De Annie Hall a Medianoche en París: nueve películas de Woody Allen para ver en streaming

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Medianoche en París
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A lo largo de su extensa trayectoria, Woody Allen pasó por todas las máscaras posibles: comediante y maestro del gag, discípulo autoproclamado de Bergman y Fellini, exorcista de su propia autobiografía, cultor serial de los géneros clásicos, neoyorkino neurótico y psicoanalizado, bon vivant celebrado en la Europa de los festivales. Para muchos críticos y espectadores, su cine está irremediablemente agotado, su persona pública cancelada, sus posibilidades de dejar un legado íntegro son inexistentes. Sin embargo, año a año escribe y filma una nueva historia, que pese a la crisis de la exhibición logra aparecer en los cines del mundo en los que todavía conserva sus fans, esperanzados y nostálgicos .

El estreno de Rifkin’s Festival, demorada un año por la pandemia, viene a cumplir el ritual postergado y a ofrecer la perfecta excusa para revisitar algunos de sus mejores títulos disponibles en streaming.

La última noche de Boris Grushenko

La última noche de Boris Gruschenko.
La última noche de Boris Gruschenko.


La última noche de Boris Gruschenko.

La película sintetiza en su título original –Love and Death- el dilema último de la humanidad convertido en su exquisita parodia. Si en sus anteriores películas como director había burlado al cine de gángters y al documental –Robó, huyó y lo pescaron-, al cine político y a las películas de juicios –Bananas-, a la obsesión americana con el sexo y la divulgación científica –Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo pero nunca se atrevió a preguntar-, ahora llegaba el turno de dos amores entrañables de Allen: la literatura rusa y el cine de Ingmar Bergman, en un gesto que demuestra que el humor siempre fue para Allen el mejor medio para rendir homenaje a sus pasiones.

La historia es la de Boris, un cobarde ciudadano del Imperio Ruso en plena era napoleónica, cuyo pacifismo se convierte en una trampa en un tiempo de batallas y conquistas. Con citas a Tolstoi y Dostoievski, planos de Persona y guiños a El séptimo sello de Bergman, Allen envuelve la historia de amor entre Boris y su prima Sonja –exquisita reaparición de Diane Keaton luego de El dormilón- en el absurdo de la guerra, los dilemas morales de la existencia humana y la perdurable grandeza del arte.

Annie Hall

Annie Hall.
Annie Hall.


Annie Hall.

Woody Allen transformó, a partir de Annie Hall, no solo su cine sino el lugar de la comedia en el seno de una industria que vivía los coletazos de la renovación del Nuevo Hollywood. Después de varias películas afirmadas en la tradición del cine cómico, recogió la matriz de la screwball comedy de los años 30, su ritmo alocado y sus réplicas filosas, como esencia de una narrativa que ponía a la pareja y sus desavenencias en el centro del relato.

Pese a estar co-escrita junto a su amigo Marshall Brickman, es evidente el sustrato autobiográfico que define a Alvy Singer: su infancia en Brooklyn, la religión judía, su hipocondría y las manías que hicieron la base de un humor que transformaba el patetismo en carcajadas. Esa relación entre los personajes y los intérpretes también se irradió a Diane Keaton –cuyo verdadero apellido es Hall-, quien vistió a Annie con su excentricidad, su sentido personalísimo de la moda y los ecos de sus historias familiares. Allen coronó un período fructífero y vital en su carrera, combinó la incorrección política con la audacia en la estructura formal (alteración de la cronología, pantalla partida, subtítulos que revelan pensamientos), amalgamó la neurosis con los guiños al espectador, en una de las películas claves para el rumbo de la comedia en los años 70.

Manhattan

Manhattan
©United Artists/Courtesy Everett Collection


Manhattan (©United Artists/Courtesy Everett Collection/)

La obsesión de Allen por la ciudad que le dio cobijo y pertenencia se consagra en las imágenes postales del inicio de Manhattan, filmadas en el vaporoso blanco y negro de Gordon Willis y con la música de George Gershwin de fondo, reductos perfectos para un imaginario inoxidable. Luego del experimento bergmaniano de Interiores, el director decidió regresar a las vivencias de un nuevo alter ego, en este caso Isaac, un escritor que reflexiona sobre el adecuado inicio de su nueva novela en la que Nueva York parece tener una presencia decisiva.

La vida de Isaac se divide entre varias mujeres, y Allen fortalece ese paralelismo entre cada personaje femenino y el mundo que representa: el ambiente intelectual y algo snob en el que se mueve Mary (Diane Keaton), las frustraciones y resentimientos contenidos en la figura de su ex esposa (Meryl Streep), el romance adolescente que promete la jovencísima Mariel Hemingway. Inspirada en Rhapsody in blue de Gershwin, Manhattan es una de las mejores películas para entender el universo de Allen, el ego propio reflejado en sus personajes, la mirada crítica sobre el ambiente intelectual del que él era parte, el genuino anhelo de una vida verdadera en un entorno cada vez más pomposo y artificial.

La rosa púrpura de El Cairo

La rosa púrpura de El Cairo
La rosa púrpura de El Cairo


La rosa púrpura de El Cairo

En la Norteamérica de la Depresión no hay demasiado consuelo para Cecilia (Mia Farrow), más allá de las historias que alegran sus tardes en la oscuridad de la sala de cine. En el mundo real, su marido (Danny Aiello), al que mantiene trabajando como camarera, la humilla y maltrata; su jefe la reprende, la plata no le alcanza; y el mundo a su alrededor se hunde en una crisis moral profunda y duradera. Pero las historias de aventuras que dan en el cine del barrio le permiten olvidar sus penas y creer que todo es posible. Y de hecho un día lo es: conmovido por su tristeza, Tom Baxter (Jeff Daniels), uno de los personajes de una historia de exploradores y tesoros, decide abandonar la ficción para convertirse en su inesperado enamorado.

Como ocurría en Sherlock Jr. de Buster Keaton, el velo de la ficción se desgarra cuando la pantalla se convierte en una puerta que ya no se quiere volver a cruzar. Allen confirma en el final que nunca imaginó a la fantasía como sustituto de las crueldades del mundo sino como expresión última del valor de lo imaginario en nuestra vida. Ese cine que le dio refugio en su infancia es el mismo que le regala a Cecilia, capaz de impulsarla a las decisiones más audaces bajo los acordes de “Cheek to Cheek” de Irving Berlin.

Disparos sobre Broadway

Disparos sobre Broadway.
Disparos sobre Broadway.


Disparos sobre Broadway.

Allen ensayó a lo largo de su filmografía homenajes a diversos géneros clásicos del cine de Hollywood. En Disparos sobre Broadway se entrelazan su homenaje al cine de gángsters de los años 30 con el ambiente del teatro neoyorkino, sus secretos y manías, el detrás de escena de su esplendor. David Shayne (John Cusack), un dramaturgo con conciencia social finalmente ha conseguido financiamiento para su obra de teatro. Pero quien está detrás del dinero no es otro que un gángster millonario que quiere convertir a su novia en una estrella de la escena.

Esa idea parece ser graciosa, pero lo que a Allen le interesa, más allá de recrear ese mundo que nació del cine y el teatro antes que de la realidad, es demostrar que un artista puede surgir en cualquier parte. Es lo que sucede con el guardaespaldas Cheech (Chazz Palminteri), cuyo talento oculto para el drama se revela como el verdadero hallazgo de la ficción. Todo el humor transita por la contradicción: las desmedidas aspiraciones de Olive (Jennifer Tilly) y la pobreza de su talento, la ostensible seducción de Helen Sinclair (Dianne Wiest) y su deseo de ser amada, y la amenazante presencia d Cheech y la sutil inteligencia de sus intervenciones. Detrás de las rutinas de comedia muda y los juegos de estilo de la puesta en escena, Allen reflexiona sobre la raigambre bastarda de los artistas, que florecen donde menos se lo espera.

Los secretos de Harry

Los secretos de Harry
Los secretos de Harry


Los secretos de Harry

Estrenada en el crepúsculo de la obra de Allen en Estados Unidos, es quizás una de sus mejores películas de todos los tiempos, y sin lugar a dudas una de las más feroces y descarnadas. Luego de la despedida de su largo contrato con Orion, Allen se embarca en un acuerdo económico con Sweetland Films, que no sale como había imaginado debido a restricciones presupuestarias e intromisiones creativas, y será su hermana Letty Aronson quien comande sus producciones a partir de ese momento.

En ese escenario impredecible y turbulento, la confección de Harry funciona como una iracunda catarsis: un escritor exitoso se encuentra sumido en un bloqueo creativo justo cuando recibe la invitación de la universidad que lo educó para darle un premio por su trayectoria. Pero Harry no tiene con quien ir porque todos lo odian o desprecian, sentimientos que parecen bastantes merecidos. En ese viaje físico también se desata un viaje interior que evalúa su vida y su creación, en un ejercicio de justificación y autocastigo que siempre fue la esencia del director. Pero la película es divertida y anárquica, no tiene miedo al riesgo ni a la exposición, y es una de las más auténticas de las que se tenga memoria.

Dulce y melancólico

Dulce y melancólico.
Dulce y melancólico.


Dulce y melancólico.

Inspirada en un guion que había escrito en los 70, la biopic del imaginario guitarrista de jazz Emmet Ray (Sean Penn) explora el amor por la música y los caprichos de los artistas desde un costado habitual para el director: la difícil conciliación entre el genio y la amabilidad. Como también le ocurría al saxofonista de New York, New York de Martin Scorsese, el talento iba acompañado de una constante frustración que lo hacía errático e irascible, algo que en Emmet se magnifica en tanto no puede funcionar en sociedad cuando quita los dedos de la guitarra.

El interés de Allen en la relación entre la vida y la obra de un artista, genio o no, revela en esta etapa de crisis que fueron los 90, antes del nuevo rumbo hacia Europa que llegaría en la década siguiente, un estado de constante evaluación, no sin miedos y arrepentimientos. También Emmet sintetiza el destino de muchos músicos de jazz que no fueron homenajeados con justicia, por lo que Allen filma cada interpretación de Penn con genuina devoción. Fue una gran despedida de la década, un retrato intenso de un personaje incómodo, sin mitigar sus fallas ni aquietar la magia de su don. Y también el hallazgo de personajes como la Hattie de Samantha Morton, modelada en las grandes heroínas del cine silente.

El sueño de Casandra

El sueño de Casandra.
El sueño de Casandra.


El sueño de Casandra.

En su excursión por Europa, Allen fue asumiendo distintas facetas de aquellas tradiciones que no habían asomado anteriormente en su cine. Cuando llegó el turno de Inglaterra, los tópicos fueron: el arribismo social, la rígida división de clases y la impronta de realismo sucio que definió al cine inglés desde los tiempos del Free Cinema. Match Point fue la primera incursión en la tradición británica, vestida de fatalismo y de los ecos de Crímenes y pecados, pero El sueño de Casandra le permitió a Allen apropiarse de un oscuro retrato de la culpa y la codicia.

La historia es la de dos hermanos, Ian y Blain (Ewan McGregor y Colin Farrel), seducidos por el dinero que parece prometer la felicidad. Para Ian, el trabajo en el restaurante de su padre no es suficiente, quiere desarrollar un negocio hotelero en las costas californianas; para Blain, el dinero se escurre en apuestas, pero la suerte siempre puede volver a su lado. El modelo del éxito es su tío Howard (Tom Wilkinson), un cirujano plástico que cada tanto viene de visita para mimarlos y recordarles lo que significa ser un ganador. Pero también para cobrar sus regalos y consejos con el alma de sus deudores. La gravedad del tono y la falta de humor se debe a la exacta conjunción entre ese gris fatalismo del kitchen sink realism de los 50 y el ejercicio de tomarse en serio lo que fue escrito como mitología. De allí la moraleja: ten cuidado con lo que deseas.

Medianoche en París

Medianoche en París.
Medianoche en París.


Medianoche en París.

El gran éxito de la filmografía de Woody Allen llegó de manera inesperada en su última etapa, disfrutando de las mieles de la financiación europea. No es la mejor, ni la más original –si eso es posible en el mundo de Allen- pero sí la que consagra una impronta de universalidad que parece haber perforado el techo de su público. Owen Wilson interpreta a un guionista con ambiciones de escritor que realiza un viaje con su prometida (Rachel McAdams) y sus suegros por París, la “ciudad de las luces”. Agobiado del esnobismo de sus compañeros de viaje, decide aventurarse después de la medianoche por las callecitas de la ciudad, en un recorrido que resulta ser un portal hacia los años 20, era de esplendor para las artes modernas.

Allen se apropia de las vestiduras de una comedia romántica (Wilson-McAdams- Marion Cotillad) para reflexionar sobre el atractivo del tiempo perdido: para el presente, la generación perdida de Hemingway y Fitzgerald fue la era dorada, para esos turbulentos habitantes de la Europa de entreguerras, el esplendor se extinguió con la belle époque. Quizás el propio Allen piense que perseguir la zanahoria de su propio apogeo sea un camino sin salida y lo único que resta es seguir filmando películas, salgan como salgan.

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