame el candidato ideal para diputado. El otrora galán de televisión se regodeó regalando mentadas de madre a los votantes. También se filtró un video en el que presumió que se quedaría con 25 millones de pesos destinados a su campaña. Perdió de forma aplastante: no llegó ni al 1% de votos. Redes Sociales Progresistas fracasó en su intento, pero las risas no faltaron. Y, por si había duda, las risas están por encima de todo.

Por eso la opinión pública le ha concedido el derecho de proferir insultos clasistas y misóginos sin ninguna consecuencia. Si lo hace el payasito de fábrica, el hombre que sostiene en sus espaldas una forma de entretener, mejor dejarlo que haga y deshaga. Y él se mantiene muy feliz con eso. Porque le gustan las cámaras y porque la humillación pública es su adicción, y si puede hacer dinero a costa de su propio ridículo, Alfredo Adame no tiene nada más que pedir.

Bastará con cerrar los ojos y volverlos a abrir para que un nuevo video del showman predilecto esté en las redes con diez mil reacciones de “Me divierte”. La eterna disyuntiva del huevo y la gallina espejada en la realidad digital: ¿la gente consume basura porque le dan basura o la gente adora la basura y por eso la encuentra en todos lados? A pesar de que se ha vuelto costumbre, Alfredo Adame siempre tiene algún as bajo la manga para dotar de sorpresa sus aberraciones. Habrá que esperar y volver a levantar el telón.

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